Viernes, 7 de agosto de 2020

Un ministro de universidades sesentayochista

Es posible que la gestión de Manuel Castells en el Ministerio de universidades –buena o mala, está por ver– pase desapercibida, lo que sería una lástima, dada su envergadura intelectual, su compromiso político y su acreditada experiencia académica en varios países.

De entrada, Castells tiene poco margen de acción considerando varios factores. Lo que era un único ministerio no hace tanto ahora son cuatro departamentos: los de investigación, universidad, cultura y educación & formación profesional (la FP ¿no es educación?). Por otro lado, las universidades caen bajo competencia autonómica en cuando a su financiación y ellas mismas gestionan lo académico con sus órganos de gobierno. Por no hablar de los problemas presupuestarios y de síntomas internos preocupantes (que señalé en un artículo anterior a propósito de la muy escasa participación en las elecciones para el claustro de la USAL).

Los rectores han manifestado, con razón, su discrepancia con esa división de departamentos, argumentando que la investigación no es concebible sin la universidad, ni viceversa. (En España, el 70 % del I + D se hace en las universidades, sobre todo las públicas). Ni se ve claro cómo se podrá afrontar uno los principales problemas del sector: la escasa asignación de recursos como efecto de la crisis económica reciente, la cual nos sitúa a muy por debajo de la media de la OCDE: 1,3 % del PIB, frente al 2,07. Algo que repercute en la posición relativa de las universidades españolas dentro de los rankings mundiales, donde la primera, la de Barcelona, viene apareciendo más allá del puesto 150º en los últimos años. Un dato que, a su vez, refleja el estado de la investigación española, pues los criterios en esa "excelencia universitaria" se basan en indicadores de ella (publicaciones, premios, patentes).

Por otra parte, será interesante ver si la gestión de Castells sintoniza políticamente con los otros tres ministerios "colegas" y con el conjunto del gobierno. Pues su personalidad política es muy acusada, aunque evolutiva, desde los años sesenta del siglo pasado. Es difícil resumir en unas pocas líneas este tema, pero me interesa, por afinidad personal y cronológica, recordar su antifranquismo y su presencia en el mayo del sesenta y ocho –un momento clave en muchas universidades occidentales, no sólo en Francia–, así como su cercanía a los movimientos sociales, incluyendo el nacionalismo, del que da una visión positiva y compatible con los derechos democráticos (a diferencia del paradigma académico imperante).

En la transición le recuerdo en reuniones preparatorias de la campaña de las municipales de abril de 1979, donde nos asesoraba a los candidatos del PCE y del PSUC junto a otros intelectuales, entonces jóvenes y brillantes, como Jordi Borja, Ramón Tamames o Charlie Alonso Zaldívar. Ya en los 80, Castells estuvo más bien en la órbita del PSOE. Entonces colaboró en el Programa 2000 pilotado por Alfonso Guerra y coordinó la publicación de El desafío tecnológico. España y las nuevas tecnologías (1987), con prólogo de Felipe González, entonces presidente del gobierno. Como es sabido, sin embargo, su entrada en el gobierno ha venido avalada por UP y, más concretamente, por la coalición que mantiene el gobierno de Ada Colau en Barcelona, donde confluyen tendencias progresistas de sensibilidades distintas.

Me extraña que el libro citado no se suelta citar entre su extensa bibliografía, pues venía a ser un informe sobre la situación y las posibilidades de España en cuanto a I + D, analizando sectores entonces emergentes: la informática, la biotecnología, los nuevos materiales, la nanotecnología, etc. Una obra que hoy, más de 30 años después, podría servir de referencia para evaluar qué se ha hecho y qué queda pendiente en esos ámbitos. Y para ver si no eran desmesuradas las expectativas entonces formuladas, aunque aún hoy pueden seguir teniendo virtualidad. En todo caso, hecho ese balance, seguramente Castells tiene iniciativa suficiente, si las circunstancias se lo permiten, para poder replantear los problemas a la altura de los tiempos.

Foto: Europa Press