Jueves, 28 de mayo de 2020

Congreso Nacional de Laicos 2020

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos… A los laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido…

 Concilio Vaticano II (LG 31)

Si bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las distintas realidades terrenas para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio, nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social: «La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos»

Francisco (EG. 201)

Se están ultimando los últimos preparativos para el Congreso Nacional de Laicos que lleva por título “Pueblo de Dios en salida”, y que se celebrará del 14 al 16 de febrero de 2020 en Madrid. En el Congreso participarán unas 2.000 personas de toda la geografía española, donde estarán representadas las diócesis, movimientos y asociaciones laicales. Previamente se ha estado trabajando en grupo desde marzo de 2019 en las diferentes diócesis, movimientos y asociaciones laicales, donde se han recogido las aportaciones de 2.485 grupos, en los que han participado unas 37.000 personas. Esas aportaciones se hicieron públicas en diciembre en un documento de trabajo preparatorio del Congreso o Instrumento Laboris.

Desde el momento de la convocatoria se ha planteado como un proceso secuenciado en etapas. Se ha terminado, con la publicación del Instrumento Laboris y todo el trabajo preparatorio, la primera etapa (Pre-Congreso). Ahora comienza la segunda etapa (Congreso), quedando una última etapa, caracterizada por las tareas y dinamismos que salgan del Congreso (Post-Congreso).

Se ha planteado la etapa precongresual como un RECONOCER, donde se ha analizado la situación de los laicos, las luces y sombras que se han asumido con motivos de esperanza y como retos que se deben afrontar. La etapa congresual como INTERPRETAR basado en un ejercicio de discernimiento personal y comunitario y, la etapa post-congresual como un ELEGIR como Iglesia para tratar de potenciar la vocación y la misión de los laicos. Cuatro itinerarios han guiado la primera etapa y quieren ser el eje del Congreso: Primer Anuncio, Acompañamiento, Procesos Formativos y Presencia en la Vida Pública. Organizando la reflexión y los contenidos del Congreso desde tres grandes preguntas: ¿Qué actitudes convertir? ¿Qué procesos activar? ¿Qué proyectos proponer?.

Hoy vivimos inmersos en un cambio epocal y un nuevo talante evangelizador, tal como propone el Papa Francisco, en una Iglesia en salida. En esa nueva realidad, todo bautizado está llamado a ser evangelizador, junto a sacerdotes y consagrados. La palabra clave en los trabajos preparatorios es la “sinodalidad misionera”, senda que debemos recorrer juntos laicos, presbíteros y religiosos en una misión compartida. La sinodalidad quiere ser el camino de la Iglesia en el tercer milenio, es un término nuevo, profundo y simple, donde la misión de la Iglesia debe partir de la calidad relacional de sus miembros. Esta sinodalidad se concreta en la corresponsabilidad, ejercicio compartido de responsabilidad entre todos en la diversidad de carismas, vocaciones y funciones.

Llevamos años hablando de “La hora de los laicos”, pero el gigante dormido de la Iglesia no termina de despertar. La llegada de Francisco a la cabeza de la Iglesia está jugando un papel fundamental y dinamizador de procesos. La Evangelii Gaudium, ha sido una hoja de ruta para una nueva primavera en la Iglesia, invita a renovarse, a no repetir, a reinventar, a salir a las cunetas de la vida. Este proceso dinamizador ha sido recogido por nuestra Diócesis de Salamanca y en el año 2016 celebró una Asamblea Diocesana para renovar la Iglesia de Salamanca y darnos cuenta del momento que vivimos. De ella han salido unas propuestas para la renovación espiritual, pastoral y estructural, trabajando desde sus inicios en sinodalidad, entre laicos, consagrados y prebíteros.

Todavía nos queda mucho camino por recorrer, pero el laico ya está empezando a ser consciente de su vocación, es consciente del momento crucial que vive y de las oportunidades y posibilidades que tiene. Muchos laicos están comprometidos en vivir una fe desde la comunión, oración y misión, asumiendo sus responsabilidades en la Iglesia y convirtiéndose en misioneros. Se ha impulsado el acceso de los laicos y laicas a los estudios y la especialización teológica, en facultades y escuelas de teología, con lo que su formación es cada vez mayor. Se han instaurado los “ministerios encomendados a laicos”, que han sustituido muy favorablemente a los presbíteros en las actividades pastorales que no exigen la presidencia del sacramento de la eucaristía. Además, se están promoviendo los consejos pastorales, arciprestales y diocesanos, con una mayoritaria participación de laicos y se han suscitado nuevas formas de colaboración entre laicos y ministros ordenados.

Un Congreso necesario, ya que no solo se debe ahondar en la vocación laical, sino dar un protagonismo al laicado para estar presentes en el corazón del mundo y poder trasformar la realidad según el evangelio. Para ello, debe superarse un modelo eclesiológico donde el clero es protagonista y los laicos solo miembros pasivos, receptores y beneficiarios de la acción de los ministros. Es necesaria la comunión, la fraternidad entre hombres y mujeres, que han recibido el mismo Bautismo y viven animados por el Espíritu del mismo Señor. No hay sectores que gozan del Espíritu y otros privados de él. Ninguna vocación en la Iglesia puede pretender acaparar al Espíritu y menospreciar la acción del Espíritu en los demás.

El laico puede ser el nuevo paradigma de una “Iglesia en salida”, desplegando otra forma de vivir más allá del templo que, con su ejemplo de vida y testimonio, haga posible otro mundo más humano y evangélico. La madurez de su fe le debe llevar, no sólo a discernir los signos de los tiempos, sino a poder escribirlos de vez en cuando.  La lógica evangélica es intentar construir una sociedad que en no esté basada en los valores del dinero, el consumo, el poder, el dominio o el descarte, fomentando el amor, la igualdad y la solidaridad.

Solo saliendo de nuestros lugares sagrados, mezclándonos con las personas y encarnándonos en la realidad sufriente del mundo: pobres, presos, mujeres objeto de violencia, niños y niños explotados, desahuciados, excluidos de los servicios sociales, inmigrantes, refugiados, ancianos, parados, hombres que han perdido el sentido, en la desesperanza, la soledad…, es donde nos podremos encontrar con el propio Jesús, con el Dios vivo y verdadero. Desde aquí podremos ser creíbles, uniendo nuestra pasión y nuestra acción, para poder transformar esa realidad y así ser luz y fermento en medio de nuestra sociedad.