Viernes, 28 de febrero de 2020

Perejil y concordia

Juntábanse en las noches de verano, al fresco de la silla baja de enea, mi abuela y las vecinas a darle un repaso al día y a sacar, como dicen en México, las tijeras de cortar prójimo crudo, que eso de largar del semejante es más viejo que mear. Tan viejo como tocar música con cucharas, platos o botellas de anís, que se lo digan a mi hermana, que en una fiesta del colegio de su hijo el soberanista catalán, le cambió la barretina por una boina, le cantó dos o tres veces La Clara y lo mandó a hacer intercambio cultural de una palmada en el culo –el resultado de semejante intervención folklórica nunca nos lo contaron-. Y es que el sentarse a largar es uno de esos placeres al calor del vino, la caña o la barra que hemos cambiado por tronchar el cuello y darle a la tecla o a la nada, que estos teléfonos móviles, por no tener no tienen en qué dar. De ahí que lo de la prohibición en mi instituto de usar el móvil tenga como resultado, aparte de un enfado monumental y de mi conversión a guardia de la porra, una serie de corrillos muy bien avenidos en los que nuestras criaturas hablan entre ellas y hasta se empujan y hasta se besan.

          -Dile a esos dos que dejen la vida social para otro rato.

          Desde que soy la adjunta, me paso la vida arreando ganado, bajando capuchas, confiscando móviles –pocos, felizmente- y diciéndoles que no coman en clase, que no empujen al vecino y que no se dediquen a la vida amorosa en los cambios de hora, que alguno no tiene sentido de la medida. Otros, lo que no tienen es sentido del decoro y a ver cómo, cuando llega el cambio climático y dejan de morirse de frío porque el edificio es viejo y está mal aislado, pasan de venir con el canal de Suez abierto, el top y la camisa sin mangas que se les ve a los chicos hasta la cintura por la sisa. Mis chicos no tienen término medio, o parecen una pollada envuelta en plumíferos en clase, o vienen que parece que se van a la piscina a ponerse morenos. Y una tratando de explicarles que lo de ponerse una chaqueta no está tan mal, aunque solo sea por no distraer al respetable porque ya me dirán ustedes como toma uno apuntes con la opulencia de la vecina casi encima del boli.

          -¿Y a ti qué te duele?

          A la camada más chica, el asunto del hato no les importa, lo suyo es la avalancha y jugar a perseguirse como si fueran de patio de escuela. De ahí que acaben todos yendo al menos una vez a la semana a cafetería no a pedir una manzanilla para la regla o la tripa –esa se la subvencionamos- sino a llorar sus pupitas y a buscar un poco de hielo para el golpe. Se lo juro, dilecto lector, yo no he visto más gasto en hielo este curso escolar, que ni que sirviéramos gin tonics de esos con los que soñamos cuando se nos atasca el trabajo mi jefe y yo. Nada, a los nenes les da por pegarse y hala, a buscar hielo a la cafetería y yo los veo, tan felices, sacudiéndose la badana, sin trasto al que dar para comunicarse y pienso en mi abuela y sus amigas, allá en las noches del sereno, disfrutando de la plática y hasta de la mala leche con la que poner pingando a la vecina o a la nuera. Son las ventajas de la comunicación humana, afirmo. Y me muero de la risa yo sola.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.