Miércoles, 19 de febrero de 2020

Yo sigo 

Una de las pocas ventajas que nos quedan a las personas que vinimos a este mundo al finalizar nuestra guerra civil, es poder establecer claras diferencias entre aquellos tiempos y los actuales. En la década de los 70, cuando no había guarderías y nuestros hijos eran niños de párvulos, un programa de TVE -la única de entonces- que tenía gran aceptación entre mayores y pequeños era el famoso “Un, dos, tres” del gran Chicho Ibáñez Serrador. Entre sus personajes, se hizo famoso el humorista argentino Joe Rígoli (a) “Felipito Takatún”, más por el empleo machacón de muletillas orales acompañadas de gestos forzados, que por su limitada vis cómica. Como sorprendido de la aceptación que intuía ante un público ansioso de sana diversión, acababa todos sus comentarios con el consabido: ¡Yo sigo! Era la mejor forma de transmitir a los espectadores el compromiso de seguir empleando la frasecita como una especie de seguro que le permitiría continuar en el programa.

            Como reminiscencias de aquellas experiencias, algunos de nuestros políticos han copiado - ¡otra vez copiando! - la fórmula, pero con otro eslogan. Unos sólo lo piensan, pero otros lo dicen abiertamente: ¡Yo he venido para quedarme! Siempre pensé que la política no era una profesión y sí una vocación, una forma más de servicio a la sociedad, hasta que el político demuestra su ineptitud y la sociedad pierde su confianza en el elegido. Se ve que era un ingenuo. A juzgar por los “empujones y navajazos” que vemos a diario entre personajes -y personajillos-,para conseguir puestos desde donde se pueda alcanzar la suficiente dosis de poder para obtener mayor influencia a la hora de tomar decisiones y, muy especialmente, donde se pueda asegurar un nivel de ingresos inimaginable desde su anterior situación personal, hay que olvidarse del altruismo y reconocer que, salvo escasísimas excepciones, quien alcanza una bicoca no está dispuesto a perderla, por mucho que lo pongan la cara en vergüenza. Después de esperar la ocasión, cuando se presenta, hay que olvidarse de éticas, honorabilidades o deontologías, y agarrar -en el buen sentido y en el malo- todo lo que se pueda. Para acabar de justificar lo injustificable, alguno pretende acallar su conciencia diciendo que otros han hecho lo mismo y él no va a ser tan tonto de andar a estas alturas con remilgos de última hora. El que venga detrás, que arree. Pretender que el Sr. Ábalos, después de haber quedado peor que Cagancho en Almagro, va a tener un arrebato de decencia, reconociendo abiertamente que ha mentido repetidas veces, de reconocerlo y marcharse a su casa, es pedir peras al olmo. Ya lo ha adelantado: “¡Con lo que me ha costado llegar hasta aquí!”

            Ya que hay demasiados políticos que piensan de la misma forma que el Sr. Ábalos, los españoles que votamos somos los pocos que podemos decir, sin mentir: Yo sigo. Con nuestro voto, tenemos la potestad de decir: Ud. ya no sigue, porque no se lo merece. Si no somos capaces de conseguirlo, no tenemos derecho a quejarnos, porque tendremos el gobierno que nos merecemos. Aún recuerdo la famosa frase del difunto Rubalcaba en la jornada de reflexión previa a las elecciones del 14-M: “Los españoles se merecen un gobierno que no les mienta” ¿Quién miente ahora? Mejor dicho: ¿Existe algún ministro o ministra, subsecretario o subsecretaria, director o directora. delegado o delegada, diputado o diputada, senador o senadora, consejero o consejera, alcalde o alcaldesa, concejal o concejala, militante o “militante”, que no haya mentido descaradamente? Español: no te quejes y arrima el hombro; cada uno desde su puesto. Sin perder las formas, pero sin aguantarse. A ti, agricultor de estas tierras castellanas, que siempre has estado mirando al cielo y a los bancos para ver si pasaba la tormenta; que no te salen las cuentas porque los productos que tu vendes en el pueblo, cuando llegan a la capital – a media hora de coche- cuestan dos o tres veces más que lo que tú has percibido; que te fríen a impuestos y, al final de la campaña, siempre estás en números rojos. A ti, digo, cuando surja algún iluminado, como el ínclito Pepe Álvarez, Secretario General de la UGT, y te diga que protestas porque eres un carca de extrema derecha, sabiendo que él nunca ha pisado una tierra ni ha doblado la espalda con calor o con las manos heladas, puedes decirle con mucha educación, pero muy serio, que con el sudor de tu frente y con los impuestos que pagas tú y tantos otros obreros que trabajan de verdad, él puede permitirse el lujo de vivir del cuento.  Después, móntale en tu tractor y que pase un día haciendo lo mismo que tú, y ganando lo mismo que tú.

            España, como pasa en la mayoría de democracias de nuestro entorno, necesita políticos de verdad. Personas rectas, sinceras, honradas, eficaces, inteligentes , amantes de su patria, de su Constitución, de su idiosincrasia, de sus tradiciones y de su terruño. Sobran pícaros, mentirosos, corruptos, vagos, ineptos, listillos, fanfarrones, sinvergüenzas, traidores, populistas, sediciosos, amantes del desorden, partidarios de la violencia o de romper la unidad de España. De unos y otros están compuestas nuestras instituciones. Que la balanza se incline a uno u otro platillo, depende de ti.