Jueves, 1 de octubre de 2020

Los libros buenos necesitan buenos lectores

Hemos de abrirnos a la experiencia de su lectura no sumisamente como si leyéramos un libro sagrado, sino dejándonos penetrar por el diferente mundo del escritor

Aún sumergido en el estudio sobre la juventud de Santa Teresa, reflexionando sobre su relación con los libros a lo largo de su vida, llego a una conclusión que creo  es válida para todo tipo de experiencias lectoras.

Desde su infancia Santa Teresa tuvo una relación muy significativa con la lectura; citaremos cuatro de los libros más influyentes a lo largo de su vida: en su infancia, los libros de caballería, que su madre y ella misma leen sin descanso, son la base de posteriores lecturas adultas; Las epístolas de san Jerónimo y el Tercer abecedario espiritual de Francisco de Osuna son libros decisivos en su proceso espiritual juvenil; y finalmente Las Confesiones de San Agustín constituye un libro trascendental en su  madura“conversión”, pasada ya  su etapa de juventud.

Pues bien, hay en estos cuatro tipos de lecturas,  una serie de características comunes que nos hacen pensar en que estas características son necesarias para que el lector, cualquier lector, tenga una experiencia importante en la lectura de un libro.

La primera característica es que la persona a través de la que el libro llega a manos del lector ha de ser una persona valiosa emocionalmente y respetada por el lector/a. En el caso de Teresa de Ávila, en su infancia es su madre la que le introduce y le hace amar los libros de caballería; después, en su juventud, es su muy amado tío paterno Pedro de Cepeda el que le regala tanto las Epístolas de San Jerónimo como el Abecedario de Osuna. Fue, probablemente, su venerado director espiritual el P. Vicente Parrón el que le presta Las Confesiones de San Agustín, o alguien de gran prestigio para Santa Teresa.

La segunda característica  para que el acto de la lectura sea significativo, es que el contenido del libro ha de desarrollar alguna cuestión o tema que en ese momento de la vida del lector le llame con gran atención, por ser un tema ligado a su vida e intereses presentes. En los cuatro libros citados en la vida de Santa Teresa, todos reúnen esta condición: tanto la imaginación ligada a aventuras y amores ideales de los libros de caballería, atractivos  para una niña, como los tres libros espirituales citados, tratan de temas espirituales en los que Santa Teresa estaba inmersa en ese momento.

La tercera característica es  el hecho de que la lectura del libro concreto se ha de convertir para el lector en una experiencia de completa apertura frente al mundo de ese otro (escritor) que se ofrece en sus páginas; de tal modo que alguna revelación de lo nuevo aparece en esa lectura, dando lugar a un cambio decisivo en la vida psíquica del lector. Cuando Santa Teresa lee Las Confesiones agustinianas comprende, entre otros “hallazgos”, que su obsesión por todos los pecados cometidos a lo largo de su vida, numerosos y graves, según ella, no es un pensamiento o sentimiento enfermizo de culpa que le posee, sino que es una “realidad”, como expone con tanta claridad  San Agustín, con el que ella se identifica.

En resumen, para que el nuevo libro que llega a nuestras manos llegue a constituir una valiosa experiencia autotransformadora, ha de provenir de una información de persona de gran confianza para nosotros, hemos de abrirnos a la experiencia de su lectura no sumisamente como si leyéramos un libro sagrado, sino dejándonos penetrar por el diferente mundo del escritor y permitiendo (si se da espontáneamente) que aparezca lo nuevo, lo revelador, como producto del encuentro entre el mundo del escritor y el mundo del lector.

Los buenos libros necesitan buenos lectores.