Viernes, 21 de febrero de 2020

Coja una escoba, hombre (¡o mujer!)

Lo del hambre en una cuarta parte de la humanidad es insoportable. Lo fue siempre. En estos días el tema se me mete en las carnes de la mano de Manos Unidas aunque es un espanto que dura el año entero. Se me van los ojos, y las manos, por medio mundo y repaso el hambre de derechos y de casi todo del medio millón de refugiados en el campo Dadaab en Kenia, la sombra de los mixtecas del estado de Guerrero, la desesperada estampida que un día sí y otro casi tiene lugar en las vallas de Melilla o en el muro junto a El Paso, el hambre jamás saciada –pan, agua, tierra, paz, libertad…- de millones y millones de desplazados por cientos de campos de refugiados, el hambre sin escuela y sin  pozo, sin hospital y sin dignidad de millones de personas malrepartidas, malnacidas, maldi(t)chas y malentendidas, malnutridas y malheridas, maltratadas y malvendidas… por medio mundo. Y así una lista interminable, impía, brutal y vergonzosa.

Ni siquiera es de buen gusto hablar de ella. Es el mal gusto, por amargo y reivindicativo, de organizaciones como Manos Unidas que hablan de ella y nos la recuerdan. Y recuerdan que tiene solución y que mientras tanto hay pasos concretos que aceleran esa solución definitiva, mal que nos pese y aunque las neguemos para poder mirar para otro lado con la mala conciencia tranquila.

¡Qué crueldad la del hambre!  No puedo no recordar lo de Miguel Hernández, en la cuna del hambre mi niño estaba, uno de los versos más amargos que conozco. No sé si fue antes o después, pero él mismo, en El hombre acecha, declara: aquí estoy, aquí estamos (para reclamar el pan justo para el hambre del pobre). Y con mucha humildad y respeto me atrevo a decir lo mismo: Aquí estamos. Y quizás tengamos que confesar con Pablo Neruda en Manos del Día, aunque sea porque el Pisuerga pasa por Valladolid, que Me declaro culpable de no haber hecho, con estas manos que me dieron, una escoba. Y al mirarnos las manos quizás también nosotros veamos que no hemos hecho, efectivamente, ni una escoba. ¿Y si unimos las manos y nos dedicamos a hacer escobas?

En medio de esta quiebra caben acciones e indignaciones, proyectos y ayunos, informaciones y cambios sociales… Y, sin olvidar las escobas, muchas cosas que barrer y otras tantas que hacer. Y hasta son casi de obligada participación para el ciudadano preocupado por las cosas de humanidad. Por ahí van las iniciativas e intervenciones de Manos Unidas, como los de otras organizaciones que trabajan en ese campo, y que se concentran especialmente en este mes de febrero. Y puestos así, ore y ayune el próximo viernes, entregue su ayuda el domingo, deje un legado en su testamento, vaya al Bocata el día 20, ofrezca su tiempo y sus habilidades, haga lo que sea, pero coja la escoba y muévase…

Ya se cumplieron mis cincuenta años (¡cincuenta años!) de trabajo como voluntario de Manos Unidas y de socio de otras organizaciones similares. En este tiempo he aprendido, he crecido, me he indignado, me he convertido (muy poco), me he apasionado y he descubierto que se puede empujar un poco la historia del hambre y del pan y, como aquel chaval de los cinco panes de cebada en el evangelio de Juan, cada uno tiene resortes suficientes –tiempo, participación, presencia, voz, sentimientos, dinero, cinco panes, valores y virtudes… - para echar una mano y empujar el carro de la justicia, del desarrollo y de la dignidad para todos, especialmente para la tercera parte de la humanidad que pide pan y reclama justicia. No veo escapatoria.

Y si no puedo hacer otra cosa, pues cojo una escoba, me barro bien algún rincón de la vida y oro y ayuno y comparto, que algo es y algo queda.