Jueves, 1 de octubre de 2020

No somos virus

La del título es la frase que han elegido ciudadanos chinos, en concreto en Francia, para tratar de exorcizar una suerte de rechazo que sienten en el extranjero, cuando los ciudadanos de los países en que viven como emigrantes advierten su carácter racial de asiáticos, debido al virus corona, que estos días no tanto recorre el mundo, como saca, en ocasiones, rechazos de todo tipo a los otros, cuando los sentimos como diferentes.

Una actitud muy occidental y que se manifiesta de mil modos –tal y como nos transmiten, por ejemplo, determinadas imágenes en los informativos televisivos–, como la de esos ciudadanos que, en el metro, se tapan las bocas y narices con sudaderas o abrigos, al advertir que van chinos o chinas en su vagón.

Los occidentales, que nos creemos dueños del mundo, debido a una práctica colonial y colonialista de siglos, respecto a otros pueblos de la tierra, hemos adquirido ese vicio, antihumano, del supremacismo de nuestra raza y de nuestra civilización. Y tal supremacismo es el que dicta actitudes racistas y xenófobas, que pueden aparecer en el metro o dondequiera que sea.

De ahí que los chinos, en las redes sociales (en las que nunca he querido ni quiero entrar), hayan de poner esa frase (cuyo anglicismo oigo, pero no quiero retener) de “no somos virus”.

Claro que no, todos somos seres humanos. Todos estamos o podemos estar afectados por la enfermedad. Y la muerte es el horizonte que a todos nos espera. Y, si somos seres humanos –y esta es una de las grandes sabidurías que el humanismo occidental ha aportado a la civilización de todos–, todos somos sujetos de dignidad, frente a cualquier perspectiva cerrada, supremacista o del tipo que sea.

Pero hay otra imagen que nos interesa comentar. Es la de la ciudad china, en la que viven miles de personas, vacía, debido a la amenaza del virus corona y sus efectos mortales. Esa ciudad vacía, con aspecto inquietante, nos lleva a esa gran novela del gran y admirado escritor argelino-francés Albert Camus, titulada ‘La peste’, publicada en 1947.

Me recuerda ese vacío urbano, debido a la amenaza del virus corona, a ‘La peste’. En ella, unos médicos –ah, el doctor Rieux– descubren y desarrollan el sentido de la solidaridad en su labor profesional, al tiempo que humanitaria, en la ciudad argelina de Orán, azotada por una peste o plaga, y cerrada a cal y canto.

Albert Camus, como gran humanista y escritor prodigioso que era (lean ‘El principito’, si no lo han hecho todavía), pone el dedo en la llaga: solo tenemos sentido pleno si ejercitamos esa virtud maravillosa que es la fraternidad y la entrega a los otros.