Miércoles, 19 de febrero de 2020

Historias de la Calle. La señora de los ojos claros

Hoy hemos hablado por primera vez con ella.

Hace unos días nos avisaron de que por aquellos alrededores vivía y dormía una señora que, aunque en realidad no molestaba, iba muy sucia, siempre estaba bebida y hablaba sola y con todo el mundo, pero nadie la escuchaba de verdad.

Hoy estaba sentada en un banco. Llevaba un abrigo, aunque los demás vestimos ya con camisa corta de verano. Se notaba que hacía tiempo que no se duchaba ni se cambiaba de ropa.

Puri se ha sentado a su lado y nos hemos presentado: “Alguien nos ha hablado de ti y queríamos conocerte”. No ha hecho falta nada más y se ha puesto a hablar sin parar. De todo lo que decía lo que más se le entendía era el euro que nos pedía para más cerveza. Pronto acabaría las dos latas que tenía en ambas manos y no habría más remedio que sustituirlas.

“La señora de los ojos claros” no está bien o está muy bebida, pero siempre ríe, quiere olvidar lo feo de la vida. Y tiene una obsesión: los ojos y que éstos sean claros.

Después de un rato, nos despedimos. Le recordamos nuestros nombres y nos fuimos: “Hasta otro día”. Será difícil la relación, pero habrá que “estar” con ella.

“La señora de los ojos claros” es de aquellas personas por las que apostamos y sólo por ella merece que nosotros estemos ahí, en la calle, para estar y esperar, confiando, ¡cómo no!, en su capacidad de transformar. A mí, al menos, ya me ha empezado a cambiar por dentro.

Me quedo con palabras, o expresiones como: nadie la escuchaba, nombres, estar, transformar, a mí

Empezando por el final no podemos olvidar que ese mí, ese yo, ese nosotros tan solo somos herramientas, herramientas que se moldean con las propias experiencias que nos transforman, que nos duelen, que nos llevamos en la cabeza a la cama. Hemos cambiado desde la primera vez que salimos, y en días de frío nos acordamos de la gente que no lo ha tenido tan fácil en la vida, de quien tomó malas decisiones en un pasado, de ese pasado que dejamos de lado cuando miramos a esa persona a los ojos y brindamos una nueva oportunidad.

Otra palabra, nombres, cada uno nace con el suyo y la vida nos puede tratar tan mal que pueden llegar a hacernos creer que lo podemos perder, y muchas de estas personas han sido tan menospreciadas y englobadas bajo el nombre de objeto, lacra, suciedad que su verdadero nombre, el que va con mayúscula, ya no le importa a nadie, y ahí estamos nosotros para bajar a su altura, que es infinitamente digna, presentarnos y preguntar su nombre de igual a igual.

En definitiva, tenemos que estar, sabiendo que no vamos a salvar a nadie, tan solo podemos confiar en que esa persona cambie, en que tenga un motivo para elegir salir de la calle, que vea que hay gente detrás que le apoya, que el calor del café es poco frente al de una sonrisa, y que no solo de pan vive el hombre.

Javier Bernal Rubio