Miércoles, 19 de febrero de 2020

Ceremoniales

Auschwitz, convertido desde hace años en objeto de merchandising de esa detestable forma de olvido  y tabla rasa que es el lagrimeo institucional con violoncelo en cuanto sus fechas terminan en cero o en cinco, ha sido escenario hace días de una de las ceremonias más lamentables de cuantas el postureo diplomático internacional acostumbra obsequiarnos. Con motivo de ¿celebrar?, ¿conmemorar?, ¿recordar?, ¿homenajear? los 75 años de la liberación de uno de los más siniestros campos de exterminio del nacionalsocialismo alemán, Auschwitz-Birkenau, con teatral iluminación, estricto protocolo, saludos de rigor, lamparillas, flores, lutos de diseño, discursos vacíos y rostros compungidos, lo más granado de la clase dirigente occidental (muchos sin derecho alguno), ha vuelto a poner de relieve su pericia en concentrar en una puesta en escena toda la parafernalia del “ved cuánto lloro”, en la simulación de una memoria inexistente, en este caso, durante los 74 años precedentes.

En lugar de propiciar políticas reales de reconciliación y reparación para víctimas y afectados por injusticias tan grandes como la que se conmemora, o contribuir al esclarecimiento de la verdad de un pasado igual de sangriento, o al logro de la justicia para deudos de desaparecidos, muertos y enterrados en sus propios países (v.gr. España); en vez de propiciar el entendimiento para conjurar la repetición, evitar inquinas, exclusiones, guetos, antisemitismo, homofobia y racismos; y pensar (pensar) en la gente y educarla, abrirle puertas a la crítica, desenmadrar a los dormidos de la modorra atroz de lo consabido, darles voz, darles sitio; en lugar de esforzarse en arribar a la igualdad, olvidar la ignorancia y el clasismo en que se gesta el huevo de la serpiente, y propiciar la fraternidad, los dirigentes se han mostrado en Auschwitz altivos y distantes como en una feria, una cena o una audiencia: estatuas lejanas, vacías, indiferentes (la presencia entre los poderosos de algunos ancianos supervivientes de aquella barbarie, cuyas lágrimas constituyen una suerte de sarcasmo escénico,  sin embargo y por contraste los dignifica frente a sus exhibidores).

Convenientemente simultaneado, la industria editorial saca estos días a la luz monografías, libros de memorias, comics, testimonios en tapa dura y se “descubren” oportunamente colecciones de fotografías de campos de exterminio (Sobibor y otros), vendidas también en edición couché,  lo que contribuye no solo a remarcar el mercadeo y comercialización en que se ha convertido la memoria y el testimonio del sufrimiento de millones de seres humanos (y su significado), sino que subraya la existencia de la hipocresía sentimental como forma de hacerse ver  en el supuesto lado bueno de la Historia. El contenido de muchos de los discursos pronunciados en esa ceremonia en Auschwitz o en la similar celebrada en Jerusalén, entre los que hay que lamentar el silencio del jefe del estado sobre los republicanos españoles, dan cuenta también de la levedad de las convicciones que, de existir, se limitan a una rememoración de trazo grueso a base de frases hechas, llamamientos a una etérea paz y, sobre todo, vacuidad, distancia, indiferencia.

Como la repugnancia que causa que existan museos donde se exhiben instrumentos de tortura para disfrute de turistas, desde que la visita a Auschwitz se convirtió en excursión optativa de las agencias de viajes para escapadas a Centroeuropa, se hace cada día mayor el descreimiento en la sinceridad de la memoria, se arrumba la confianza en la capacidad humana para la empatía por la angustia y ya es imposible creer en la comprensión del dolor ajeno, convertida la memoria en el show del lamento urbi et orbi. Desde que la crueldad allí practicada se hizo materia de dibujos escolares, argumento de días internacionales, caricatura, póster, objeto de maqueta y modelo de estampado textil, el dolor por cada una de las víctimas es insultado.

Estas ceremonias no son solo inútiles, sino que fosilizan la memoria, la dirigen y colonizan, convirtiéndola en envoltorio de un acto colectivo puntual, quieto, inmóvil y pasajero, y despojan al pensamiento individual de su permanente gota de rabia y de los filos de vida que habrían de hacerlo creativo, insomne, atento... La discreción y la palabra a solas valen más que la ceremoniosa explicitación del dolor colectivo a fecha fija. La madurez y la seriedad en lugar de la pasarela funeral... El tributo sincero en vez del abrazo fotogénico. La palabra, las palabras... Las de Vasili Grossman, Jorge Semprún, Jean Améry, Primo Levi, Imre Kertész o Elie Wiesel, en cuyas manos, ojos, piel y lágrimas anidó la crueldad y la memoria de la crueldad, no merecen, no merecerán nunca este mal teatrillo de la pena al que, por mentir, cualquier día mentirán un final feliz.