Miércoles, 19 de febrero de 2020

Sigue la cuenta atrás...

… hacía el desastre. El pasado 23, el BOAS (Boletín de los científicos atómicos de EE.UU.) colocó las manecillas de su reloj, el famoso Worldwatch clock, a cien segundos de la medianoche, "más cerca que nunca del Apocalipsis", adelantándolas un poco desde los dos minutos en que estaban desde hace un año. Se confirma así la escalofriante tendencia de los últimos años y ahora se llega al momento más peligroso desde 1947, cuando se puso en marcha el reloj con el fin de reflejar las amenazas que pesan sobre la humanidad.

La marcha del reloj, como se sabe, acusa la ponderación científica de dos problemas globales clave: el riesgo de guerra nuclear y el desastre climático, que se vienen arrastrando desde décadas y que en los últimos años se ven agravados por  otros dos factores que los estimulan: la guerra en el ciberespacio –que, al difundir masivamente noticias falsas, mina la capacidad de respuesta de la sociedad– y, por otra parte, la pasividad de los gobiernos e instituciones internacionales a la hora de hacer frente a la situación con medidas proporcionadas a la gravedad del caso. (A estas alturas es evidente que las cumbres sobre el clima, desde la de Ginebra de 1979 hasta la más reciente en Madrid,  dejan un frustrante balance de hermosas declaraciones acompañadas de compromisos poco vinculantes).

La evaluación del BOAS es concordante con la de otras instituciones. Por ejemplo, en materia de emergencia climática, con el de la del Panel Climático de la ONU (IPCC), el de la española AEMET o el informe titulado "Alerta de los científicos del mundo ante la emergencia climática", firmado el pasado noviembre por 11.263 científicos (entre ellos casi 700 españoles). "A pesar de 40 años de negociaciones –dice el informe–, seguimos gestionando las cosas como de costumbre (…). La crisis climática ha llegado y se está acelerando más rápidamente de lo que los científicos esperaban, amenazando los ecosistemas naturales y el destino de la humanidad, (…) haciendo posible que amplias zonas de la tierra sean inhabitables".

Pueden parecer catastrofistas este tipo de afirmaciones si no fuera porque se dan ya situaciones que encajan del todo en esa perspectiva de desgracias concomitantes (véase Australia, que viene sufriendo devastadores incendios, inundaciones, tormentas de agua, granizo y polvo, temperaturas asfixiantes, pérdida masiva de fauna y flora… “sólo falta la plaga de langostas”, dicen algunos con humor negro). Y porque vienen avaladas por abrumadores registros contables sobre el aumento de la población humana y de la cabaña ganadera, de la emisión de CO2, de la pérdida de superficie forestal, etc. Con el inquietante dato de que, a pesar de todo, la producción y el consumo de combustibles fósiles continúan al alza (aunque a ritmos menores), lo mismo que las subvenciones destinadas a ellos, alcanzando los 427 mil millones de dólares en el año fiscal de 2018.

En todo este oscuro panorama, los científicos responsables sólo ven un factor de esperanza: la ola de activismo y protesta de los jóvenes en todo el mundo, que recuerda las movilizaciones de los años setenta y ochenta contra la amenaza atómica, planteada entonces por Reagan y el papa Wojtytla contra el “imperio del mal”. Por suerte, las niñas Gretas y sus compañeras y compañeros no se quedan en el cole o en casa jugando con la play, como quieren algunos indignaditos/as de mesa camilla.

En las recientes inundaciones de nuestra costa mediterránea una ciudadana se quejaba amargamente de que habían quedado dañados sus tres coches.

Se ve que en el pecado, a veces, va la penitencia.

(Foto: Bulletin of  the Atomic Scientists)