Jueves, 1 de octubre de 2020

Digamos que fue un sueño

Bajaban de Montejo -el pueblo que se reinventó a sí mismo- con sus almendras garrapiñadas, sus cucuruchos, sus peladillas, sus cartones para los sorteos que febrilmente se instalaban entre los jugadores. Habían dejado atrás, carretera abajo, los prados de fecundidad segura y rentabilidad de moruchas. Era por la octava del Corpus y luego, adentrados en el verano, por la fiesta chica de San Roque.

A pasodoble olía durante dos jornadas la Villa.

Subía el dulzainero por las Águedas, acompañado de su yerno al redoblante, desde el pueblo del crimen. Noche de plaza  y mujeres. De viejas bocacalles sin miedo, de hogueras para chicos y grandes.

A veces se presentaba para sorpresa de una tarde domingo un saxofón con nombre de poeta comunista y cautivo hasta la muerte. Las muchachas y los muchachos bailaban en el salón de la plaza, al otro lado de la cárcel.

Se convirtió en una costumbre el domingo con cine que llegaba en furgoneta y en tecnicolor (milagro laico que era un seguro pintado en una sábana, sueños a plazo fijo). Si la película llegaba con el hombre del carro, había muchas posibilidades para el blanco y negro (un tostón, para el otro blanco y negro que ya tenía la Villa en su vida diaria sin un solo príncipe al que envidiar, ni una princesa a la que imaginar como una novia en mitad de la lentitud del tiempo).

Se anunciaban compañías de teatro que vivían con la gente varios días hasta terminar siempre con Don Juan Tenorio, prohibido para niños. O saltimbanquis que oficiaban en medio del Altozano.

Nunca hubo sobresaltos en el lenguaje cotidiano de la organización piramidal de la sociedad con familias de la Villa que se supo siempre diferente a otras comunidades más clausuradas a la nobleza de saber vivir. Eso se supo siempre, lo decían todos los viajeros.

Esta vez la revolución no desembocó en otro mundo más bello, desnuda es la palabra de la muerte.

Todo empezó por abajo, con el asesinato del río, del puente para cuaresmas, de las norias paralizadas, de los lirios, de los almendros y nogales, de los huertecitos que habían tenido la osadía de salir más allá de la suposición de la muralla, de las primeras casas. Y la gente huyó.

Quedaron algunos a la sombra antigua de  Antonio de Avendaño, Lope de Avilés, Pedro de Ocaris, Francisco Galaz, Antonio de Valdenebro, y Francisco de Paz Cornejo, que partieron  siglos antes para descubrir América, seducidos por Colón.

Porque hubo un tiempo de gloria donde en la Villa convivieron las tres culturas. La cristiana de nuestra Señora de Monviedro y el Castillo de la Mora Encantada. La árabe de La Alhóndiga, ahora profanada su primitiva fachada. Y la judía que se resiste a desaparecer como sus sinagogas, de las que queda solamente el rastro de una de ellas.

Cuando la población tuvo que exilarse huyendo de las aguas, quedaron unas familias de guardia en los barrios altos. Y es aquí donde la Villa fue estéril ignorando la oportunidad de lo que resistió como una llamada después de tantos adioses.

Imaginemos que en vez de regenerar una Villa mucho más chica, mucho más cómoda, después de desaparecer casas y calles desamparadas por el olvido y los años que se pusieron a andar deprisa, alguien toma una decisión: convertir la Villa en el centro cultural y turístico de toda una provincia con esas tres claridades.

Empezó a llegar dinero, como pago a los desmanes del agua. Se esquivó la petición de implicar al poder en la tarea de algo mucho más ambicioso. Porque lo que la Villa no ofrecía no estaba al alcance de nadie.

La rehabilitación del ignorado castillo de La Mora Encantada (cristianismo) la reconstrucción de la sinagoga (judaísmo), respeto a la hora del mantenimiento de La Alhóndiga (islamismo).

Y a esta llamada acuden gentes de todas partes, del país y del extranjero, hombres y mujeres interesados durante todo el año en visitar algo insólito: el último reducto del Reino de León donde han vuelvo a vivir sus vidas en forma casi arqueológica, judíos, moros y cristianos. La Villa les da motivos para viajar, nadie puede hacerlo como ella.

Y la Villa ya no es un decorado, sino algo que se elevó del declive más allá del dinero para proclamarse en las tres civilizaciones que la vivieron, el pálpito de un lugar de siglos donde no caben las rupturas ni los sabotajes con cientos de años. Y el germen de piedra empieza a multiplicarse en literatura, música,  expansiones artísticas que justifiquen lo nunca visto. Se acabó la inactividad pasiva de la Villa que ya no sólo se deja ver sino que habla de remotos paisajes humanos a través del cultivo de una ebriedad donde las águilas se ceban.

Es sólo un sueño que pudo haber sido algo físico y hermoso. Ya no se puede poner las ausencias a caminar, imaginar que lo que soñamos aquí fue real como los huertecitos, las casas, los lirios, los nogales, los almendros que ahora duermen bajo las aguas.

Nadie nos puede prohibir la idea inmutable del infinito en una Villa que tuvo una segunda oportunidad y eligió andar hacia  un afable camuflaje con el resto de los paisajes, y no desandarse para encontrar lo que fue.

El mundo habría hablado de la Villa en la monotonía de los caudales educativos  donde la expansión de la cultura le habría puesto en los mapas de rutas universales.

Imaginemos que no fue un sueño. Pero se hizo tarde, y los sueños, sueños son.