Las casas de juegos de azar y el deseo de perder de los jugadores

A propósito de la manifestación del sábado pasado en la Plaza Mayor contra la proliferación de locales de juego en los barrios, es útil hacer una reflexión sobre las ludopatías y la indefensión del ciudadano que padece esta dependencia.

La dependencia emocional por los juegos de azar es uno de los cuadros más estudiados y antiguos en psicopatología. Ya a principios del siglo XX Freud escribe un artículo sobre las motivaciones del jugador a propósito de la novela “El jugador” de Dostoiveski. Más cercano a la actualidad, hace ahora 40 años creamos en el Servicio Médico de Telefónica en Madrid una Unidad de Drogodependencias, en el que una parte significativa de pacientes atendidos eran ludópatas.

Los veinte años de experiencia en esta Unidad confirmaron lo ya sabido por los directores de Casinos y empresarios de locales de apuestas: que no hay un jugador compulsivo que se libre de haber sufrido pérdidas económicas irreparables para su economía. Dicho de otra manera, se puede afirmar que en todo jugador existe un deseo inconsciente de perder por más que todos y cada uno quieran negarse a sí mismo ese deseo revistiéndolo de su contrario: un supuesto deseo de ganar, de hacerse rico con facilidad, de resolver mágicamente los problemas económicos que todo jugador lleva en su mochila antes de entrar en el local de apuestas o de empezar a jugar a través de internet.

El burdo narcisismo del joven y adulto actual está en la base de la resistencia social a admitir la existencia del inconsciente en el sujeto humano, cuyas leyes y objetivos no tienen nada que ver con lo que creemos querer y perseguir conscientemente. Cuando a un ludópata se le señala su dependencia del juego, responde lo mismo que el alcohólico: “¡ Qué va!, si yo lo puedo dejar en cuanto quiera…” dice, ocultándose a sí mismo  la irrompible cadena que le ata al juego. En la bella película turca “El peral salvaje” el padre del protagonista es un maestro, que es también “maestro” en ocultar, mentir, negar su dependencia al juego, que, como en la realidad de tantas familias actuales, termina por arruinar a toda la familia.

¿Todos los individuos que visitan una sala de juegos  son ludópatas? No lo son aquellos que esporádicamente y poniendo límites a sus apuestas tienen experiencias puntuales. Todos los demás o ya tienen una dependencia del juego o están en vías de tenerla.

Por eso socialmente es tan importante que haya controles rígidos sobre horarios, número de locales, autorizaciones de entrada, etc.,  en los locales de juego: porque la mayoría de los visitantes asiduos a las salas NO SON SUJETOS LIBRES  de decidir si entrar o no entrar, si jugar o no jugar. No hay “fuerza de voluntad” que pueda controlar el impulso patológico y autodestructivo del ludópata.

Deseamos al nuevo ministro responsable de este penoso tema (una epidemia en los barrios más desfavorecidos económicamente) eficacia y valentía a la hora de proponer leyes, de proteger al ciudadano que está ya atrapado en la telaraña de sus deseos: entre su deseo consciente de ganar y su deseo inconsciente de perder.