Conversar y convertirse

Casi todos los santos se celebran el día en que nacieron… pero para el Cielo: su muerte. De un par también se hace memoria de su nacimiento terrenal, María el 8 de septiembre y Juan el Bautista el 24 de junio. Pero el calendario nos depara otro momento vital decisivo, tanto como el nacimiento o la muerte. Le pasó a Saulo de Tarso, en adelante Pablo de Cristo, y la Iglesia lo recuerda cada 25 de enero, tal día como hoy: su conversión.

Convertirse como le sucedió a aquel hombre en el camino de Damasco sin duda es comparable a la luz que deslumbra al final del canal del parto o a la luz que, esperamos en la fe, acoge después del trance de la expiración. Convertirse como puede ocurrirnos a todos quizá cause menos estruendo pero no será poco el vuelco interno que vivamos cada vez que aceptemos un cambio en nuestro pensar, nuestro hacer y nuestro sentir. Un cambio pequeño, insignificante para los ojos ajenos, no será tan mínimo para quien lo experimenta en sí mismo, que primero habrá reconocido la necesidad de renovación, de reforma, de conversión, o al menos la conveniencia de contemplar esta posibilidad.

Que pasado un tiempo, o tras un encuentro, o después de un intercambio de pareceres, puedan cambiar las cosas resulta requisito fundamental en el establecimiento de un diálogo fecundo. Hablar por hablar, simplemente para que el otro descubra que no me callo, o que soy más elocuente, o para conseguir confundir su discurso interrumpiéndolo, no será un diálogo real, sino una sucesión de monólogos. Hablar con la apertura de mente y de corazón suficiente como para moderar opiniones, reconsiderar posturas o revisar planteamientos sí da sentido a las conversaciones, que, andando las horas, o los meses, o las décadas, van alumbrando conversiones, reformas de uno mismo que nos hacen mejores. Distintos pero mejores. Y seguimos siendo nosotros.

No deben pensar así muchos de nuestros representantes políticos, encastillados en las posiciones que, según les dicen las encuestas y los asesores pero no tanto las urnas, obedecen a lo de que ellos se espera. Sólo así se entiende que las contrarréplicas de un debate vengan escritas de casa al tiempo que se manosea la palabra “diálogo”, mientras día tras día se suceden los ejemplos de polémicas ávidas por captar el foco de la actualidad, muchas veces fabricadas sobre la anécdota. No dialogan, negocian. No conversan, compiten. No se convierten, sino que se adaptan al viento electoral que sople.

No obstante, también los anónimos habitamos en la contradicción. Nos cuesta abandonar inercias en empresas y asociaciones, colegios y parroquias, centros de salud y cofradías, movimientos vecinales y sindicatos… ¡y en las familias! Nos cuesta conversar dejando la puerta abierta a convertirnos. Pablo, anda, ora pro nobis.

 

En la imagen, “La conversión de San Pablo”, de Caravaggio. Iglesia de Santa María del Popolo, Roma.