Miércoles, 8 de julio de 2020

Tesis (inédita)

De antemano, pido disculpas porque este “charro de dos orillas” debe ser un texto bastante incomprensible para la mayoría; espero que, como me enseñó más de un maestro, lo escrito tenga algo de belleza, aunque no “les diga”; la explicación no pedida es que esta vez recurro a un modo más cercano a la literatura como desahogo ante el hecho de que, hoy por hoy, la furia suele acallar la coherencia de hechos y argumentos.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento -ese que hoy son los “me gusta” de las redes sociales y los aparatos mediáticos que, disfrazados de periodismo, propagan insidias y medias verdades-, quien alguna vez tuvo cualidad de discípulo, tomó una historia entre sus manos y, con su pluma, reescribió la Historia y se adueñó, aparentemente, de la memoria.

Donde había algo menos de 14 años, dejó caer un redondeante y josejoseístico 20, para que cuadrara con aquello de 40 y 20, mucho más atractivo que veintitantos y treinta y tantos. Se llama dominar la narrativa, el relato.

Donde había habido infatuación y afán, tal vez después amor -y engaños-, la insidia trocó a los enamorados en David y Goliat. El poder de la imagen.

El lugar del amor pasó a lugar común y la insidia se llevó para siempre la posibilidad de la certeza.

En la nebulosa de las memorias, alguien dejó escrito el pleno conocimiento del fruto del amor, de la soledad de la mentira y el dolor de la ausencia. La confesión que, adelantándose al futuro, negaba la insidia. No sabía que, de todas formas, esta llegaría tantos años después.

Sin embargo, todo podía encontrarse, además de en las memorias, siempre frágiles, entre páginas amarillentas:

 

Ella me decía: “Hablas mucho del abandono, pero ¿has pensado cuando tú me abandonaste?

He sido muy egoísta y no me ha importado el dolor de las abandonadas.

Así me decía esa mujer: “Estás como Rilke, que se apiadaba de la pena amorosa de Mariana Alcoforado y martirizaba a su mujer”.

No he podido sufrir las penas ajenas.

 

Hasta que alguien, ella también, leyó otro pequeño texto, un párrafo…

Y pensó que era buena mercancía.

 

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