Varios días después de la victoria...

Varios días después de que llegara la victoria  que toda su vida había esperado, R. falleció.

No le dio tiempo ni a hacer un brindis con algún compañero o familiar, no le dio tiempo a saborear una alegría que tenía almacenada para la ocasión, durante varias décadas de tristeza y de rabia. Es más, sus pocos amigos y algún vecino cercano le oyeron quejarse en los últimos días de cuánto tardaban los vencedores en salir a festejar la victoria; muy estrecha sí, pero victoria. Una victoria que de tanto ser pospuesta durante meses y agujereada con tensas e interminables negociaciones, ya nadie se la creía. Ni siquiera la veían.

  • Tú eres el único que la celebra- le decían sus amigos.

Nadie salió a las calles, ni un altavoz se atrevió a poner la canción que habría encandilado a miles de partidarios, ni un barrio, ni una ciudad de todo el territorio se atrevió a expresar alegría alguna. Solo prudencia, mucha prudencia. Y miedo. Los adversarios gritaban sin parar “¡golpe de estado!”, “¡gobierno ilegal!”, “¡resistiremos!” Y los pequeños, temerosos, sorprendidos vencedores contrarrestaban con frases muy pensadas, muy controladas, en tono casi inaudible “los ciudadanos han querido…” “tenemos mayoría de votos…”.

  • Si no hubiera sido por un par de telediarios, aquí nadie se habría enterado- dicen que dijo R. dos días antes de morir.

Ni un amigo, ni ninguno de los médicos y psicólogos que le conocían, ningún familiar entendió nunca la muerte de R: nunca supieron si había muerto por la falta de alegría  (como muchos mueren por falta de oxígeno) o murió, (como se estudiaba antes en las facultades de Psicología y Psiquiatría) de éxito; alguien que ha deseado tanto el puesto de director, o que le toque la lotería, o que “los suyos” ganen unas elecciones, cuando lo consigue, no lo resiste; enferma o. como en el caso de R., fallece.

La misteriosa condición humana. Un individuo, este tal R., que se había pasado toda la vida despotricando contra los que habían hecho de la Patria su cortijo,( siempre en ese punto límite en el que un alto interés por un tema se convierte en una enfermiza obsesión), tiene, por fin, después de esperar toda una vida, la oportunidad de dejar de quejarse lastimeramente contra “los perversos y eternos vencedores”. Y  en lugar de salir a la calle con sus compañeros a celebrar la ajustada pero real victoria… va y se muere.

Existen muchos individuos que son crónicos perdedores. Les asusta tanto la borrachera del éxito, que no pueden digerirla. Le han sacado tanto provecho a la derrota diaria, que no pueden arrojar el tibio manto de la tristeza. ¡ Qué lástima no poder disfrutar de la alegría!