Lunes, 24 de febrero de 2020

Salamanca mantiene vivo el recuerdo de Julio Robles

El reconocimiento ha tenido lugar junto a la estatua que recuerda al diestro, obra del artista Salvador Amaya, a las puertas de la Plaza de Toros de La Glorieta

Homenaje a Julio Robles, este sábado en Salamanca. Foto: Lydia González

El Ayuntamiento y la Federación de Peñas Taurinas de Salamanca han celebrado este sábado el tradicional homenaje al matador de toros Julio Robles, que coincide con el décimo noveno aniversario de su fallecimiento. El reconocimiento ha tenido lugar junto a la estatua que recuerda al diestro, obra del artista Salvador Amaya, a las puertas de la Plaza de Toros de La Glorieta.

Al igual que en ediciones anteriores, la Banda Municipal de Música ha sido la encargada de amenizar el inicio del acto con la interpretación de una selección de pasodobles taurinos. Para la ocasión sonarán 'La Puerta Grande', 'Duader', 'La Gracia de Dios', 'España Cañí', 'Nerva', 'Tercio de Quites', 'Gallito', 'La Giralda' y el pasodoble dedicado a Santiago Martín 'El Viti'. 

Los músicos también han interpretado 'El arte en el cielo', -balada para trompeta dedicada a Julio Robles-, ' A la memoria de Julio Robles' y 'Compás de Verónicas', cerrando el acto en recuerdo del torero natural de la localidad abulense de Fontíveros y que vivió gran parte de su vida en Salamanca.

El homenaje, en el que han estado presentes entre otros el alcalde de Salamanca, Carlos García Carbayo, acompañado por miembros de la Corporación Municipal, familiares del diestro, otras autoridades y personas relacionadas con el mundo del toro, ha comenzado con el rezo de un responso a cargo del capellán de la Plaza de Toros, Constantino García, para continuar con la colocación de un ramo de flores junto a la escultura del matador.

Posteriormente, Gonzalo Sánchez, presidente de Juventud Taurina, ha sido el encargado de dar lectura al manifiesto en memoria de Julio Robles, ‘Carta desde el cielo’, escrito por Paco Cañamero. 

“No se si hago bien, o es abusar de lo feliz que soy, pero no me queda más remedio que transmitir mi mensaje de paz y felicidad. 

Como no podía ser menos, soy muy dichoso sobre todo después de encontrarme con infinidad de amigos; tanto que, muchas veces, cuando voy de paseo por los senderos celestiales y saludo a viejos conocidos y aficionados que me llaman torero.

Fue especialmente maravilloso el momento de mi entrada. Aquel 14 de enero, a las cinco de la tarde, con todos los toreros dándome una ovación mientras hacía el paseíllo sobre una nube. Por momentos creí soñar cuando observé a Manolete, con su gallardía y seriedad; a Juan Belmonte, a Joselito ‘El Gallo’, también a mi entrañable padrino de la confirmación de alternativa, Antonio Bienvenida, que con su eterna sonrisa explicaba al Papa Negro y a sus hermanos Manolo y Pepote quien era yo. Allí estaban todos en medio de un estado dominado por la paz y serenidad, así hasta que al final del paseíllo, antes del encuentro con San Pedro tuvo su culminación cuando me encontré con mi querida madre a la que abracé con todo cariño y ternura, junto a ella estaba mi sobrino Juan Pablo, el que lloré tanto cuando siendo muy niño emprendió el camino del más allá y ahora era un ángel.

Fueron instantes apoteósicos, luego enseguida se corrió la voz de que había llegado y los días siguientes se sucedieron las sorpresas a medida que llegaban mis amigos. Enseguida vino a visitarme Peñita, mi fiel mozo de espadas, que desde entonces no se ha separado de mí; después Paquirri y El Yiyo, con los que toreé y disfruté por los mundos terrenales.

Ahora, aunque siempre habló de la profesión, hay veces que me entra la morriña, sobre todo en mayo, por San Isidro, en San Pedro Regalado o en septiembre, cuando llega la feria de Salamanca. Entonces, cuando eso sucede y para matar el gusanillo, mi madre que tanto me conoce me confeccionó un capotillo de seda para lancear a las estrellas y así paso unos ratos fenomenales disfrutando del toreo. 

No hará falta deciros que yo por la caza me sentía fascinado, pues durante el invierno aprovechaba el descanso taurino para ir de montería y disfrutar del campo; ahora también me gusta pensar en aquel pasado y hablar de tantos momentos en unas esperas que a veces se hacían eternas. 

Luis Miguel está casi siempre con su cuñado Antonio Ordóñez, también con Henmingway y con Orson Welles, aunque otras veces se junta con Picasso, pero como ya digo con quien más disfruta es con su cuñado Ordóñez, al que adora.

Decía antes, que mientras hacía el paseíllo celestial presencié la imagen de Manolete, en la bienvenida de mi llegada, pero desde entonces no lo volví a ver, lo que ciertamente me mosqueaba. Por eso, en una ocasión que me fui de tertulia con Juan Mari Pérez Tabernero, aproveché para recordarle que como mi ídolo era Manolete tenía especial interés en conocerlo. Entonces, Juan Mari que está casi siempre con su padrino de alternativa, Marcial Lalanda, también con Domingo Ortega, El Estudiante y  Antonio Márquez me lo ‘arregló’ y, a la mañana siguiente, me envió un mensaje para acudir en tal momento a tal sitio.

Nada más saludar a Manolete cumplí otra ilusión, pues nunca pude ocultar que de los que están en esta orilla fue al que más admiré, pues como recordaréis quienes estuvisteis en mi casa, en el palco de la plaza había tres grandes fotos en blanco y negro de mi terna ideal: Manolete, El Viti y Julio Robles. Luego. 

Además, en el próximo cónclave celestial, San Pedro Regalado va a tratar la propuesta de una feria para que toreemos de salón; como es algo especial e inédito, el pregón lo va a disertar nada menos que don Juan Belmonte, el más grande, que como hacía en la tierra está todo el día rodeado de los intelectuales, como Valle Inclán, Pérez de Ayala, Sebastián Miranda, Díaz Cañabate, Cossío.

En otra ocasión me llamó Juan Luis Fraile, con quien disfruto para que lo acompañara, pues quería presentarme a Graciliano Pérez Tabernero.

 Con Graciliano disfrutamos de unas horas estupendas, mientras descubrí que se trata de un ganadero con un magnífico concepto de lo que debe ser el toro bravo.

Antes os hablé de Paquirri y de Yiyo, pues dado el mucho trato que tuvimos nos gusta reunirnos con frecuencia. Así, una tarde hicimos ‘novillos’ y marchamos hasta el paraíso, pues está lleno de animales y es precioso, además hay pastores, vaqueros y muchos caballos. Aquel día, cuando llevábamos varias horas caminado sentí un vuelco en mi corazón desde el momento en el que a nuestra vera aparece un toro ‘burraco’, entonces me acordé del capote que me hizo mi madre y sentí rabia no tenerlo allí. Como pensé que sus intenciones eran las de cogerme busqué resguardo, entonces noté una reacción pacífica mientras se acercaba lentamente. Yo me quedé asombrado cuando presenciaba sus ojos humedecidos. ¡Díos mío, si eres ‘Timador’!, dije a viva voz. Y él asintió con su cabeza, mientras se acercaba aún más hasta arrodillarse frente a mí, con su cara empapada por las lágrimas que caían de sus ojos. 

Intuí lo que quería y le dije: «No tengo nada que perdonarte, te criaron para ser bravo y vender cara tu vida, cumpliste con tu obligación y desde entonces nuestros nombres van unidos»; a la vez que le decía eso arranqué de una encina un ramón y se lo ofrecí con la mano izquierda, mientras lo comía lentamente empecé a trazar un natural con garbo y naturalidad. Entonces me sentí tan realizado y me di cuenta que todo lo tenía hecho. Después besé a ‘Timador’, él me lamió las manos y lentamente marchó hasta desaparecer de nuestra presencia no sin antes lanzar un largo turreo que me recordó las tardes de tentadero en Campo Cerrado; mientras, alcé la mano y le dije: «Adiós, hasta siempre ‘Timador’, amigo».

Después regresamos al cielo, aunque yo en el camino no dije ni palabra, pues iba nervioso y muy feliz, como flotando en una nube. Al llegar, Paquirri que se había adelantado para dar la noticia, me alzó en hombros y así me paseó durante varias horas. Mientras, la gente salía a la calle y me gritaban: ‘Torero-torero’.

FOTOS: Lydia González

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