Viernes, 4 de diciembre de 2020

Daniel en el MODO

El pasado domingo, el MODO nos regaló a Pilar y a mí ser parte del propio museo: la vida y los amigos se volvieron “obra” una mañana de domingo en la colonia Roma.

No es la primera vez que escribo sobre el Museo Objeto del Objeto, el MODO de México, museo “de nada”, en el que uno siempre encuentra objetos, y conceptos, que no suelen estar en los museos; una vez vimos una exposición sobre la belleza a través del tiempo; uno puede pensar que la belleza, o el dolor, o el amor, sí son piezas de museo… pero no como las muestra mi querido MODO, en forma de cremas (la belleza) u objetos de los amores idos (el dolor y el amor).

Pues resulta que en esa casa de la colonia Roma, sí, la de la película, el otro día nos encontramos con Daniel, un exalumno de Pilar, que ahí trabaja… También es un poquito exalumno mío, porque aunque en la época en que él estudió yo ya no daba clase, tuvimos más de una conversación esperando a Pilar, por ejemplo en las noches de reuniones de padres.

Reencontrarse con alumnos envejece, en un cierto sentido, sobre todo si, como es nuestro caso, no se tienen hijos: uno se ve igual pero al ver cómo va cambiando el personal, llega ese pensamiento traicionero: “coño, a ver si yo también me estoy haciendo mayor”… Uno sabe que no (emoji de guiño), pero entra la duda.

Sin embargo, esos reencuentros también rejuvenecen; y si no, al menos provocan una alegría que intuyo similar a la que tienen los padres cuando ven que los hijos avanzan, caen y se levantan, son felices porque disfrutan su vida y su trabajo; la hermosura de lo sencillo, de las pequeñas y simples cosas.

Todo ello le provoca a uno un hermoso calorcito en el cuerpo, ese que nos regala el pensar que algo se hizo bien.

Por eso, el otro día, los carteles que llenaban el MODO no es que no nos gustaran; lo que pasó es que el Objeto del Objeto, esta vez, fuimos nosotros mismos, la vida que vamos recorriendo, las personas que en esa vida vienen y van, quedándose algunas se vuelven algo digno de ver, de sentir, de vivir.

Y me pareció una muy buena idea para retomar el “charro de dos orillas”.

Gracias, Daniel.

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