Viernes, 4 de diciembre de 2020

El abanico de Ferris

Hasta la página 83 no empieza García Lorca. O eso parece. Se aguanta, se ladea, se hiberna con el delantalito blanco que ha pedido prestado a la lagarta. No está, pero está. Él hace sitio a  José Luis Ferris que se fue un día de Salamanca hasta posarse en la luz mediterránea de Miguel, con quien tanto quiere.

Pero Ferris, el escritor ciempiés, el calórico hablador que se escribe en los versos de las leyendas poéticas, el umbral por donde vuelven los pasados, el rayo que viajó hasta las raíces de todos los versos para que dejen de temblar al ver de nuevo la luz, el chalán que tritura indiferencias a cambio de nada y baja el caudal de los ignorantes, no puede evitar que en todas sus palabras escritas esté la pesadumbre hermosa del asesinado.

Eso lo sabemos después, hoy que todo pasó y huele a viento zumbando la sangre de entonces. Pero ahora es el momento de vivir otra vez. (Es lo que tienen los libros de José Luis Ferris, que son una esquila o una campana llamando a respirar sus tintas del retorno o del descubrimiento. Nos vamos haciendo viejos y ahora que tenemos a José Luis Ferris lo sabemos, nos damos cuenta. ¡Nos han ocultado tanto!)

Sin embargo este Federico de límpidos días y bello perfil ya no era una bruma. Hace tiempo que les fue inevitable negar las negaciones que hasta entonces tenían guardadas en sus desvanes. Lo que pasa es que la combustible cabeza de Ferris, donde no crecieron jamás los matorrales, pone del todo en pie las viejas lluvias, las reúne con los vecinos y los de más allá, vuelve a dar color a los nombres, los lugares, las vegas, los pájaros, y nos ofrece todo en una antología para que no se adormile la historia.

La historia. En las primeras páginas y hasta la aurora de nueva York, José Luis Ferris camina despacio. Sabe que en sus manos tiene una criatura hermosa y ha de clarearla para que todos los que se acercan a curiosear aprendan su música, la del “poeta español más apreciado, leído, citado y   traducido del mundo”, “el escritor en lengua castellana más conocido y popular después de Cervantes”. Y él ha de descalzar su voz para no traicionarlo.

El resultado es una plenitud lorquiana que se respira tan bien que resultaría muy recomendable a los que aman cualquier atisbo de otra atmósfera donde el cerebro sea un satélite del corazón y no al contrario.

José Luis Ferris camina -ya lo he dicho-volcado en los surcos de un libro también temporal y geográfico. (Porque una antología es una biografía sin defensas). Y hay un momento que parece desprenderse de él, como se suelta la mano de un niño que aprendió a andar o a montar en bici, pero de vez en cuando acude con unas líneas necesarias. No es un área de descanso, es que la eternidad también necesita conversar con alguien. Luego, ya otra vez el libro sigue solo en la voz de sus poemas que parecen inagotables como las antiguas fuentes de pueblo.

Nunca un libro se acercó menos a un águila esquiva. A solas consigo mismo se parece mucho a una ciudad con hombres. Y sigues amando cada vez más a Federico por eso, porque está entre nosotros no como una lejana y alta montaña sino como una estación interior desde donde parten todos los trenes, y todos los caminos, y todos los caballos del agua.

Este milagro se lo debemos a José Luis Ferris, ese inmenso poeta que conspira contra sí mismo y conoce como nadie las cornisas de los olvidados o no sabidos. Tenemos que acostumbrarnos a sus gestos. A que su puerta sea siempre una herida dulce y abierta. A oler su agenda como se huele su mar. A que cuando pronunciemos los nombres de Carmen, Miguel, Maruja, María Teresa, Federico, nos suene en los oídos el nombre de José Luis Ferris.

No nos resignamos a no ser nada, o a conformamos con que un día fuimos. ¿De qué sirven las lilas medievales colgando de una pared si la casa está vacía?

Hay que destrenzar las lenguas. Hay que montar  yeguas. Hay que mirar los tiempos nuevos ahora que llegan, dejar los crisantemos para más tarde, abolir mansedumbres, y pedir a los señores de los castillos que se enseñe ya en las escuelas a José Luis Ferris. Porque él tiene la llave, licenciados, doctores, maestros y maestras. No se les olvide que si usan esa puerta, hasta ustedes sabrán más para cuando las gentes les dejen a los hijos como hijos.

Mañana será tarde, dijeron de una virgen suicida  llamada Pier Angeli. Para nosotros fue nunca. No quisiera que mis nietos empezaran su vida con el declinar de sus despertares.

Ay, Federico García Lorca que se nos fue subido en el carro de los sonetos de amor y hoy vuelve como un camión obrero de la mano de otro poeta con todos los nombres del diccionario de la literatura en su voz imprescindible ya en nuestra historia. Se sigue llamando -repito- José Luis Ferris y pobre quien no lo conozca.