Sábado, 25 de enero de 2020

Elogio del humanismo pequeñito

He aprendido el catálogo de los lugares para conjurar la intemperie. La taxonomía de la ayuda, el jirón de la caridad subvencionada. El master en manta de trapos, migajas del sistema y burocracia social. A mi amigo, el del perro, le cae el frío como una cencellada que no tiene el fulgor de la belleza, sino del hielo que te escarcha el corazón y la paciencia. El frío que no cesa y el trabajo que no llega, de ahí que el sur sea la próxima frontera, pájaro que emigra buscando de nuevo el espacio donde esperar, mano sobre mano, ala sobre ala, el tiempo propicio de la cosecha.

         La tierra en barbecho y el asfalto resbaladizo de niebla. Y la gente que pasa. A mi amigo le trae la comida, puntual, generosa, la señora de la pescadería, el chico del negocio nuevo de esa esquina que estuvo tanto tiempo cerrada. Gente del barrio, gente a la que no le sobra. Y si sobra, hay reparto, varios en torno a aquello que no se tira, al paquete preparado, día a día con esa generosidad del que nada espera. Hay una red de apoyo a pie de calle, al borde de la calzada por la que circulan los coches calentando esa ciudad que pasa, ritmo sostenido de todas las mañanas. Y esa red de repente se lanza para buscar lo que precisamos, y de repente, con el sedal hundido en las aguas que no se ven, tira del hilo quien bien sabemos que nos enseña solo a dar. Porque no está todo perdido en este espacio del corazón, ese en el que alimenta al que no tiene quien pasa el día en su negocio, luchando por el último cliente, el espacio donde intercambiamos los mensajes del afecto y de la solidaridad. Y mi amigo, que fuma con ese gesto viejo de agarrar la colilla cerca de la parte encendida, como lo hacía mi abuelo, se dispone a iniciar el viaje por las coordenadas del afecto, los riesgos de la carretera y los kilómetros de la aventura montado en el humanismo pequeñito.

         Alguien nos enseñó no solo a rimar la pena de aquello que nos duele, a versificar la rebeldía, a seguir cuando el cansancio y el hastío te pueden. Y ese alguien que habita entre las piedras seculares de Béjar nos devuelve de nuevo la esperanza en un mundo diferente. Aquel donde nos preguntamos qué necesita el otro, qué te sobra a ti, qué puedes hacer no solo por el que está lejos, sino por el que tienes al lado. Aquel que sabe que, a veces, lo importante no es lo material, sino el apoyo, el abrazo, el gesto consolador, el humo que calienta, la charla que alimenta, el sitio donde confiar que siempre habrá alegría para conjurar la injusticia, la indiferencia, la pena.

         Es el poeta Luis Felipe Comendador. Aquel en el que desembocan los grandes, los pequeños cauces de nuestra entrega, de nuestro afecto torpe, de la ayuda siempre generosa, constante y pequeña. Porque cuando sentimos que no merece la pena tanta lucha que nada consigue, es su mirada azul y peleona la que nos sale al paso para seguir creyendo en el futuro de una especie que se niega a dejar que se extinga el corazón. Mi amigo el del perro inicia su viaje con el abrazo generoso del que nos rodea a todos. Y todos contribuyen mientras mi amigo, el del perro, se deja las manos vacías en un gesto agradecido. Aún hay esperanza incluso en la calle, la calle helada, la calle habitada de espacios protegidos de toda perturbación. Gracias emocionadas.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.