Viernes, 14 de agosto de 2020

Matar moscas con el rabo

La maniobra llevada a cabo por Pedro Sánchez para continuar en La Moncloa, antes de que su gobierno eche a andar, ya está poniendo de manifiesto qué clase de asuntos saltarán a la arena. Como estamos hablando del padre de Pinocho, una cosa es escuchar lo que sale de su boca y otra muy distinta lo que de verdad pretende. De momento, sus primeros movimientos no han ido dirigidos a buscar soluciones para los muchos problemas que se nos vienen encima. No. Lo primero ha sido “pisar la manguera” a Iglesias para que quede bien claro quién pretende ser verdadero jefe de los bomberos. Tomar decisiones que de verdad repercutan en mejorar el actual estado de cosas, eso puede esperar. Lo que no va a tolerar es que alguien pretenda ser más listo que él. ¡Pobre Pedro! Aunque lo sospecha, aún no se ha dado cuenta de que su vicepresidente capitidisminuido y los segundos espadas de la operación investidura acabarán acarreándole no pocos disgustos.

            Es cierto que, durante la larga campaña electoral que culminó el 20N, nunca quiso responder a quienes le preguntaban con quién estaría dispuestos a negociar su investidura y con quién no. Es curioso observar cómo sus adversarios políticos, y no pocos periodistas, nunca le creyeron cuando aseguraba huir de podemitas e independentistas para formar gobierno. Querían que, por una vez en su vida, fuera capaz de decir una verdad. No lo consiguieron. Tuvieron que esperar a la noche del recuento para que, sin habérselo preguntado nadie, adelantara la primicia de estar dispuesto a capitanear un gobierno progresista ¿? Quienes antes le quitaban el sueño pasaron a ser sus colaboradores de confianza. Ya había planeado su nueva hoja de ruta: Pedro pretendía ofrecer la rosquilla de monja y sus amigos le entregarían la fanega de trigo. Vano empeño. En ese momento, se rasgó el velo del templo y España quedó dividida en dos bloques perfectamente definidos: los que se echaron las manos a la cabeza y los que se las frotaron. Por encima de todos, un ególatra a quien nada le importan las consecuencias de su delirio si con ello puede seguir pavoneándose con todo el mundo, campa a sus anchas menospreciando a quienes osen discrepar de sus intenciones.

            De los muchos y graves problemas que amenazan nuestro porvenir, tanto Sánchez como sus nuevos compañeros de viaje han mostrado la verdadera cara y expuesto su muestrario de panaceas. Poco a poco, vamos aprendiendo en qué consiste ese progresismo de pacotilla: subir los impuestos sólo a los ricos -esa música me suena mucho-; liberalizar el peaje de algunas autopistas – y subir el de las demás-; reformar otra vez la enseñanza – y hacer oídos sordos al art.º 27 de la Constitución-; comprometerse con las directivas de Bruselas -y acto seguido montar un gobierno con 23 poltronas-; proclamar a los cuatro vientos la llegada de un gobierno “diplomado en progresismo” -cuyas primeras declaraciones indican que piensan gobernar para la mitad de los españoles y en contra de la otra mitad-.Extraño progresismo.

            Si de verdad quisiera dar pasos de progreso y eficacia, bueno sería comenzar por alguno de los siguientes:

  • El ciudadano Torra, desposeído de su condición de parlamentario, no puede seguir al frente de la Generalidad, pero declara que no abandonará el cargo, ¿el gobierno progresista va a exigir el cumplimiento de la ley, o estará esperando una nueva negociación en Pedralbes?
  • Los prófugos Puigdemont y Comín han tomado posesión de su plaza en el Parlamento Europeo al que se ha dirigido en jue Marchena para que se derogue esa condición y puedan ser juzgados en España, ¿estarán dispuestos los europarlamentarios del PSOE a votar a favor de lo que solicita la justicia española?
  • Sus compañeros de coalición no han escondido sus intenciones a la hora de manifestarse en Bilbao a favor de los presos etarras, ¿no tiene nada que decir el presidente más progresista de Europa, dispuesto a gobernar con el apoyo de quienes no han condenado el terrorismo y quieren romper España?
  • Según indica la cortesía parlamentaria, el nombrado presidente del gobierno acudirá a La Zarzuela para presentar al Rey la lista de los nuevos ministros, ¿lo hará esta vez enviando un whastapp a Felipe VI para que acuda a la Moncloa donde se facilitará un comunicado para todos los medios, sin derecho a preguntas?

Seamos serios. Para progresar en política hay que superar la eficacia de los gobiernos predecesores, estableciendo unas prioridades basadas en niveles de importancia, siempre con la verdad por delante. Pedro Sánchez debe tomar nota de lo que sucede en Irán: por un error humano -hagamos un acto de fe- han derribado un avión de pasajeros, pero han estado varios días inventando explicaciones exculpatorias. Cuando la evidencia se ha impuesto, no han tenido más remedio que aceptar la culpa. Los iraníes no han tardado en salir a la calle exigiendo responsabilidades, incluso a su máximo dirigente. Y no han andado con medias tintas. Gritaban: ¡Muerte al mentiroso! Pedro, cuando las barbas de tu vecino….

Enrocarse en viejas monomanías de superioridad de la izquierda, y en contra de todo lo que huela a unidad de España, odio al capitalismo -siempre que no sea el propio-, relaciones con la Iglesia, respeto a las instituciones, etc., tiene muy poco de progresismo y mucho de revanchismo. Cuando no se sabe por dónde empezar, y los problemas se agravan, si nos dedicamos a lo mismo que el diablo -matar moscas con el rabo-, mal empezamos.