Martes, 28 de enero de 2020

CARTA ABIERTA AL AYUNTAMIENTO DE SALAMANCA: Al volver a Salamanca perdí la silla…y la casa.

Cuando hace cinco años volví a esta, mi ciudad natal, jamás pensé que volvía a una Salamanca tan distinta a la tranquila Salamanca de mi infancia, a la culta Salamanca de mis años de bachiller y universitarios, a la Salamanca de mi familia y raíces.

La vivencia que tengo es que he vuelto a la pícara Salamanca del S. XVI, a esa que describió genialmente el anónimo autor de Lazarillo de Tormes.

Resumo mis “desventuras” lazarillescas: Con la intención de instalarme, una vez jubilado, en esta ciudad, para vivir en ella como ciudadano que contribuye a su enriquecimiento y a dinamizar su vida cultural, al año de comenzar a vivir en el piso de mi propiedad hice una inversión económica, comprando otro sencillo piso, que estaría destinado a la familia y a alquilarlo, visto (como sabemos todos) que desde hace años los pequeños ahorros en el banco no solo no se mantienen sino que disminuyen. Ya había comprobado que adquirir un piso para alquilarlo, sobre todo a estudiantes, es un modo habitual en las clases medias salmantinas.

Mis desgracias comenzaron a los pocos meses de esta compra, prácticamente con los primeros inquilinos que llamaron a mis puertas: no había tenido nunca la ocasión de entrar en contacto con esa parte de la población, apenas integrada en la vida, leyes y costumbres de la población general; ni siquiera los distinguía por sus diferentes rasgos físicos. Confié en su buena fe, a pesar de su evidente humildísima economía. Pero no hubo en esa marginal familia ni en los que los rodeaban ninguna buena fe: además del impago de la renta mensual que muy pronto ejercieron, comenzaron a abusar ilegalmente de todos los servicios de la casa: de la luz, de la que yo era el titular, del teléfono que instalaron suplantando mi identidad, de los muebles…fue todo un año de graves problemas de gestión de todo el rosario de desaguisados que les dio tiempo a cometer. He de decir, en honor a la verdad, que ese Ayuntamiento, a través de su Oficina del Ciudadano, me ayudó a resolver entuertos. Las demás instituciones no funcionaron: ni el Seguro (!!) de la casa, ni las varias denuncias a los juzgados, ni los servicios sociales.

Tuve suficiente coraje y astucia (necesaria, como el oxígeno, en esta ciudad) para dar final a este primer capítulo de desventuras.

Dudo tener el mismo coraje para UN SEGUNDO CAPÍTULO DE DESDICHAS en el que estoy inmerso: Después de intentar la venta de dicho piso durante dos años, y comprobando que ahora en Salamanca no se vende ni una silla, decidí, mientras buscaba un comprador, volverlo a alquilar, eso sí con todos mis sentidos puestos en la selección de inquilino: pero “¡el hombre propone y Dios dispone!”; una pareja bien disfrazada, él de angelical obrero honrado y ella de eficaz ama de casa, perpetran de nuevo el asalto ilegal a mi dolorido piso: desconocedores de todo funcionamiento cívico de convivencia, excepto de los cuatro trucos que al parecer todo okupa conoce para instalarse parasitariamente, pagan los dos primeros meses y después…¡ a vivir de gorra, que aquí, por estos lares, no pasa nada si te apropias indebidamente de una vivienda!

Señores Concejales, Señor Alcalde: ¡No puedo creer que un ciudadano que no solo cumple con todos los impuestos y normas de una ciudad, sino que además se esfuerza por enriquecer profesional y culturalmente la ciudad en la que nació y sigue amando, no tenga instituciones locales que le protejan de tanta frustración dolorosa y sinsentido! (No me refiero a los pasos jurídicos establecidos, que esos son a largo plazo y parcialmente seguí la primera vez). Estoy seguro de que si esa Administración quiere, puede resolver e incluso tomar medidas preventivas para que no se repitan tantas experiencias similares a la mía (aún recuerdo la  ocurrida a un amigo cercano).

Como diría nuestro eterno Cervantes “mis armas son solo la pluma con la que escribo”; Ustedes poseen todos los dispositivos de defensa del ciudadano que ha tenido la mala suerte de ser golpeado por esa otra anti-Salamanca que hace sufrir groseramente a muchos salmantinos. Si el caso expuesto solo fuera un caso personal, no habría escrito aquí este artículo. Pero sé que es un caso más. Y por tanto este es un tema que nos concierne a todos. Al lector le puede pasar mañana, o pasado.

A no ser que ese Ayuntamiento se empeñe en que no ocurra.