Viernes, 14 de agosto de 2020

Náusea

Durante un tiempo, casi dos años, viví con mi familia en Alemania, en Köln, en Colonia. Preparaba mi ejercicio a cátedras en la Universidad de esa maravillosa ciudad. Maravillosa, a pesar de que había sido arrasada en la segunda guerra mundial. Tan sólo quedaron en pie la catedral y una porción de la vieja ciudad. Vivíamos en las afueras, a unos tres o cuatro kilómetros del centro, en Geyem, un pequeño pueblo tranquilo y civilizado.

En la universidad un profesor emérito de filosofía del derecho, Ulrich Klug, me había cedido su despacho. Despacho ocupado en su día, ni más ni menos, que por el propio Hans Welzel. La cátedra de derecho penal la detentaba el profesor Joachim Hirsch. Klug estaba casado con una judía y durante la época nazi tuvo que emigrar a Argentina. Allí le tocó estar de limpiador en unos grandes almacenes. Después de la caída de esa nefasta, cruel y asesina ideología regresó por la puerta grande a su país. Klug, en alemán, significa inteligente. Lo era en demasía. Me reunía con él un día a la semana. Él me enseñó lógica jurídica. Murió durante mi estancia.

Hirsch, director del Institut für Kriminalwissenschaft, además de maestro fue un amigo. Cada quince días, todos los profesores invitados nos reuníamos en su despacho. Debíamos exponer en alemán, durante quince minutos, un tema por él señalado. Recuerdo que me tocó hablar de la regulación del comiso en el derecho penal español. Tremenda experiencia. En cierta ocasión, una profesora japonesa, por falta de preparación suficiente, fue expulsada del instituto universitario. Sí, era un Herr Professor exigente. Como debe ser. No obstante, cuando llegaba al instituto un becario latinoamericano iba en persona a recibirlo al aeropuerto. Igual que aquí.

En navidades, en unas Weihnachten, el padre de una amiga de mi mujer, sabedor que estábamos solos nos invitó a pasarlas con ellos. Lo hicimos junto a un joven profesor africano. Aquél, conocido ingeniero, era quien se ocupaba del mantenimiento de las centrales nucleares en Europa del este. Su hija estaba casada con el hijo de un portero, de un Hausmeister. Hicimos amistad con ella y su marido. Juntos fuimos al famoso carnaval de Colonia.

Teníamos dos hijos pequeños. Necesitábamos de alguien que fuera a hacer la casa. Una joven alemana se prestó a ello. Un día nos invitó a las fiestas de su barrio. Fuimos. Nuestros hijos compartieron juegos con el suyo. Me pregunto cuántas asistentas se atreverían, en estas tierras, a invitar a los señores a las fiestas de su pueblo.

En cierta ocasión, se atascó la chimenea y el propietario de la casa nos mandó un deshollinador. Hizo su trabajo. Entablé conversación con él. Me dijo que se había matriculado en la Volksschule, en la universidad popular, en un curso de latín. En Alemania esta institución es gratuita y admite alumnos de todas las edades y colores.

Anécdotas. Culturas diversas. Democracias y autoritarismos. Sabedores y creyentes.  Me quedo con los sabedores. Me quedo con los que convencen y no vencen. Me quedo con las democracias ejercidas, la tolerancia y el “buenismo progre”. En fin, con esas sociedades en las que las banderas y la patria se sustancian en igualdad económica, bienestar social, trasparencia y respeto al conocimiento.

Nos ha tocado vivir unos días bochornosos. Me refiero a los de la famosa “investidura”. En el congreso, en algunos medios, insultos, amenazas.  Groseros comentarios suscitados por los defectos físicos o “falta de preparación” de algunos políticos.  Qué diría, esta gentecilla fascistoide, si se les recordara que la primera ministra finlandesa fue criada y educada por dos madres lesbianas y que Stefan Löfven, primer ministro sueco, es soldador de profesión o el ex presidente del Uruguay, José Mujica, jardinero y que sentados en una silla de ruedas, al igual que Pablo Echenique, estuvo Franklin Delano Roosevelt, presidente de EE.UU y sigue estando Wolfgang Schäuble presidente del Bundestag.

Sí, solo faltó, que alguien de la bancada de la derecha gritase: ¡Abajo la inteligencia! No sería la primera vez. Dan miedo.