Jueves, 28 de mayo de 2020

Andrés Sudón: “Entre mis 17 y mis 23 años viví una etapa brutalmente cultural en Salamanca”  

 “Me encantaría volver a implicarme de algún modo en la vida cultural de mi ciudad”, asegura el cantautor y poeta salmantino que está presentado por toda la geografía su trabajo ‘Perdidos’

El salmantino Andrés Sudón durante la promoción de Dudas Pop

En las noches de la ciudad las tristezas son sólo un rumor. El viento corre entre la gente como si fuese de la familia. Saben a glorias los pronombres cuando se pronuncian y al final, todos los barcos llegan a  puerto. Hombres y mujeres que abren sus pequeñas concreciones y nunca son el mármol de una idea intransigente, sino misericordiosos al tacto y caminantes de huella tierna. Valentín Martín habla con el cantautor y poeta salmantino Andrés Sudón.

V.M. Se habla mucho del cainismo pero no he conocido un mundo donde haya más corazón que en la música y en la literatura. Corazón para que entren los demás, quiero decir. Yo llegué a Madrid en 1968 con dos libros de poemas que había dejado ya en Salamanca cundo tenía 19 años. Cada ejemplar se vendía a 100 pesetas en una librería que servía de editora o algo parecido. Estaba en la calle La Rúa, la más universitaria del  mundo entonces. Por ella pasaban todos y todas, porque las facultades estaban en la Plaza de Anaya, menos Medicina que estaba arriba en los Irlandeses. Ellas compraban mucho, a primero de los 60 ser poeta en Salamanca tenía más tirón que ser torero. Éramos un grupo que nos compartíamos y nos celebrábamos. Y qué sarcasmo: un cura jovencito y compañero de estudios me pidió prestados unos ejemplares de  esos poemarios para leerlos junto a los jóvenes sin recursos de su parroquia. Nunca me los devolvió, a pesar de que se los pedí una y otra vez. Coño con el curita, que yo no tenía un duro, cené durante años el huevo de una gallina, y cada poemario vendido suponía un bocadillo de calamares, deliciosamente grande y grasiento, en el Gorro Blanco de la calle Pozo Amarillo.

L.R. No te devolvió los libros, ni te los pagó, qué poco me extraña, te lo decía el otro día: “Con la iglesia hemos topado”. Podríamos hablar mucho de ese tema, pero prefiero hablar de Andrés y de vuestra Salamanca, de nuestro Madrid, de su pasado, de su presente y de su futuro, de sus días en una oficina, de su valor para dejarlo todo. Dejar todo por un sueño, dejar una vida cómoda por un futuro incierto. Andrés, entiendo tan bien lo que hiciste, pero a mí me costó muchos años saber que lo necesitaba, no fue cuestión de atreverme o no, solo de entenderme. Y yo creo que tú te entiendes y te alimentas de todas esas noches de técnico de sonido en La Fídula o Libertad 8, de los más de 500 micros abiertos en el templo de la canción de autor y de la poesía, de todos esos talleres de música, del apoyo y el cariño que das a todo el mundo que se te acerca. Desde que te conozco siempre me ha alucinado tu forma de ser y de estar, siendo un gran profesional de lo que haces, conociendo tanto como conoces, no se te ve nunca hacer nada que pueda hacer creer a los demás que estás por encima de nadie. Te maravillas con lo que ves, porque creo que ves más allá de lo que vemos los demás, conoces la evolución de decenas de cantautores y poetas y por eso muchas veces creo que miras con los ojos de un dios que sabe lo que va a ocurrir y vas dando pinceladas para que cada uno de nosotros podamos ver la luz y podamos elegir libremente el mejor de los caminos. Sin juzgar, sin prejuzgar. 

A.S. Me impresiona lo que cuenta Valentín, porque siempre me he preguntado cómo era la vida cultural underground de Salamanca antes de que yo entrase en ella, cuando debuté en el 95. Por desgracia no suele quedar registro de estas historias y me encantaría conocerlas. Yo viví dos etapas de explosión cultural en Salamanca: entre 1995 y 2001 y entre 2006 y 2010. Entre esas dos etapas me fui a Madrid, donde vivo ahora mismo. Me encanta saber que Salamanca sigue muy viva en este sentido, es una ciudad en la que es casi imposible que no haya muchísima actividad cultural ciudadana, la no impulsada por las instituciones, la real. Tengo que admitir que me fui a Madrid en busca de libertad, de anonimato, de experiencias trascendentales. Quería ser un cantautor de verdad y creí que en Madrid lo lograría. Lo primero que encontré allí fue ese cainismo  elevado a la enésima potencia, al menos en el mundo de la Canción de Autor. Cuando monté el Micro Abierto Libertad Ocho en 2011, uno de mis mayores propósitos era eliminar la competitividad y fomentar el apoyo mutuo. Quizá por eso lo que dice Luis es muy cierto: me emociona ver a las personas intentar y conseguir llevar a cabo su pulsión artística, y hago lo posible porque se sientan cómodas; si veo que puedo echar un cable a alguien lo hago con verdadera ilusión.

V.M. Entre la Salamanca musical de Andrés, tan joven, y la mía hay un abismo. Pensad que aquellos tiempos eran de Jeanette y los Pic-Nic, Los Pasos, Los Pekenikes, etc. Algún grupo salmantino intentó abrirse paso, pero creo que no llegó lejos. Nosotros teníamos una banda que nació de una pequeña tuna a la que fuimos agregando el acordeón, el saxo, hasta algún violín. Íbamos por los pueblos a petición de las señoritas de la Sección Femenina (mandaban mucho) y tocábamos desde Los remeros del Volga a Clavelitos. Los pueblos y las carreteras sin asfaltar. Todavía duraba la posguerra.

L.R. Valentín, Andrés, entre vuestras dos épocas seguro que Salamanca ha cambiado mucho, pero aquellos eran cambios más lentos, más tranquilos y no sé si más estudiados, pero lo parecían. Había más diferencias, ahora parece que hay pocas opciones entre las que elegir, o será que muchas de esas opciones que desconozco me parecen tan iguales que creo que son la misma. Me gusta estar abierto a los cambios, por mi profesión, informático, he tenido que estarlo, pero, o me estoy haciendo mayor o la vida ahora va mucho más deprisa que antes, los cambios se generan de un día para otro, aquellas carreteras de polvo sin asfaltar ahora son grandes autovías. Ahora en demasiados sitios hemos cambiado el hambre por la falta de apetito, sobre todo veo una gran falta de apetito cultural. En estos tiempos se prefiere las grandes comilonas, el comer por comer,  sin hambre, solo por consumir, y no estoy hablando solo de comida, hablo de música, de literatura, de cine, de teatro. Existe un consumo puntual e inmediato donde prima solamente los grandes espectáculos, los grandes eventos, las grandes masas, y hay pocas personas a las que se os nota que os paráis a mirar los detalles, que, creo, es de donde realmente se puede aprender. Un comportamiento que se está volviendo endémico.

A.S. Gracias, Valentín, por lo de “joven”, pero ya hemos dado más de cuarenta vueltas al sol… Es curioso, siempre he observado que a todo el mundo le parece más intensa y auténtica su época de juventud que la actual. A mí también me lo parece, pero intuyo que estoy equivocado. Entre mis diecisiete y mis veintitrés años, viví una época brutal culturalmente en Salamanca: tocaba todas las semanas, trabajaba en la cadena SER, presentaba un espectáculo, tenía muchos alumnos, viajaba por España cantando, y en la ciudad asistía a conciertos de jazz, de música clásica, teatro… Era un no parar. Sin embargo, había personas mayores que yo que insistían en que se había perdido algo que ellos vivieron en su juventud. Así que no me atrevo a criticar lo que sucede en la actualidad. Cuando vengo a Salamanca intento ir a los lugares, hablar con las personas. Me encantaría volver a implicarme de algún modo en la vida cultural de mi ciudad. Quizá esta charla sea un nuevo comienzo.

V.M. Nada más llegar a Madrid me ayudó mucho Gerardo Diego, mi dios del bachillerato. Le llamó la atención un libro que publiqué sobre Palestina. Gerardo estaba muy bien acomodado al franquismo, pero estoy seguro de que su interés por mí fue sólo literario, aunque los cerebros del régimen vieron en los poemas un alegato antijudío y todavía se creían lo del contubernio judeomasónico.  Era un hombre extraño en su tertulia, donde se abstraía con frecuencia. De ahí, la mejor definición de sí mismo: ¿En qué piensa, Gerardo? (Porque él dejaba hablar mucho). No, en general, respondía él. Yo le vi también ataques de una cólera sorprendente si el camarero le llevaba el café demasiado caliente y se quemaba. Y también podía humillarse más de lo que le correspondía a su medida como poeta. Cuando Borges -amigo suyo- vino a Madrid haciéndose el ciego (todavía veía. Poco, pero veía), Gerardo Diego fue a esperarle a Barajas. Se acercó a él y le dijo: maestro, que soy Diego. Y Borges, que le vio y conoció de sobras, se hizo más cabrón aún y le respondió: ¿Quién dice que es? Gerardo, que soy Gerardo, aclaró el nuestro. Y ahí salió el peor Borges, ese que, siendo tan argentino, tuvo siempre el deseo de ser inglés. ¡En qué quedamos, es usted Diego o es Gerardo!

L.R. Mes has sacado una sonrisa con lo de “los cerebros del régimen”. Quiero leer tu libro sobre Palestina, el país número 197 que tantas veces se pasa por mi cabeza. En mi juventud muchas veces llevaba un pañuelo palestino, Kufiya, blanco y negro, que me dio tantas satisfacciones como sustos, acababa de comenzar la democracia en España y la tolerancia casi siempre era nivel 0. Leo maravillado la suerte que tuviste al estar cerca de Gerardo Diego, con sus luces y sus sombras. Qué suerte vivir esos momentos. Al igual que Gerardo Diego te ayudó a ti, Andrés ayuda a muchos de los cantautores y poetas que comienzan su trayectoria en Madrid. Podríamos decir que lo hace desinteresadamente pero no quiero usar esa palabra. Porque es una ayuda interesada, interesada para favorecer la Cultura que se genera desde los cimientos y no desde los poderes económicos.

A.S. Así es, Luis, me interesa muchísimo ayudar a quien veo que puedo ayudar, lo hago sin darme cuenta, es lo que aprendí en casa de mis padres y sus amigos. He pasado por todo tipo de procesos como artista, y ciertamente hay cosas que puedo aconsejar, actitudes que puedo tomar para impulsar a otras personas en esos procesos. Quizá es porque apenas he tenido maestros cerca, como Valentín tuvo a Gerardo Diego. Quizá tuve a Hilario Camacho, con quien viví tres años de intensa amistad antes de su muerte. Lo que pasa es que Hilario era tan humilde que cuando yo me ponía en plan pupilo, intentando que fuera mi maestro, él cambiaba de tema. Teníamos una relación entre iguales, aunque me sacara treinta años y fuera el gran Hilario Camacho. Me lo dijo explícitamente: eres mi amigo, no mi alumno. Tanto que él me pedía consejo a mí y yo alucinaba y le decía lo que podía… Yo aprendí solo todas las cosas que sé, quizá por eso intento darle a los demás lo que yo no tuve. Pero bueno, a pesar de que Hilario no quería ser mi maestro, en 2004 me sorprendió con gran regalo: durante un concierto suyo en Galileo Galilei, me dio “la alternativa”, como decía él. Cantó una canción mía (una canción que, por cierto, habla de Salamanca) conmigo y me dijo “ya eres cantautor profesional”. Se le echa de menos.

V.M. Ahora tenemos al alcance más posibilidades de publicar: la autoedición o el llamado crowdfunding, pongo por caso. Incluso, a mi juicio, las editoriales publican casi todo lo que les llega, incluso libros malos. Pero en aquellos años la difusión de la poesía era muy difícil. Yo llegué a conocer los restos del grupo Alforjas para la Poesía, que promovía el empresario Conrado Blanco. Contaba con poetas  afines al régimen, claro, entre los que estaban José García Nieto, Leopoldo Panero, Manuel Alcántara, Juan Pérez Creus, el propio Gerardo Diego, Pemán, Rafael Duyos, o Federico Muelas. Alguno de ellos me ayudó a mí mucho, pero tengo que decir también que donde ponían el ojo ponían sus 5.000 pesetas futuras: andando el tiempo intentaban pasarte esa factura. Si tú tenías un puesto de responsabilidad en una publicación, enseguida te exigían una columna.

L.R.  Lo que yo veo es que hoy la publicación se mueve en cuatro grandes segmentos: los escritores conocidos a los que las grandes editoriales publican porque saben que con una buena publicidad el éxito está asegurado, por eso lo que decía antes del consumo masivo y puntual; luego están los escritores que mueven grandes masas de seguidores en las redes y que son “pescados” por las editoriales porque saben que la venta está asegurada; en tercer lugar están esas pequeñas editoriales que buscan libros en los que invertir y arriesgarse sin saber si tendrán éxito pero que saben que lo que tienen en las manos es bueno y hay que dar una oportunidad; y por último los escritores que nos auto-publicamos porque creemos que es la forma más fácil y menos costosa de dar a conocer nuestros libros. Realmente los 4 casos se resumen en dos, las publicaciones con dinero y sin riesgo, los dos primeros casos, y las publicaciones sin dinero y con riesgo, los dos últimos.

A.S. Es impresionante cómo han cambiado las cosas con respecto a la edición y venta de poesía. Hace diez años en FNAC había una sola estantería para poesía y teatro; a día de hoy hay una planta entera dedicada a la poesía. Evidentemente, entre todas esas publicaciones hay pocas cosas de verdadera calidad, pero me encanta que se publique tanto, que se escriba tanto, que se lea tanto. También celebro que la poesía haya dejado de ser un arte académico exclusivamente. Siempre le he tenido (y le tengo) mucho respeto a eso. A pesar de escribir poesía durante toda mi vida, jamás habría ni pensado en publicarla. Pero la poesía ha regresado al pueblo llano; mucha gente disfruta de poesía que académicamente podría considerarse mediocre. Es poesía con la que la gente, digamos normal, se identifica. Por eso he aceptado publicar esos dos libros que tengo, habida cuenta de lo que veo que se publica. No sé si la academia aceptará mi obra literaria, pero me basta con las reacciones de mis lectores cuando me dicen que lo que escribo les sirve para su vida. Mis dos libros salieron publicados con editoriales, aunque acabo de autoreeditar una versión sin censura y ampliada de mi primer libro, “Poemas de mierda, sangre y leche”.

V. M. A mí me gusta mucho la canción de autor de Andrés. Incluso su riesgo en las letras a veces. Creo que la música permite ese riesgo mucho más que la poesía. Y digo lo de siempre: hay que intentar ser buenos pero distintos. Y Andrés lo es.

L.R. Valentín, sabemos que con Andrés coincidimos, las letras de sus canciones no son a lo que estamos acostumbrado, su música tampoco, esto le permite decir lo que desea, la fuerza de sus letras y su música hace posible, que trasmita lo que quiere decir. Para mí sus canciones tienen más fuerza que simplemente sus letras, porque sabe mezclar música y letra para llegar donde desea. Las letras son un dardo y la música la vaselina. A veces, al revés.

A.S. (Gracias, queridos, por vuestras amables palabras, me sonrojáis). Pues, Valentín, en mi caso he de decirte que, aunque mi propósito ha sido siempre crecer como compositor de canciones libre de ataduras formales, es en la poesía donde encuentro la libertad creativa. Es cierto que la canción es muy efectiva, como dice Luis, la música suma al texto y viceversa, pero en mis momentos de desesperación, es la poesía la que me ha curado. Desde adolescente yo escribía poesía para tener después destreza escribiendo letras de canciones, luego se convirtió en una actividad terapéutica. Creo que la canción pop (que es lo que al fin y al cabo hacemos los cantautores), debe aprender mucho de la poesía, del verso libre, del mensaje evolucionado, de esa libertad formal de la que adolece la canción. Si mi música pop es distinta, es porque proviene de la poesía, de la música clásica, del jazz. En mis clases en TAI de Canción de Autor, estamos más de medio año trabajando en poesía, porque mis alumnos son los cantautores del futuro, y yo quiero que en el futuro la música de autor española esté influenciada por su maravillosa tradición literaria.

V.M. También creo que ya es hora de que Andrés, aunque es un gran estajanovista, piense un poco más en su propia creación que en promover la promoción a tantas vocaciones ajenas. Está muy bien ayudar a los demás, abrir puertas y ventanas para que entren aires de fuera, pero su propia carrera -ya muy sólida- le exigiría quizás más atención a sí mismo. A partir del nuevo proyecto (“Perdidos”) podría ser más protagonista de su vida musical. A lo peor él no lo ve así y no es más feliz, no sé.

L.R. No creo equivocarme si te digo que las personas que están en su día a día creen en Andrés mucho más que él mismo. No se mueve en una zona confort, el sabe que eso no existe, se pasa la vida luchando, pero esa lucha no es solo por él, no solo por su música, no solo por su futuro. Andrés nos tendrá que contar el cambio, la mutación que ha sufrido con el proyecto “Perdidos”, de dónde ha venido el viento, qué ha pasado para que haya decidido que ahora es el momento de poner en valor lo suyo, aunque sé que eso no cambiará su esencia.

A.S. Tenéis toda la razón del mundo. He dedicado más tiempo y energía a evolucionar como artista que ha promocionarme. Soy una de esas personas que nunca están conformes con lo que hacen, siempre creo que lo puedo hacer mejor. En este momento estoy bastante satisfecho con mi momento artístico, pero también me siento muy perdido con mi trabajo promocional. Si ahora me he decidido a triunfar ante el gran público, ha sido movido por la idea que no puedo ser un verdadero maestro de Canción de Autor hasta que no tenga un éxito palmario. Al fin y al cabo, el deber de un cantautor es hacer canciones que le sirvan al pueblo, y para eso tengo que hacer llegar esas canciones a la gente. No deseo la fama y la gloria, pero las necesito para que mi vida tenga sentido. Gracias a Rafael Alba de la discográfica Malvadas Ardillas, me he puesto a trabajar en serio con este asunto. Hay muchas canciones de mis cinco discos que podrían se útiles a las personas, por eso estamos haciendo poco a poco un disco llamado “Temas Perdidos” en que canto esas canciones con artistas que gozan de gran fama, para que por fin lleguen al gran público. La semana pasada salió el primer vídeo cantando con Carlos Chaouen uno de esos temas perdidos. Pronto habrá más con gente muy importante. Tengo que admitir que este proceso está siendo duro para mí, por tener que practicar este egocentrismo, pero me está dando buenos resultados. Es hora de exponerme.

V.M. No sé qué parte de la música y qué parte de la poesía hay en Andrés. Yo envidio a los músicos porque creo que la música es más universal, más llegadora, incluso si me apuras, más importante. Recuerdo que una vez vi la facha de cristal de La Casa del Libro de Gran Vía forrada con decenas de ejemplares de un poemario de Marwan. Me puse muy contento. Pero fue nuestro querido palestino de Aluche quien me bajó de las nubes. No hay que hacerse ilusiones, yo vendo libros de poesía porque soy músico. Eso dijo. Y había vendido 75.000 ejemplares.

L.R. Si echamos un vistazo a los cantautores actuales, comprobaremos que hay pocos que no hacen las dos cosas, por lo que he aprendido cerca de alguno de ellos, lo primero es la música, la poesía viene cuando quieren poner letra a esa música, después ya todo se mezcla. Ven una letra y al leerla ven la canción o crean una melodía y sobre ella ponen letra. Hoy día es más fácil vivir de la música si también eres poeta, los discos se siguen pirateando hasta por verdaderos melómanos, la literatura, aunque en parte haya cambiado, se sigue “consumiendo” en papel. Por eso muchos de nuestros cantautores también son poetas en el papel. Eso sin hablar que en un disco puede haber 12 o 14 canciones y en un libro decenas de textos que podrían ser la letra de una canción.

A.S. Para mí existe una gran diferencia entre escribir poesía y componer canciones, son dos estados mentales diferentes. Insisto en que a mí me ha costado querer publicar mis poemas, son demasiado personales y no buscan la excelencia, sino el alivio. Pero la verdad es que a día de hoy, cuando doy un concierto en cualquier ciudad, vendo el triple de libros que de discos, y con eso me sustento. Al final la poesía ha salvado a los cantautores, porque ya casi nadie compra discos, y son mil veces más caros de hacer los discos que los libros. Mi último libro, “Acomodado en la rebeldía”, lo ha publicado precisamente mi querido Marwan con su editorial “Noviembre”, él es una de esas personas que ayudan a sus compañeros, y le estoy muy agradecido. El libro se ha distribuido por toda España y se ha vendido mucho más de lo que imaginaba. Tres años anduvo detrás de mí para que le entregara el manuscrito. Ese proceso de escribir un libro que sabía que se iba a publicar, ha sido difícil, pero me ha ayudado a ser más profesional como poeta, más valiente.

 

Cuando Basilio regresa a Salamanca diez años después de la seducción del caos lo hace bajo el palio musical de Stabat Mater. Han pasado cuatro décadas de ruptura familiar de Octavia y atrás queda 1965 cuando en la octava carta Lorenzo dice que está harto del silencio, otra vez el silencio resuena durante toda la película de Berta. Rompo este silencio. Dos años de silencio físico y químico. Todo sigue igual a partir de  mis manos. Pon tu nombre preparado en mi boca, dice en un poema de “Perdidos” Andrés Sudón, mientras resulta inevitable la emoción del viejo exilado asomándose a la Plaza Mayor: no saben ustedes lo que tienen aquí. Son retazos del natural de Charo, la fiebre y compasión de los metales de María Ángeles, o la ternura incandescente de Montse al son de Gabriel, que siguen viviendo la mejor de las vidas. Algo sucederá pronto, un viernes de Enero donde Andrés levantará su voz en la Calle Clavel.