Lunes, 27 de enero de 2020

Carlos Ros. In Memoriam

    

 

 

 

 

 

 

     Dentro de pocas horas tengo que realizar un viaje anímicamente contradictorio a la provincia de Huelva, donde he ido muy pocas veces. Es un viaje para dar gracias a la vida, pues en Huelva fui concebido, y para mirar con serenidad –espero- pero cara a cara a la muerte, pues ha fallecido un muy amigo natural de Santa Olalla del Cala, Huelva, bien que criado y madurado en Sevilla. Me refiero a Carlos Ros Carballar , sacerdote de la archidiócesis de Sevilla, con el que coincidí durante catorce años en el Consejo Nacional del Movimiento Scout Católico, siendo él Consiliario General.

     Llevaba Carlos muchos años peleándose con su gran corazón que, al decir de Patricia, su ejemplar alma cuidadora durante los últimos años, no resistió más desfibrilador, más medicación y tratamientos y se nos fue en la Noche de Reyes, casi a la misma hora que su madre, a la que adoraba. Mañana martes se oficiará su misa funeral, sus exequias cristianas, en su pueblo natal a las 12. Quiero asistir, Dios y la niebla en carretera mediantes.

     Como no tengo tiempo, pues es imprescindible dormir unas horas, vayan estas pocas líneas provisionales como homenaje a su persona. En las reuniones del Consejo Nacional él y su amigo Alberto Plaza introducían sistemáticamente la dosis de humor y de risa imprescindibles para desbloquear discusiones, malos rollos y momentos conflictivos, que hay en todos los grupos humanos. No era una alegría ficticia, sino muy inteligente, fruto además de experiencia de vida, de fe cristiana conscientemente vivida y de valores scouts nunca olvidados y siempre practicados. Carlos tenía muy buena formación humanística y teológica adquiridas en el Colegio San Fernando de los Hermanos Maristas y, sobre todo, en la Universidad Pontificia de Comillas, la antigua, la de Santander, la de Cantabria, vaya, donde completó sus estudios de Humanidades y obtuvo la Licencia en Filosofía y el Bachillerato en Teología. Posteriormente, en Roma, obtuvo la Licencia en Teología y esta etapa romana bien que se le notaba en el trato.

     Sus paisanos periodistas, escritores e intelectuales sevillanos sabrán valorar mejor que yo su tarea de periodista y de impulsor de la Cultura en su tierra como Coordinador General de la Gran Enciclopedia de Andalucía y de columnista en ABC de Sevilla y en múltiples revistas. A la Iglesia en Andalucía y, sobre todo, a su archidiócesis hispalense, les toca valorar su desempeño como cura periodista cuando ejerció como director de la agencia informativa de los Obispos del Sur de España (Odisur), de la Oficina Diocesana de Información del Arzobispado de Sevilla, del Boletín Oficial del Arzobispado y de la hoja dominical “Iglesia en Sevilla”. Buen colaborador y amigo del Cardenal Bueno Monreal, parece que los siguientes obispos, en una desafección típicamente clerical, no le apreciaron tanto. No conozco yo muy detalladamente los intríngulis de la archidiócesis de Sevilla, pero tengo para mí que el trato de los arzobispos y de los dirigentes diocesanos hacia Carlos Ros, en los últimos años, podría haber sido mejor.

     Su vena de escritor, buen escritor, su profunda vida espiritual, su sólida formación, sus muchas horas de investigador en archivos, buscando siempre las fuentes, y su prodigiosa memoria daban fruto en los más de sesenta libros publicados sobre temas importantes de la Historia de la Iglesia en Sevilla y sobre muchos santos, especialmente los teresianos: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Jerónimo Gracián, María de San José y Ana de Jesús y, como figuras relevantes más recientes, Teresa de Lisieux y Edith Stein. Espero que algunas de estas obras, si no todas, puedan encontrarse en los próximos días en la Librería Diocesana de Sevilla –o como se llame la institución, que no lo sé con certeza-, así como las semblanzas de dos de los arzobispos hispalenses más importantes del Siglo XX: Bueno Monreal y Pedro Segura. En mis muchos años de convivencia con Carlos Ros en tareas scouts pude constatar su amor a la Iglesia pues siempre ponía en práctica aquella frase de San Agustín: “nihil sine episcopo” (nada aparte del obispo, aunque éste no conociera o no apreciara el escultismo). Miles de kilómetros de las carreteras de España, vías férreas y aeropuertos darían fe de los muchos viajes que emprendió para presentar el Escultismo católico a casi todos los obispos de su época y para dialogar con ellos acerca de la mejor inserción del escultismo en cada diócesis. Pero esa es una tarea que siempre hay que seguir haciendo.

     Echaré en falta sus jugosos “sermones” de su “parroquia de papel” que nos mandaba cada semana, siempre que el corazón se lo permitía. “Santa Gloria haya” Carlos Ros. Espero que vaya preparándonos el Campamento scout en las verdes praderas del Reino de Dios (cf. Salmo 22) para seguir disfrutando juntos de la Creación, de la Nueva Creación que emergió del sepulcro vacío de Cristo.