Viernes, 14 de agosto de 2020

El rey bobo 

Las agujas del reloj galopaban sobre las doce de la mañana, el calendario se encontraba en el ecuador del cuatro de enero, Yuc atendía a los albañiles de la obra con tanto entusiasmo que ni le molestaba el frío, ni le dolían las grietas de las manos, ni las agujetas impedían que se movieran sus piernas con diligencia. Corría con un cubo de cemento cuando los municipales, con la seguridad que les prestaba el uniforme y sin permitirse la “vulgaridad” de dar los buenos días, se le plantaron delante. “Antes de las tres -dijo uno- tienes que ir al ayuntamiento”. “El alcalde tiene que hablar contigo”, dijo el otro. Y antes de que abriera la boca, se alejaron para evitar preguntas: responder era un gesto de confianza, y dar confianza restaba importancia a sus cargos. No valía la pena minimizarse por un negro ante sus compañeros blancos, obreros que eran sus vecinos, que habían sido sus compañeros de clase, de juegos, y que no acababan de entender que habían subido un peldaño en la escalera social. Yuc los vio partir con rabia. ¿Por qué a él lo tuteaban sin conocerlo y a sus paisanos les hablaban de usted cuando lo normal era que lo hicieran al revés? Cogió el cubo que había soltado. Los albañiles lo miraban con recelo desde el andamio. ¿Qué fechoría habría hecho? ¡Malditos negros! Si cuando ellos habían decidido ir a la obra con el dinero justo para el vino y el café y ponerlo a buen recaudo… Las agujas del reloj alcanzaron las dos de la tarde. Sus compañeros se metieron a comer en el bar de costumbre; él los despidió hasta las tres con una sonrisa. ¿Qué diantre haría aquel pájaro durante una hora? Generalmente sentarse en un banco del parque, a comerse el bocadillo sin testigos, no tenía dinero para tomarse algo en el bar, y tanto le humillaba ocupar mesa sin consumir, como que sus compañeros descubrieran su miseria. ¿Quién iba a creerse que después de seis horas en danza no le apetecía un vino y un café? En aquel instante ni siquiera le apetecía el bocadillo: se le había quitado el hambre. Pasó junto al banco. ¿Y si en lugar de irse al ayuntamiento se sentara a descansar? Él no había hecho nada malo, ni siquiera desconfiar de los blancos. Reanudó el paso, eludir un problema, suponía multiplicarlo por dos, y cualquier cosa era menos humillante que ser visitado por los municipales en la obra. Entró en el ayuntamiento. Un empleado leía el periódico, otros dos hablaban de fútbol. El conserje alzó la cabeza para decirle a un señor que le mostraba un recibo: “Ahí, en la ventanilla”. Tras la ventanilla un empleado cobraba recibos. El señor se sumó a la cola preguntando quién era el último. Avanzó unos pasos.

     —Buenos días.

     Todos los ojos se clavaron en su piel negra y el recaudador cerró la caja y la escondió. ¡Por Dios, qué horror! Como saque las manos de los bolsillos ya podemos confesarnos. El conserje se puso en pie y los tranquilizó con una mirada. O se porta como un blanco, o lo mato como a un negro.

     —¿Qué quieres?  -preguntó displicente, dejándole claro que era un negro entre blancos, no un blanco entre negros.

     —Ver al alcalde.

     —¿Al alcalde? El alcalde está muy ocupado estos días. De todos modos te recuerdo que el plazo para pedir ayudas ya está cerrado.

     —Yo no quiero verlo, es él quien quiere verme a mí. Me lo dijeron los municipales esta mañana. Pero si ha cambiado de idea, me marcho sin molestar, yo también tengo cosas que hacer.

     Hizo ademán de marcharse. En sus ojos se reflejó la alegría de quien logra huir de un peligro y la tranquilidad de quien encuentra un motivo que justifica su irresponsabilidad.

     —¡Un momento! -le espetó en un tono que lo dejó inmóvil, decepcionado.

     De dos zancadas se fue a una puerta. “Con permiso”, dijo y la abrió. Con un ojo fuera para controlar sus movimientos y el otro dentro dijo suavemente: “Un negrito pregunta por usted. Dice que…” ¡Malditos blancos! Disfrazaban el insulto con el diminutivo para ocultar su odio. Pero ¿por qué demonios tendrán que hacer cosas que hasta se avergüenzan de hacerlas? El alcalde dijo que pasara, que lo estaba esperando, y sin cerrar la puerta se acercó a él.

     —Sígame, por favor, yo lo acompaño.

     Lo siguió en silencio, sin alzar los ojos del suelo, para que nadie se percatara de sus pensamientos de desprecio. ¿Por qué tenía que volverse amable, correcto y servicial ante los ojos del alcalde? El alcalde lo invitó a sentarse con la normalidad que invitaba a los blancos, y aquello, más que tranquilizarlo, le mosqueó, los blancos sabían disfrazar la maldad de bondad para conseguir algo que sin disfraz les dejaría en mal lugar. Mientras se sentaba imaginó los comentarios de detrás de la puerta. Para unos había mirado de reojo a una chica, para otros se había ido de un bar sin pagar, para otros había tirado de navaja en una disputa, y alguno de los que habían desfilado por el despacho aquella mañana había ido a denunciarlo para que lo pusiera a raya por no partirle los dientes. El alcalde lo volvió a la realidad.

     —Estamos organizando la cabalgata de los Reyes Magos. ¿Le importaría convertirse en Baltasar por unas horas? La Comisión de Fiestas ha decidido que en estos tiempos de crisis es una inmoralidad gastar dinero de los impuestos en maquillaje para pintar a un blanco y puesto que usted no necesita pintura…

     Se puso en pie de un respingo. Si los blancos no lo querían por negro, por negro no debía complacer a los blancos, además, no podía contribuir a que lo tomaran por un juguete. El alcalde no se asustó. Si por un vino bailaban los blancos, un negro, por dinero, hasta tocaría la flauta sin agujeros.

     —Por este trabajo se le pagarán 50 euros que cobrará enseguida.

     Volvió a sentarse. Si se negaba a ser juguete de sus vecinos, cuando sus vecinos fueran a acusarlo de sus propias fechorías, no dudaría en librarlos del maldito juguete tirándolo al cubo de las amenazas, del destierro, de la vigilancia, y nadie lo defendería; los negros siempre mentían, los blancos siempre decían la verdad, y él no podía blanquear a la sombra con la facilidad que ellos se ponían negros al sol.

     Como cada cinco de enero, a las seis en punto de la tarde, llegaron Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. Pese al largo viaje, iban radiantes. Por algo eran magos y podían estar en todos los pueblos a la vez, y ver a todos sin abrir los ojos, y comprar juguetes sin tener dinero. Lucían pantalón de raso negro, blusas de seda con bordados  en oro para no desentonar con la hebilla del cinturón, capas de armiño como las botas y coronas de rayos de soles y lunas.  El alcalde salió a recibirlos. Sus Majestades se sintieron ciudadanos ante la autoridad e hicieron ademán de apearse de los camellos para saludarlo. El alcalde se lo impidió. Era él quien tenía que inclinarse ante ellos porque eran reyes, venían desde muy lejos, a traer juguetes, ilusión, sonrisas, y él un simple empleado de los ciudadanos que cobraba por recibirlos. Tras la salutación oficial iniciaron el recorrido. Las casas del municipio estaban vacías, sus moradores inundaban las aceras de las calles impacientes, sin sentir el intenso frío, pendientes de aquella estrella que precediendo a los Reyes Magos convertía a los niños en mayores y a los mayores en niños dispuestos a hacerse felices unos a otros. Tras su resplandor, Melchor, sonriente, iba el primero, Gaspar, feliz, el segundo, y Baltasar, temblando, cerraba el cortejo; si no querían un vecino negro, no podían admitir un rey que no fuera blanco. Seguro que los niños lo mirarían con miedo, los mayores con recelo, y verse despreciado entre tanta gente le resultaba más humillante que a solas, cuando iba a la obra, a comprar el pan, a dar un paseo. Estuvo a punto de apearse del camello y salir corriendo, pero los niños esperaban tres reyes y quien defraudaba a un niño no merecía ser hombre. Cerró los ojos. Que el camello le prestara los suyos. Oía los gritos de alegría que despertaban los otros reyes al pasar, las carreras de los mayores para coger caramelos como niños, los ruegos de los niños para encaramarse en los hombros de sus padres para verlos mejor. Por fin llegó su turno y tuvo que abrir los ojos para tirar caramelos. Los lanzaba con miedo, con temor, preguntándose qué hacer cuando sus vecinos lo llamaran negro con desprecio, los padres lo miraran de reojo sin importarles el ejemplo que daban a sus hijos, y los niños le sacaran la lengua ante la impasibilidad de sus padres. Pero ante su sorpresa fue recibido con más aplausos que Melchor y Gaspar, y los padres acercaban a sus hijos para que lo besaran, y los niños se agarraban a las patas del camello para que nadie los separara de él, y su sonrisa tornó su piel negra en blanca, en amarilla, verde, marrón, azul, roja… sin que ninguno de los colores despertara desconfianza. Al final del recorrido la comitiva real se dirigió al ayuntamiento. Sus Majestades tenían por delante una noche de mucho ajetreo y el alcalde les había prestado su confortable despacho para que recuperaran las energías perdidas mientras los pajes daban agua a los camellos y preparaban los regalos. No se habían quitado las coronas para repulirles el brillo cuando entró el conserje con tres sobres de parte del señor alcalde. “Para que cenen bien antes de empezar a trabajar”. Melchor y Gaspar aceptaron el dinero. Les esperaban muchas escaleras que subir, muchas chimeneas que bajar, muchos balcones que abrir y cerrar; desde que salieron de Oriente no habían comido caliente para no perder tiempo haciendo lumbre y al estómago no le importaba que fueran reyes. Baltasar lo rechazó. “Yo sólo cobro por trabajar; además, no necesito dinero para cenar: los niños me han prometido dejarme en los zapatos turrón, mazapanes, bombones… y hasta una copita de champán con la que brindaré para que ellos no dejen de ser nunca tan mayores como hoy y sus padres tan niños”. El conserje se guardó el sobre en el bolsillo. ¿Será bobo? Y dos concejales se asomaron a los ojos de Melchor y de Gaspar para decirle que de remate.

 

    María Jesús Sánchez Oliva.