Viernes, 24 de enero de 2020

El candado

Estamos asistiendo a un momento en el que encuentran justificación todos los esfuerzos que alumbraron a los llamados padres de la Patria, hace 42 años, cuando dieron forma a cada uno de los artículos de nuestra Carta Magna. Me imagino las razones que expondría cada uno de los ponentes para justificar su postura. No pocos llegarían a rasgarse las vestiduras cuando otro compañero de comisión imaginara situaciones inconcebibles en aquellos momentos. El hecho de que todas ellas quedaron recogidas en el texto para evitar sorpresas se debió, precisamente, a que alguno, con muy buena intuición, ya sabía cómo nos las gastamos los españoles.

Decir que el momento político que atravesamos es delicado es tener los pies en el suelo, y no por ser catastrofistas, como algunos pretenden calificarlo. Lo anormal es no querer ver la realidad y, mucho peor, pretender falsificarla bajo una pretendida normalidad. Desde el momento que nuestro aspirante a presidente tiene que escuchar de independentistas y simpatizantes del terrorismo “Sin nosotros, Ud. nunca podrá gobernar”, y el aludido no tenga nada que objetar, nadie debe sorprenderse de lo que venga de ahora en adelante. Tener que escuchar desde la tribuna del Congreso cómo, amparándose en una falsa libertad de expresión, se ofende a la Monarquía, a los CFSE y a todo el que se proclame partidario de nuestra Constitución, sin que se tome ninguna medida reparadora, sólo se puede contemplar en nuestra querida España.

Ha bastado que comience el debate para el posible -más bien seguro- nombramiento de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, para oír las primeras barbaridades. Para ser honrado, será mejor decir las primeras ¿? mentiras del aspirante. No es suficiente decir que Pedro Sánchez sólo sabe mentir, es preciso vivir aquí para comprobarlo. Cualquier comparación con lo que sucede fuera de nuestras fronteras no resiste el más simple análisis. Hay que tener una ética rayana en la desfachatez para cambiar de criterio en muy pocas horas y pretender que los demás lo veamos como normal. Que el representante de una formación filo-terrorista ofenda al Rey y el aspirante conteste hablando del cambio climático da una idea de lo que nos espera. Antes de que comience la labor del nuevo gobierno, ya estamos comprobando las intenciones que le alientan.

Parece mentira que, ante situación tan peliaguda, haya tanto silencio dentro de las filas de lo que antes fue un partido socialdemócrata. No es posible. Los compañeros que se sientan en las Cámaras no son socialdemócratas, son socialistas a secas.  A juzgar por la docilidad que han mostrado ante la dirección encubierta de Pablo Iglesias, ya tienen más de comunistas que de socialistas. De momento, ya profesan tanto apego al capitalismo como el marqués de Galapagar.

Con las reservas que me merece el ególatra Sánchez -alguien con tanta ambición es capaz de asaltar la ley-, nos queda el consuelo de los artículos 167 y168 de nuestra Constitución. Ese es el candado que colocaron los constituyentes de 1978 y, a juzgar por lo que se nos viene encima, está muy bien puesto. El aspirante a la Moncloa está jugando con fuego y, más pronto que tarde, será fagocitado por su compañero de viaje y, seguro, por el resto de españoles, que se apearán del burro.