Viernes, 14 de agosto de 2020

El vaso de agua

 

Me explico: no voy a llenar la columna de hoy con un vaso de agua cualquiera, sino que me refiero al vaso de agua de la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados. Vaso de cristal, quizá de La Granja o quizá made in China. Agua incolora, inodora e insípida, quizá de marca o quizá del grifo. Pero vaso de agua en bandeja de plata y llevado a destino por ujier uniformado, así que un vaso en alto riesgo de extinción pese a su indudable valor como excusa para dar tiempo a aplaudir a los diputados de la bancada propia o para que el dardo recién lanzado haga diana duradera en los escaños de la rival. Un sorbo breve para no perder el hilo del discurso, o uno más prolongado para retomarlo después de haberlo perdido en folios plagados de medias verdades y mentiras casi enteras. Un compañero vítreo y acuoso en el momento de hablar, más que a los otros diputados, a la nación toda que allí ha decidido descansar su soberanía no para que la subasten sino para que se la cuiden, y que ayuda a recordar que la palabra pronunciada debiera ser más ajustada a la conciencia personal que a la disciplina colectiva, más al bien común que a un interés general casi siempre reducido luego a interés de partido o de territorio (o de esa mezcla entre lo uno y lo otro tan frecuente en España). Porque el vaso de agua a menudo es el más trasparente y el más fluido de los dos habitantes efímeros de la tribuna.

No sería una mala idea que en la estancia donde los ujieres preparan los vasos permitieran aliñar un poco el agua según quien la fuera a beber. Un toque fino, sin más pretensiones que saciar la sed de oratoria brillante, de integridad moral y de inteligencia política en el buen sentido de la expresión que nos tiene la garganta seca a millones de españoles. Que la beban ellos y nos alivie a todos. Y que la beban siempre allí, a la vista, con la luz que pagamos con los impuestos y los taquígrafos que teclean el diario de sesiones, porque últimamente han acordado beberla fuera, en mesas donde el agua tiene olor, donde se enjuagan y la desprecian, donde el cristal es opaco, donde España no está, ni se la espera, ni se la respeta.

Un par de mililitros de algunos remedios eficaces en unos cuantos vasos de agua bien elegidos pueden servir para enderezar ese amasijo de síndromes que tienen postrada en cama, incapaz de subir a la tribuna, a nuestra España que unos tienen por plurinacional y más bien parece pluripatológica. Por ejemplo, cuando suba el presidente Sánchez, aquejado de una rinomegalia creciente secundaria a sus tormentosas relaciones con la verdad (después de haber superado el volátil insomnio que, según confesó, le amenazaba), en su vaso de agua serían de ayuda unas gotas de pudor, de humildad y de prudencia. En menores cantidades a todos les vendrían bien, pero dosis de choque, para él únicamente, que lo de tratar a todos exactamente igual es de malos médicos. Como la tribuna de oradores es menos divertida que la de invitados, seguro que a los abnegados ujieres de “la Casa” no les importaría subir un trago a Vara para tratar su mutismo súbito, a Iceta para calmar su discinesia coreica, o a Page que no quería vaselina y ya ha gastado dos envases el hombre. Mejor el agua. Más sana. No escatimen, señorías. Bebamos pues.