Lunes, 27 de enero de 2020

La Navidad y los Reyes de antaño

 

Me colé en la cocina de la señora Mª Francisca. Repasaba con su nieta las primeras letras de la cartilla, sentadas al rescoldo de la lumbre. No se percató de mi presencia por eso de su sordera centenaria;  la tuvo que dar su nieta con el codo, me miró con cierta sonrisa y me empujó una silla. Se apartó el pañuelo de la cabeza a un lado, como haciendo hueco al oído para captar mis palabras, aunque leía mejor en mis labios. Llegaba aterido de frío, que ella me quiso tamar avivando el rescoldo escondido bajo la ceniza. A pesar de sus cien años, se mantenía lucida y, con su buena vista, mantenía firme su eterna afición a la lectura. Hablamos de muchas cosas, y rescatamos muchos recuerdos afincados de una vecindad sempiterna de años. Como la Navidad se acercaba a fuer de calendario,  nos centramos en el tema navideño. La señora Mª Francisca la Lorenzana me habló del plato típico de la Navidad macoterana de entonces. El cabrito no faltaba nunca en casa del rico o el arroz con pescado, mucho pescado. Recuerda al tío “Antón” y a Alonso el Alto, cómo, en las vísperas de Navidad, con los lechales al hombro, recorrían las calles del pueblo ofreciendo el producto. Cada corderillo costaba diez reales. Los más pobres acudían a casa de los carniceros a comprar rabos de cordero, que estaban muy buenos con patatas; los había aún más necesitados, que cambiaban las mondajas de las patatas para las caballerías, por pedazos de pan. Me cuenta de una familia que marchó a América, que solía traer a su casa las mondajas y, a cambio, le colocaban sobre la mesa unos rescaños de pan y, de alegría y agradecimiento, bailaba en torno a la mesa, como si de un dios del bien se tratase.

El postre solía ser el tradicional: higos, castañas, nueces y turrón. Turrón de La Alberca. “Los domingos anteriores a Navidad venían las turroneras de La Alberca; colocaban sus puestos en la plaza, y recorrían todo el pueblo ofreciendo el empalagoso manjar. Se cocían muchos peroles de castañas y, cuando éramos pequeñas, jugábamos a ver quién cogía más castañas con el puño. Después de cenar, los mayores jugaban a las cartas u organizaban un baile; en este caso, se tocaba la badila, el almirez y la botella, y a bailar todo el mundo hasta la hora de la “misa del gallo”.

Salió en la conversación el día de Reyes. “Ahí enfrente, había una piedra que sobresalía de la pared de la cocina; sobre esa piedra, poníamos los zapatos. No existían juguetes. Nos metían en los zapatos alguna perra, higos, castañas y un cacho de turrón. Nos despertábamos tan contentas”. Ella sí creía en los Reyes Magos. Lo que sí recuerda con nostalgia era la gran amistad que existía entre los vecinos.

La Navidad no es más que eso: un nacer, cada año, al amor, al acercamiento entre las gentes y al entendimiento de los pueblos. Todos añoramos, esos días, un rescaño de paz al amparo del morillo.