Viernes, 14 de agosto de 2020

Una vida más sobria

Uno de los temas más candentes, no solo en el presente en que vivimos, sino que lo será también en nuestro futuro inmediato (si es que llegamos a tenerlo), es el del calentamiento global de nuestro planeta, el del cambio climático y otros nombres por el estilo que se le dan.

            Es un tema crucial para todos los seres humanos, porque sin un planeta vivo no hay vida posible para ninguna de las especies. Hay una dinámica ciega, pero interesada, debido a intereses de muchos tipos, que adopta una militante y publicitada vía negacionista de todos los males medioambientales que se están produciendo, que, en estos días tiene a la presidenta de la comunidad autónoma de Madrid como uno de sus voceros; dentro de esa moda de las noticias mentirosas e interesadas, tan de actualidad, conocida con un anglicismo que evitamos.

            Sin embargo, los científicos, los que elaboran estadísticas, los sanitarios y otros diversos técnicos… de todo el mundo, en sus informes y estadísticas, nos alertan de los desastres que ocurren al planeta y al clima.

            Los ejemplos de los desastres que padece nuestro planeta son múltiples y van desde los huracanes del Atlántico, hasta los fuegos (estos interesados, para la desforestación) de la Amazonía, o también de California o de Australia, pasando por los desastres ecológicos del devastado Mar Menor murciano… y otros por el estilo, que están en la mente de todos.

            Sin embargo, apenas se hace nada; solamente, gestos, proclamas y poco más. Los estados adoptan ante tal problema una actitud tibia, cuando no fría e incluso calculadamente hostil. Al igual que las grandes empresas y consorcios de todo tipo.

            Pero ¿y los ciudadanos, qué hacemos? De boquilla, mucho; muy poco, en la práctica. Reflexionemos sobre nuestros modos de vida y nuestros hábitos. ¿Son sostenibles? ¿Es sostenible derrochar agua por el grifo o la ducha, cuando nos aseamos? ¿Es sostenible el gasto eléctrico que realizamos? ¿Es sostenible el derroche de calefacción, para estar con ropa ligera en casa, cuando no con las ventanas abiertas? ¿Es sostenible la ropa que compramos de continuo y a la que damos tan pocos usos? ¿Es sostenible la cantidad tan escandalosa de alimentos que despilfarramos y que terminan en la basura? ¿Son sostenibles los miles y miles de viajes en avión, para un consumo turístico de la tierra, cuando muchos de los que los realizan terminan no sabiendo ni qué han visto?

            Y, así, podemos hacer las preguntas que queramos; serían miles. Y es que, si rascamos en lo profundo de cada uno, llegaríamos a la conclusión de que muy pocos, muy pocos, están dispuestos a apearse de este modo de vida basado en el consumo, en el derroche y en el despilfarro que llevamos.

            Esto sí que lo podemos hacer. Esto sí que depende de nosotros. Porque lo cómodo –que es lo que hacemos– es echar balones fuera, y cargar la responsabilidad en los estados, en las corporaciones, en las instituciones…, cuando nosotros no movemos ni un dedo.

            Uno de los elementos –estamos convencidos que decisivos– para revertir esta situación, que nos aboca a la catástrofe, es que nos planteemos que una de las soluciones pasa por adoptar modos de vida más sobrios.

            Nos sentiríamos mejor y más humanamente realizados.