Miércoles, 26 de febrero de 2020
Las Arribes al día

Tito Guerra, siempre torero (DEP)

Nacido en la villa zamorana de La Bóveda de Toro el 21 de agosto de 1946, Augusto Ares Guerra formó parte de infinidad de carteles, primero de novillero y más tarde de banderillero

Su nombre de registro era el de Augusto Ares Guerra, nacido en la villa zamorana de La Bóveda de Toro el 21 de agosto de 1946, pero todo el mundo lo conocía por Tito Guerra. Anunciado como Tito Guerra formó parte de infinidad de carteles, primero de novillero y más tarde de banderillero, donde fue parte integrante de una destacada época del toreo charro en particular y castellano en general.

Su vida giró siempre alrededor del toro. Y ya no tuvo más ilusión desde que, siendo un niño, se quedó cautivado por aquella tropa de maletillas que llegaban siempre a La Bóveda de Toro, su pueblo, por las fiestas de Nuestra Señora de los Nieves. Aquella pintoresca tropa compuesta por El Poto, El Maño, Regeara, El Velas, Conrado puñales o Arturo, este último un tuerto de Ciudad Rodrigo que había sido ayuda de Joselito y como era marmolista en víspera del día de Los Santos se iba a tallar los mármoles en las tumbas de los muertos De todos fue El Poto el de más valor y el primero que bajaba siempre a torear. Aquella tropa de la que quedó cautivado Tito Guerra, tiempo después, dio paso a otros toreros en los que se fijó y tuvo claro que él también sería uno de ellos. Estos últimos que fueron habituales en las capeas eran El Nono y Marcial Villasante, ambos de Villalpando. Tiempo después El Nono, con el nombre artístico de Andrés Vázquez fue figura del toreo y Marcial, cuando colgó el traje toreo, un reputado empresario taurino que organizó infinidad de festejos e incluso, en alguna ocasión, fue socio de Tito Guerra.

Con el toreo metido en vena y toda la ilusión viva por ser torero, Tito Guerra dejó su pueblo de La Bóveda de Toro y se marcha a Zamora donde Manuel Martínez Molinero ha montado una Escuela de Tauromaquia y en ella aprenden a ser toreros varios chavales llegados de toda le región, entre ellos Pascual Mezquita, El Regio o Josele, quienes después serían matadores de toros. Allí pronto hace íntima amistad con Fernando Domínguez, con quien frecuenta los tentaderos del Campo Charro y también infinidad de capeas, instalándose ya en Salamanca, porque la capital del Tormes era el lugar ideal para abrirse camino y donde invernaban la mayoría de los profesionales, desde la figura de postín hasta el más humilde de los maletillas. Ya en Salamanca torean donde los contratan durante los meses de verano, viendo también cómo el tren de la alternativa se aleja, poco tiempo después, al ver que su momento ha pasado y Salamanca vive con pasión cómo El Viti ya es una leyenda, El Niño de la Capea convertido en figura y Julio Robles en un torero tan esperado, deciden hacerse banderilleros en un paso muy acertado.

Entonces en Salamanca estaban en activo Adolfo Lafuente, mientras que su hermano Victoriano Lafuente ya había colgado los trastos; Arturo, el de la huerta, que toreaba en todos los festejos; José Luis Barrero,  en el grupo especial al formar parte de la cuadrilla del Niño de la Capea; Flores Blázquez, Rubén de Dios, aunque establecido en Madrid, Faustino Delgado El Tino, Pepe ‘El Güevero’, Jesús Ramos…

En la faceta de banderillero fue sobrio con el capote y durante años no le faltaron contratos. Toreó con Juan José, con Víctor Manuel Martín y suelto con la casi totalidad de los toreros charro y de ese cogollo castellano. También fue habitual en muchos festejos domingueros de Las Ventas y en los programados por la Escuela de Tauromaquia de Salamanca. Por entonces fue muy especial para él la irrupción de su sobrino Julián Guerra, a quien aconsejó en sus primeros pasos y también apoderó, siendo su auténtica debilidad. Después, cuando ya las fuerzas empezaron a menguar y se multiplicaron los banderilleros, echó unas buenas temporadas de peón de brega a las órdenes de deferentes rejoneadores, donde llegó a ser muy demandado y respetado por los profesionales del caballo. Poco después, una grave lesión de rodilla precipito su retirada y ya no volvió a torear.

Hombre locuaz, recio de carácter y que decía las cosas según las pensaba, siempre vivió por y para el toro, siendo admirador de Santiago Martín El Viti y de su paisano Andrés Vázquez, manteniendo viva la afición hasta que una enfermedad lo imposibilitó para salir a la calle. Entonces, en su casa recibía la visita de los amigos, de Flores Blázquez, de Pascual Mezquita, de Adolfo Lafuente, de Pallín, de su sobrino Julián y de tantos compañeros con quienes compartió cartel y amistad hasta el último momento.

Vaya desde aquí el recuerdo a este torero que se ha ido y que además siempre fue un buen amigo tras compartir tantas vivencias.