Lunes, 27 de enero de 2020

Una manera de ver las cosas

Y nos amanece un nuevo año, que no es poco. Un año con un curioso número y demás bisiesto.

Una creencia muy extendida es que estos años no son buenos, tal vez por eso una amplia variedad de los dichos y referanes populares se referir a ellos como de mal agüero: “Año bisiesto año siniestro”,“Año bisiesto, ni viña ni huerto”, “Año bisiesto hambre en el cesto”. Además se relaciona con acontecimiento negativos como el inicio de la guerra civil española, el humdimiento del Titánic, el asesinato de de Gandhi o Martin Luther King, pero en realidad nada justifica esta creencia.

El hecho de que los llamemos “bisiestos” se lo debemos a Julio César, que decidió hacer algunos reajustes para actualizar el calendario romano muy desfasado con relación al egipcio más exacto.

Lo primero que hizo el buen emperador para compensar el retraso acumulado durante años, fue alargar extraordinariamente el año 46 a.C. convirtiéndolo en el más largo de la historia, pues duró nada menos que 445 días y después comenzar de cero (no se sabe nada de cómo quedaron los temas de vacaciones, trienios, convenios y ese tipo de cosas) Después, incluyo tras el 23 de febrero, por entonces último día del mes, un segundo día 23 que se antepuso al sexto día antes de las calendas de marzo, por lo que el mes paso a tener dos días sextos (bi-sextus). Siglos más tarde, en 1582, el Papa Gregorio XIII, para subsanar el desfase observado por sus astrónomos, ordenó que al jueves 4 de octubre no le siguiera el 5, como sería natural, sino el 15, eliminado 11 días de un santo plumazo.

Por tanto, que hoy tengamos años bisiestos sólo es por caprichos de emperadores, papa y astrónomos y nada tiene que ver con la buena o mala suerte, por la sencilla razón de que la suerte no existe ya que al igual que el tiempo, son creaciones humanas para ordenar nuestras vidas o para descargar nuestras malas decisiones y poder gritar: ¡Qué mala suerte!

En un par de días, se celebrará el Sorteo del Niño, en el que muchos participaremos con ilusión (sobre todo si no pillamos nada en el de Navidad) y lo haremos con el consuelo de que, según los expertos, está más repartido.

Y es que en realidad “suerte” no es más que un término acordado para designar nuestra incapacidad de poder controlar todas las variables que concurren en un determinado hecho. Si fuera  posible conocer la presión, la temperatura, la humedad, el peso de la bola, la velocidad de giro y el rozamiento de bombo, la contaminación ambiental, la posible influencia de las mareas o corrientes electromagnéticas próximas al lugar del sorteo, y unos cientos de cosas más en el momento del sorteo, podríamos saber a ciencia cierta el número ganador, pero al no ser así, lo llamamos suerte.

En 2020 se producirán hechos negativos pero, seguro que morirá menos gente en las carreteras de la que llegará sin mayores problemas a su destino; muchas más personas vencerán el cáncer y otras enfermedades gracias a la ciencia de las que fallecerán por estas causas, serán más los que podrán convivir pacíficamente que los que sufran atentados terroristas; más los que sigan con vida que los asesinados; más las mujeres que puedan divertirse y llegar a casa felices que las que sufran violación o abusos; más los que luchen por la paz que los que quieren romperla, serán más los transatlánticos que llegarán a puerto sin novedad que los que naufragarán y también serán más los lugares de la tierra donde llueva plácidamente que aquellos que sufran terremotos, inundaciones o ciclo-génesis explosivas. Todo esto será así aunque los medios de comunicación nos informarán poco sobre ello. Y es que como bien escribió Alejandro Dumas: La vida es fascinante, sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas. Y si no lo ve así usted para el año próximo háganselo mirar y será más feliz.

En cualquier caso, yo quiero desearles muy buena suerte para este comienzo de década curioso en su numeración y algo desdichado en nuestra forma de juzgarlo. Séneca afirmaba que “La suerte es lo que sucede cuando la preparación se encuentra con la oportunidad.” Las oportunidades siempre aparecen, no por suerte, pero es necesario añadir por nuestra parte preparación y sabiduría. Así que será bueno recordar lo que decía sobre esta última el ensayista y novelista francés Marcel Proust: La sabiduría no se transmite, es menester que la descubra uno mismo después de un recorrido que nadie puede hacer en nuestro lugar y que nadie puede evitarnos, porque la sabiduría es una manera de ver las cosas[1]. Feliz 2020 y no dejen demasiadas cosas en manos de la suerte, mejor apuesten por la sabiduría.

 

[1] A la sombra de las muchachas en flor. En busca del tiempo perdido.