Lunes, 27 de enero de 2020

¡Somos libres!

Le ha dado al magín. No sé Quién le ha dado al magín en León y mis hijos han vuelto a la infancia. La moción aprobada en el ayuntamiento del país vecino me recuerda a los felices veranos, cuando la familia volvía a la vieja tierra y en el camino te asaltaban las encinas de Juan Morano pintadas con la leyenda " País Leonés". Ahora que mis niños son padres,  palidece la leyenda de Morano. Pero ha salido NoSé Quién y nos ha mandado un recado: que zamoranos y salmantinos nos sumemos a la causa y pidamos la independencia. No sé qué pensarán mis paisanos, sobre todo el verraco.

A ver: que esto de divorciarse ahora parece muy natural, pero aquella tarde de junio de 1981 a Fernández Ordóñez, ministro de UCD, le costó un huevo. Qué ferocidad de las derechas y de la iglesia católica, y eso que Rouco Varela entonces no pasaba de párroco. Le derecha española, cuando no tiene el poder, es muy propensa a la cólera. Y la iglesia católica, acostumbrada a mandar en todo hasta entones, ni te cuento.

Pero la ley del divorcio salió adelante, pese a la sublime oratoria contraria de Miguel Herrero de Miñón, tan lúcido y equilibrado siempre (ya no quedan políticos de derechas como él) y el país oficial se acomodó con naturalidad al país real, que era el objetivo de Adolfo Suárez.

Porque no se trataba de divorciarse por obligación sino de solucionar legalmente los problemas de pareja que originaban los desamores. Eso lo entendió luego enseguida la derecha española, mira. Porque los que más se divorciaron fueron ellos. Tenemos un ejemplar como Álvarez Cascos, un pitbull de la derecha que va por el tercer o cuarto divorcio. Lo digo con todo respeto, pero como ilustración de la diferencia que hay entre en Congreso de Diputados y la calle o la casa familiar.

Cuando aquel vocerío derechón y eclesiástico, con manifestaciones públicas y autocares que venían a Madrid no a ver los Coros y Danzas de la Sección Femenina en el Bernabéu sino a protestar contra Suárez, yo recordé que esa misma mentalidad se había vivido en 1932 cuando en aquella ley de divorcio los anarquistas incorporaban el concepto de amor libre. Todos los trovadores de la derecha junto a los clérigos del medievo -más medievales los políticos, si me apuras- interpretaron esa libertad (¿pero es que se puede amar de otra forma?) como una orgía de mujeres y hombres copulando en todos los rincones de las ciudades.

Bueno, que me voy de cacho. Que NoSeQuién quiere que nos divorciemos del resto y declaremos la independencia es la mayor mamarrachada que yo he oído en mucho tiempo. Además, yo soy fiel a mí mismo. De cortas luces pero no me salgo de mis entendederas. Así que si a mis hermanos catalanes les digo una y otra vez que están equivocados y van en sentido contrario a la Historia ¿cómo voy yo a seguir su camino? Dejando aparte cosas personales como el gusto por el masoquismo, como Rimbaud.

El camino. Mire usted NoSéQuién, el camino que nos propone es que volvamos al 910, después de Cristo, eso sí. Entonces estábamos juntos asturianos descolgados de las altas montañas que huían de la Orquesta Topolino, portugueses y castellanos porque no habían nacido Portugal y Castilla (lo harían más de 100 años después) y casi todo lo demás era Al Andalus.

Me niego, conmigo no cuente. No quiero volver al 910 porque entonces no existían la penicilina, Rosalía, google, la viagra, las ventas por correspondencia, los aviones que te traen en invierno cerezas del Perú, las noches musicales, el ping pong, el farinato, y otras cosas imprescindibles.

Lo que sí había era el derecho de pernada. Y si mañana me caso, ¿el rey del Reino de León se va a llevar a mi paloma a su cama hasta que se canse?

Amos, anda. Prefiero el yugo de esa España que me roba a dejar en sus manos de funambulista con ocurrencias mi libertad de pensar, hacer y decir lo que me sale de las criadillas. Exactamente como usted, sólo que lo suyo es de Mihura.

Lo que sí le pido a los que nos mandan en Salamanca es que muevan el culo y no paren hasta convertir a la ciudad en la capital cultural de la Meseta. Que no nos basta con los que abarrotan los fines de semana y luego se van a sus asuntos. Para eso les pagamos y no para que se dejen llevar de la versión leonesa de otros puigdemones.