Viernes, 24 de enero de 2020

La Caridad política (y 3...de momento)

     Ignoro si el año nuevo nos traerá Gobierno nuevo o si se perpetuará la fórmula de “Gobierno en funciones” de Elección en Elección, lo que sería muy similar al bloqueo que han sufrido en Italia o en Bélgica durante lustros. Sea como fuere hay nubarrones en el horizonte que vienen desde el Norte y desde el Noreste, Vascongadas y Cataluña, o por mejor decir, separatistas catalanes y vascos y sus advenedizos de conveniencia, defensores del derecho a decidir y de la España plurinacional, cuya última manifestación, bien que colateral, ha sido el pronunciamiento del Ayuntamiento de León –Unión del Pueblo Leonés, más Podemos, más PSOE- a favor de la creación de una nueva Comunidad autónoma de León, que abarcaría León, Zamora y Salamanca, sin contar, de momento, ni con salmantinos ni con zamoranos…ni con bercianos, que “Ponferrada también existe”.

 

     Esta situación de prolongada indefinición política, querida por los votantes y remachada por los partidos, supone un grave riesgo para la democracia y para el bienestar de todos pues, aunque la economía sigue funcionando sin contar con los políticos, porque no hay manera de que se pongan de acuerdo, y aunque el sistema constitucional está firmemente asentado, no es eterno, sobre todo si le vamos poniendo continuamente palos en la rueda. Algunos de estos “palos” son la politización de la Justicia, acordada por PSOE y PP hace muchos años y nunca corregida y la tendencia continua del Poder Ejecutivo a manipular las instituciones en favor de los partidos que gobiernan, o van a gobernar…en funciones…por ejemplo, la Abogacía del Estado.

     Nuestra Constitución no es perfecta, como ninguna lo es, pero surgió de un acuerdo muy mayoritario de toda la ciudadanía española, muy especialmente la catalana, con la única excepción, si no recuerdo mal, de los vascos, cuyo voto pudo estar condicionado muy de cerca por la violencia terrorista que llevaba actuando, no solo en Vascongadas, pero sobre todo en Vascongadas, más de 10 años.

     Llegamos a ese acuerdo porque la mayoría de los que, a partir del 6 de diciembre de 1978, íbamos a ser ciudadanos españoles teníamos claro que no se podía volver a repetir la Guerra Incivil. Las Cortes Constituyentes y los votantes en el Referéndum para la Aprobación de la Constitución, alumbramos una Constitución claramente democrática. Pero un país democrático necesita que la mayoría de sus ciudadanos sean demócratas. ¿De dónde salieron –salimos- todos esos demócratas, siendo así que España venía de la experiencia traumática de una Guerra Civil, precedida de una República llena de republicanos, pero desgraciadamente muy escasa de demócratas?

     Los españoles nos formamos como demócratas como pudimos, muchos en la clandestinidad, otros dialogando con los turistas que iban poblando nuestras costas, varios millones por el contacto con las democracias occidentales donde se vieron obligados a emigrar. Estoy pensando en personas concretas que trabajaron en Alemania, en Francia, en Suiza, en Suecia, en el Reino Unido, en Estados Unidos y en muchos países latinoamericanos, especialmente en Argentina y en Venezuela -¡Quién lo diría!-.

     Muchos de los que no emigraron, o pudieron viajar poco, comenzaron a tener contacto con los valores democráticos en algunos oasis ideológicos que pudieron sobrevivir en medio del desierto de la dictadura o de la posterior dictablanda franquistas. En concreto, la Iglesia ofreció, a partir de los derechos de reunión y de asociación, dentro de la Iglesia, que muy restrictivamente reconocía el Concordato de 1953, posibilidades de formación política en los valores democráticos. San Pablo VI fue un reconocido demócrata y un gran impulsor de la democracia en España; no tuvo más que seguir la estela del espíritu del Concilio Vaticano II, tanto en la gran Constitución Dogmática sobre la Iglesia, como en la más Pastoral de la Gaudium et Spes.

     Pero ya antes del Concilio Vaticano II –finalizado en 1965- y en los años posteriores, hasta la firma de los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, muchos cientos de miles de cristianos laicos españoles se formaron políticamente mediante el método de Ver, Juzgar y Actuar en los equipos de Revisión de Vida que se practicaba en las diversas ramas de la Acción Católica. En Salamanca creo que esta parte de nuestra historia está por escribir, pero muchos líderes sindicales surgieron de la JOC (Juventud Obrera Católica) y de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), o de la Vanguardia Obrera Juvenil en la Parroquia del Milagro; en una ciudad universitaria como la nuestra, la JEC (Juventud Estudiante Católica) y la JEC-Media (alumnos de Bachillerato) pusieron patas arriba la Universidad. Las parroquias también jugaron un papel importante como impulsoras del movimiento vecinal y mediante iniciativas muy importantes de alfabetización, como los Centros de Adultos de Jesús Obrero en Pizarrales o Santo Tomás de Villanueva en Garrido y otras iniciativas quizá menos estructuradas en Chamberí, en El Rollo y en Puente Ladrillo. Conozco menos su historia interna, pero también jugaron su papel los Cursillos de Cristiandad, el Acies Christi (“Avelinos”) y el Opus Dei. Los militantes de la Acción Católica Nacional de Propagandistas del que fue Cardenal Herrera Oria creo que tuvieron menos papel en Salamanca, pero muchos profesores se habían fundado en su seno, sobre todo en el CEU-San Pablo de Madrid.

     Muchos jóvenes que completaron su formación y su compromiso políticos en todas esas instituciones y asociaciones, habían comenzado su formación democrática, desde niños, en el Movimiento Scout Católico, que volvió a funcionar en Salamanca a partir de 1962 en torno al Colegio Calasanz y al Colegio Mayor “Padre Scio” de los PP. Escolapios, cuyos estudiantes de Teología habían practicado el Escultismo en Cataluña, Aragón, País Vasco y Madrid, y pusieron en marcha una Exposición Internacional Scout que atrajo a cientos de estudiantes de ambas Universidades salmantinas.

     Una última referencia, para mí importante, aunque puede que, hoy en día, para muchos desconocida: en todos los Seminarios y en la Universidad Pontificia se estudiaba con pasión la Doctrina Social de la Iglesia. Y la Doctrina Social de la Iglesia, reflejada en los textos del Concilio Vaticano II y en las Encíclicas de los Papas, desde la Rerum Novarum de León XIII hasta Laudato Si de Francisco, apuesta con toda claridad por la libertad, la democracia y los derechos humanos. Solo un detalle: durante quince días compartí mi habitación del Seminario con un líder estudiantil al que buscaba afanosamente la Policía, la Brigada Político-Social en concreto; naturalmente, con conocimiento del rector del Seminario. Y yo mismo contribuí modestamente a liderar el movimiento estudiantil que reclamaba democracia en los últimos años sesenta y primeros setenta del Siglo pasado.

     He omitido muchos detalles por razón de brevedad. No soy historiador, ni tengo tiempo de aprender a serlo; alguien debería explorar estos recodos de nuestra historia reciente.