Lunes, 27 de enero de 2020

Un rincón al sol

Ha caído una helada que lo ha dejado todo cubierto de la nieve que se funde al sol en las estribaciones de Gredos y es este frío salmantino –el que definía Carmen Martín Gaite tan bien en sus renglones entre visillos- estimulante y punzante como lo son a veces los cambios y las sorpresas. Días de frío para olvidar las lluvias, las nieblas y los vientos que no fueron de cambio, sino de árboles que caen con ese sonido sordo, insospechado, terrible con el que nos dan las malas noticias.

Estoy en el espacio sorprendente e inesperado de la desdicha y las estribaciones del cementerio provinciano tienen también esa escarcha de los días que no saben de celebraciones. Mi amigo y su perro siguen a la intemperie “Aquí me tienes, como una papelera” y las miserias cotidianas siguen su curso mientras la San Silvestre explota de sol y gente. Son tiempos en los que cabe el encuentro y la muerte, el cansancio y el presente envuelto en la feliz envoltura del papel de regalo, siempre crujiente, siempre terso. Rasgar la felicidad con un arañazo, ser el recipiente de las desdichas y de las alegrías con las que hacemos el recuento de un año que se agota, pábilo de una vela de la que nada queda.

Sale el sol y mis sobrinos se lanzan a la calle con esas ganas estrenadas que no saben de renuncias, comidas por hacer, ni cuentas que pagar. Ellos solo tienen pendiente la alegría y viven el presente con agotadora contundencia. Hace frío pero es el sol la caricia del que arroja gorros, bufandas y guantes a su paso por la esquina no umbría. Ellos no saben de fechas ni de celebraciones, no cargan con el peso de la compra ni con la obligación de los fastos. Ellos son, nosotros repetimos los gestos de un ritual cada vez más desgastado. Racimos de días que culminan con unos zapatos recién lustrados al lado de la ventana. Vienen los reyes.

Hay en el ritual un consuelo al que me abrazo cada año más desnuda de todo compromiso. Un ritual de afecto que brinda con agua y llena de pollo el plato navideño. Me voy a la cama cuando acaba la parodia de Mota, me levanto temprano y me tomo el tercer café con el concierto de Año Nuevo. La calle vacía tiene un apresto de ropa nueva, de propósito cumplido. Ya no hago recuentos ni formulo deseos. Solo quiero seguir dando puntadas, hilvanando los días, empecinada y constante, tenaz como lo ha sido la lluvia en este otoño resbaladizo.

Ahora hiela y el sol acaricia las calles donde brillan los diamantes de sal que esparce un ayuntamiento al que le crecen las malas hierbas en los pequeños jardines de los barrios. Los perros juegan en el descampado y se abre el semáforo con la misma constancia densa con la que pasan las tardes que acabo en casa de mis padres donde el calor nunca es suficiente. Hay algo consolador en los rituales, algo que te abriga el corazón en los tiempos de la intemperie. Algo que en el más crudo de los inviernos amanece luminoso como una eterna primavera… y mis sobrinos, libres de toda perturbación, salen al sol como cachorros felices.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.