Martes, 25 de febrero de 2020

Navidad, Navidad

La fiesta de la Navidad pone en el centro a Jesucristo como verdadero sol de justicia

Este título alude al comienzo del estribillo de una canción bien conocida y continuamente repetida en estos días de Navidad. Pero ¿de qué Navidad estamos hablando? Nos encontramos en un mundo marcadamente plural, y cada uno lo vive y lo expresa a su manera según sus creencias o sus diversas circunstancias culturales.

Para algunos es el tiempo más hermoso de todo el año, mientras que otros no quieren saber nada de las manifestaciones tradicionales de este aún notable y señalado tiempo. Difícil hacer convivir estas dos contradictorias formas de vivir la Navidad, incluso dentro de la misma familia.

Quizá los mayores todavía recuerdan y añoran lo que eran estas fiestas en tiempos pasados. Los más jóvenes ya no entienden la Navidad más que como unas fiestas de fin de trimestre que nos proporcionan unas apetecibles vacaciones. Un simple cambio entre dos estaciones del año, el paso del otoño al invierno. Del sentido religioso de estas fiestas no tienen ni idea y, si les llega algo, quizá hasta prefieren no conocerlo, se trata de prácticas trasnochadas de sus padres, o quizá simplemente de los curas. ¿Villancicos? ¿Belenes? ¿Qué es eso?

Incluso para muchos de los mayores estas fiestas son solamente un cambio de año, en el que la gente se desea salud y felicidad para el año nuevo. Y en el que se goza de algún tiempo de descanso o de vacaciones, que se aprovechan para ir a la playa, a la montaña, a alguna casa rural o al extranjero.

Ya ni siquiera saben, o no recuerdan, que los antiguos pueblos, como los romanos, lo que celebraban en estos días era el comienzo de un tiempo en el que los días empiezan a crecer y nos ofrecen la posibilidad de vivir un tiempo nuevo. Y, con esta ocasión, ellos hacían fiestas dedicadas a sus propios dioses paganos.

El cristianismo, recibiendo estas tradiciones, que eran contrarias a sus creencias cristianas, trató de cristianizarlas y, para eso, introdujo la fiesta de la Navidad poniendo en el centro a Jesucristo como verdadero sol de justicia, que nos traía y nos ofrecía un tiempo nuevo de salvación y de gracia.

El nacimiento de Jesucristo había sido ya predicho por los profetas. En los últimos tiempos llegaría un profeta, un Salvador, un Mesías. Incluso habían predicho que nacería en Belén por ser descendiente del Rey David, el mayor de los reyes de Israel.

También se había dicho que el salvador nacería de una virgen, que los cristianos identificamos hoy con la Virgen María. Y que esta virgen le pondría por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

De hecho, cuando llegó el tiempo en el que había de venir el deseado de los pueblos, un ángel mensajero, Gabriel, invitó a María a aceptar ser madre de Dios. Y le dice que habrá de ponerle por nombre “Jesús” que, si bien es un Dios con nosotros, ese Dios con nosotros es el salvador de todos, que eso es lo que significa Jesús.

Lo anunciado se cumplió finalmente en la época de paz del gobierno del emperador Augusto, que mandó hacer un censo mediante un empadronamiento de cada persona o familia en su ciudad de origen. En el caso de Jesús, José, el descendiente de David, acudió con María, su mujer, a la ciudad de David, Belén. Ella estaba encinta, y le llegó la hora de dar a luz cuando acudió a Belén a cumplir la obligación de someterse al censo del emperador romano.

Se sabe por la narración de los evangelios que, una vez nacido el Niño, acudieron a dar la enhorabuena a José y María, unos pastores que cuidaban sus rebaños en los campos de Belén. Y que lo reconocieron como el Mesías esperado. Más tarde llegarían también unos reyes o magos a ofrecerle sus regalos y manifestarle su pleitesía como rey de reyes.

Y aunque al principio los cristianos tuvieron más en cuenta los milagros y la predicación de Jesús, y sobre todo los sufrimientos y la muerte de este Mesías, así como la Resurrección, con la que triunfó sobre la muerte y los pecados y males de los hombres, finalmente terminaron por fijarse también en los hechos de su encarnación en el seno de la Virgen María y de su nacimiento o Natividad, es decir, la Navidad.

Esto es lo que tradicionalmente se viene celebrando por los creyentes acerca del valor y sentido de estos acontecimientos. La llegada del Mesías traía consigo un tiempo nuevo y, como tal, suponía la vivencia de una gran alegría para todos. Y eso es lo que se renueva cada año y lo que celebramos con la liturgia de la Navidad, que puede celebrarse incluso con tres misas en ese mismo día: la misa de los pastores o del gallo a media noche, la misa del amanecer, y la gran misa solemne del centro del día.

La alegría se expresa incluso con el canto de villancicos, acompañado de panderetas y zambombas, se recogen los hechos del nacimiento en la elaboración del Belén, y las comidas se acompañan de ricos manjares, como los turrones y mazapanes.

En fin, bien está que nos deseemos paz, salud y felicidad, pero sabiendo cuál es el origen y el sentido de todo tipo de felices celebraciones, y con tal de no olvidar lo que ha dado origen a tan señalados acontecimientos: el nacimiento de Dios en forma de un débil, pequeño y pobre niño, fácilmente reconocible y querido como amable infante que es. Se trata de un anticipo de la pasión y muerte, con la cual se le reconoce como salvador de los hombres de todo el mundo, hecho que se celebrará luego en el tiempo de la Semana Santa y de la Pascua.

Que el Santo Niño nos colme de su felicidad y gracia. Feliz Navidad a todos.