Los mapas íntimos de Gloria S. de Castro

Cuando Gloria habla con su interior es como si se desnudara entre los profundos espejos de los arrecifes de coral. Cuando hace una pequeña pila de años nos turnábamos en el pequeño escenario del Savor (¡cuánto echamos de menos esa hura literaria tan a modo!; gracias Salva) recitando nuestras intimidades y refugios sentimentales, yo tenía cierto apego a sus versos mundanos y amorosamente sencillos, siempre enhebrados con un inquietante hilo existencial y en ocasiones una resonancia de queja y abandono. Yo pensaba, qué bonito lo hace y qué blanco y dulce lo dice. Y me enamoré de esa arquitectura suave y mansa de sus versos, ajenos siempre al fraseo de postal y al manoseo típico de verbos y adjetivos.

 Al poco ya no volví a verla. Se fue a Canarias, pero volvió pronto a Dios gracias. Se bajó del columpio poético y se metió de lleno en la novela negra, tiros, detectives, gasters…en fin, nada que ver con los arrecifes de coral.

 Lo último de Gloria es “Las cebollas ya no me hacen llorar”: prosa poética. Y escribe cosas como: “Hay días que llueve bajo la tierra que es lo mismo que bajo la piel”. Y, bueno, ésta es mi Gloria (mejorada). La de aquel Savor de la calle San Justo, la de aquel refugio hecho a medida para nosotros, los indocumentados y los perdidos en los pozos insondables de los teléfonos de la poesía, que comunican con mucha frecuencia y que otras tantas – las más asiduas- hacen tan visibles como imprescindibles nuestros mapas más íntimos, subjetivos y violables.

 En estos días, de resúmenes y nostalgias de un año ido, que es justo cuando se ponen de moda los calendarios, les invito a indagar en esta geografía literaria que nos brinda Gloria P. de Castro. Es un año enterito, día por día, buscando y rebuscando en los cajoncitos en que ordenamos cosas como los calcetines, el otoño o aquel beso del desayuno. Un misterio esta simple y hermosa aventura de vivir.