Viernes, 7 de agosto de 2020

Reparar lo roto

El viento, como en el poema de Garcilaso, mueve, esparce y desordena. Me despeina, me moja, me convierte las ideas en un nudo donde se encuentran las citas, las tareas pendientes, las compras, los regalos, las luces de navidad, las teorías conspiranoicas de mi hija cuando por fin acaba la épica, infinita, fantástica película de Star Wars. 

-Mamá, yo ese final ya me lo sabía.

Mis alumnos corren por el pasillo, las vacaciones de navidad tienen un regusto de nostalgia de histeria glucémica. Servimos chocolate y churros y si alguno intenta repetir, su bigote de barro en la sonrisa cómplice le delata. Cuando todo termina y ya no queda nadie más que los serenos compañeros de la limpieza, brindamos por sobrevivir al diluvio de notas, a la ventolera de padres preocupados, a la burocracia feroz del fin de trimestre. Estadística de suspensos, cuarto y mitad de trabajo que ahora rebota, quieto y vacío, el edificio donde resuenan nuestros pasos. Besos y buenos deseos. Distancia necesaria mientras a mi lado siguen amontonándose los buenos propósitos para las navidades, las cosas que yo haría si me tocase la lotería. 

-Hija, este año vamos a tener una navidad austera.

-Eso significa que Papá Noel sólo me va a traer un libro, vale, líder supremo.

A mi amigo de la calle, aquel que nada tiene y da lo que le falta, le han robado lo poquito que guardaba. Mi navidad austera es un par de noches a cubierto fuera del cajero de Bankia. A su lado, su perro, más sabio y curtido que él me mira con esos ojos infinitos en los que veo el amor de Dios. La tromba de agua nos recuerda a los tres lo duro de la intemperie. La suya es una sonrisa resignada que le mantiene protegido de toda perturbación. Sopla el viento, corre la lluvia y nos refugiamos en ese deseo repetido de salud, de cariño, de encuentro… los niños de la casa juegan con los cubiertos a ser caballeros jedis mientras nosotros nos dividimos el amor de la comida, el fregadero a rebosar de lo compartido. Me vais a tirar el arbolito de navidad, y tú, deja de raptar al pobre niño Jesús Slywalker. Afuera, la lluvia nos lava la cara una y otra vez cuando por fin dejan mi casa.

-Mamá, yo me voy a pasar todas las vacaciones en pijama.

Sentada frente a la taza vacía, la tarde se oscurece detrás de la ventana. Hay algo feliz y febril en este tiempo de encuentro. Hay una energía donde caben todas las celebraciones, todos los dioses, todos los deseos. Y a mi alrededor, el abrazo es cálido, envolvente como el humo de una taza caliente, consoladora… es un niño en el refugio de mi vientre, deportado en su propia tierra, recibido en este mar de espumas y buenos propósitos. Y se alza el consuelo con el viento que no cesa y que ante la Nochebuena se detiene. 

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.