El fútbol que aprendí en mi niñez.

              Por estas fechas navideñas siempre aparecen recuerdos, nostálgicos la mayoría de las veces, te remontas a la niñez sin ni siquiera procurarlo. Por supuesto, eran fechas de partidos de fútbol en la calle, en el patio de las escuelas, utilizando aquellas botas rudimentarias que los Reyes Magos nos traían muy a su pesar. En “Apología del fútbol” publiqué un texto del que sintetizo mis mejores recuerdos autobiográficos futbolísticos: “Cerca de la aceña donde nació El Lazarillo de Tormes, en Tejares, había un edificio conocido por “El Reformatorio”. Tenía un pequeño campo de fútbol, irregular, de tierra, donde jugábamos los del pueblo con los niños allí alojados. Huérfanos, con dificultades familiares, de carácter difícil, en aquel centro hacían de todo con una disciplina estricta, la obediencia era muy considerada. Pero lo que mejor hacían aquellos niños era jugar al fútbol. Con aquel balón sin válvula, cerrado con un cordón prominente de badana que guardaba la vejiga de cerdo conseguida en las matanzas de diciembre. Jugaban aquellos niños con zapatillas de goma, muy livianas, color azul, dominaban con maestría los más de dos kilos de aire y cuero grasiento, un auténtico “albondigón” irregular. 

            “El Comesaña” y “El Didi”, eran dos galácticos de aquel centro, maestros en el arte de durar tocando el balón en el aire. Pero también jugaban al fútbol como los mejores, dos “monstruos” de aquel equipo infantil. ¡Cómo restallaban los golpeos al balón con aquellos pies casi desnudos! Otras veces, los juegos consistían en dirigir el cuero hacia el agujero de una rueda de coche colgada del larguero de la portería, con aquellos toques secos y delicados, donde el pie no rozaba ni siquiera el suelo… ¿Por qué aprenden a jugar al fútbol esos jugadores sin maestros, sin entrenadores, sin medios, jugando casi descalzos? ¿Es la disciplina del reformatorio lo que aporta el rigor y el esfuerzo en las repeticiones de tantos golpeos y partidos jugados? ¿Es por eso que en muchas empresas, en las escuelas, en las familias, o en los equipos de fútbol, todavía se mantiene la antigua premisa de que la letra con sangre entra? ¿Será verdad que la creatividad aparece cuando tienes necesidades no cubiertas?

            Allí aprendía a hacer las paredes, precisamente contra el muro que separaba el campo de fútbol del terraplén de la vía del ferrocarril. En algunos tramos se llenaba de zarzales y las paredes futbolísticas se hacían complejas, aquel juego del “tuya mía; tuya mía…” Igual que nos intercambiábamos los alimentos, así la pelota era de unos y otros en el discurrir del juego. Pero allí no había mercantilismo alguno, aceptábamos la derrota con naturalidad simplemente porque aceptábamos que el contrario era mejor, nos tomábamos el juego como lo que es, una auténtica fiesta. Nuestra aspiración diaria era divertirnos y que los aficionados, nuestros seguidores, estuvieran orgullosos de sus niños los domingos de partido… Quizás un modelo de vida por encima de los métodos utilizados en la actualidad… aquel fútbol optimista me sigue orientando como el viejo faro señala el camino a los barcos perdidos. “Sin sueños, las pérdidas se tornan insoportables, las piedras del camino se convierten en montañas, los fracasos se transforman en golpes fatales. Pero si tienes grandes sueños… tus errores producirán crecimiento, tus desafíos producirán oportunidades, tus miedos producirán coraje. Por eso, mi ardiente deseo es que nunca renuncies a tus sueños”, como dijera Augusto Cury.

            Salamanca, 23. Diciembre.2019.