¡Pobre maestro armero!

En el argot cuartelero, cuando se quería cargar a otro la propia responsabilidad, se solía emplear la muletilla: “Las reclamaciones al maestro armero”. Este dicho tan frecuente en el ámbito castrense ha sido adoptado por toda la sociedad, aunque más de uno ignore lo que hacían los maestros armeros creados en los ejércitos con ocasión de la aparición del fusil.

Cuanto más próxima se presiente la formación de un gobierno “cocinado” entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, más preocupaciones ensombrecen la paz y la tranquilidad de una buena parte de españoles que no están dispuestos a ver cómo se pretende reescribir nuestra historia haciéndolos comulgar con ruedas de molino. 

A base de repetir una y otra vez planteamientos que parten siempre de simples falsedades, se pretende adormecer las conciencias de quienes todavía piensan que a Pedro Sánchez le guía la buena fe o las ganas de solucionar el actual estado de cosas. El adecuado manejo de los medios de comunicación y una desmedida ausencia de escrúpulos han dado suficientes muestras para saber cuál es el plan del doctor Sánchez. Ha llegado a tal grado de desfachatez que se atreve a decir un día lo contrario del anterior sin ruborizarse lo más mínimo. La verdad es que no está teniendo demasiada suerte. El destino le está jugando malas pasadas. Ese renganche en La Moncloa se pone al alcance de la mano y, cuando ya parece tocarlo con los dedos, surge algo que vuelve a alejarlo. Las sucesivas elecciones se la han atragantado, a pesar del empeño puesto por su escudero Tezanos; las cuentas de la lechera se le esfuman de la noche a la mañana; y a los que implora su ayuda lo ponen entre la espada de la ley y la pared de la prevaricación. Ahora me explico mejor lo que quiso dejar claro cuando fusiló su Manual de Resistencia. Sabía lo que le esperaba y quería estar entrenado. Hay que reconocer que resiste como gato panza arriba.

Para que las desgracias no vengan solas, tanto dedicarse a mirar para otro lado cuando los pesados nacionalistas han estado tomándole el pelo ha servido para crear en el exterior una imagen distorsionado de lo que sucede en España. Una vez más, a nuestro gobierno le ha faltado dejar muy clara nuestra condición de estado soberano que ha optado por la democracia, que está dotado de una Constitución a la altura de la que pueda regir las normas de cualquier democracia de nuestro entorno, y que nuestra Justicia merece el mismo respeto que la más independiente del globo. Se ha juzgado impecablemente a unos delincuentes que pretendieron acabar con la unidad de España y, por desgracia, estamos comprobando cómo, desde Bruselas, se dictan resoluciones contra España que nunca se dirigirían a otras naciones europeas, aunque estuvieran en igual situación que nosotros.

Como en tantas otras ocasiones, hemos llegado tarde con nuestra protesta. Que nadie espere de la Unión Europea una rectificación a nuestro favor. Desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa no ha sido capaz de mejorar un solo aspecto de los muchos que componen el bienestar de un país. Mucha gente le ha sugerido la conveniencia de cambiar de rumbo y, unas veces ha dado la callada por respuesta y, otras, ha prometido lo contrario de lo que después llevó a cabo. De nada sirve el verdadero clamor que se alza desde las cuatro esquinas de España. Cuando Pedro Sánchez fracase -que, para nuestra desgracia, fracasará- y alguien se lo eche en cara, responderá despectivamente:¡Las reclamaciones al maestro armero!  Y que le quiten lo “bailao”.