Una Navidad tormentosa

Aunque la tormenta atmosférica haya pasado ya cuando salgan estas líneas, la tormenta política continúa. Por eso es importante analizar desapasionadamente esta “tormenta”, pues en caso contrario es fácil caer en mitos y falsedades sobre la misma, en función de qué tipo de información y cuánta  nos llegue a nuestras cabezas.

La gran mayoría de ciudadanos de nuestro país podemos afirmar con gran acuerdo que la única  tormenta política “aguda” es la de Cataluña y su relación con el Estado español. Otras “tormentas” importantes, por el gran dolor e inquietud que causan en amplios sectores, son la ya antigua tormenta social del alto nivel de paro, la precariedad de empleos con muy bajo salario y seguridad (sobre todo en las generaciones jóvenes), el progresivo deterioro de la salud pública, de la educación, de la ciencia y de la cultura, en el conjunto de nuestro país y las consecuencias del cambio climático.

Todo lo demás, anunciado como “tormenta”, “catástrofe”, cataclismo, etc. son modos infantiles de meter miedo a un sector nada amplio de la población: los que vociferan esta “catástrofe”, la mayoría líderes de la derecha y la ultraderecha, ni siquiera (lo sabemos) ellos mismos se lo creen; simplemente hacen su trabajo. Las tres cuartas partes de la población, que poseen una educación política mínima, también saben que estos catastrofismos son FALSAS ALARMAS dirigidas a ese cuarto aproximado de población, que aún no tiene ni siquiera esos mínimos de formación política para orientarse en la variedad de opciones de nuestro arco político; ese porcentaje al que nunca nadie ha capacitado para decidir, en función de su situación económica o intereses vitales, qué grupo político le puede defender o representar mejor.

Por eso, la mayoría de votantes conservadores no se alarman porque ahora toque un gobierno de izquierdas o centroizquierda: saben que España “no se va a romper” (al menos no más de lo que lo está ya metafóricamente con las diferencias entre autonomías), ni “los perversos comunistas van a nacionalizar todo” o los socialistas van a ahogar a impuestos a las clases más ricas, ayudados por los separatistas y terroristas.

Y los votantes centristas o de izquierdas menos aún se creen esos catastrofismos.

La única “tormenta” que se observa en estas Navidades es la de la ansiedad que produce la larga espera de que  haya un gobierno que gobierne, que el hilo de la madeja de sentencias europeas y españolas sobre el asunto catalán no se enrede más y siga dificultando la marcha de negociaciones para el nuevo gobierno. ¿No creen, amigos lectores, que estas coincidencias de fechas en temas tan distintos como la formación de un nuevo gobierno, la situación de los presos catalanes aún encarcelados o huidos, las negociaciones para unos futuros diálogos entre el gobierno catalán  y el español, parecen ser manipuladas por algún diablo apasionado por liar todo, y que detesta la paz y dulzura navideña?

La única solución a tanta “tormenta catastrófica” es no ir cargados con los paraguas cuando luce el sol, ni ir con abrigos de piel con 12 grados de temperatura, ni estar amargados con lo “peligroso” para la salud que es comer turrones, ni ver o meterse en batallas pueriles de malos y buenos, sabiendo que la especie humana, entre “tantos defectos de fabricación” tiene uno que es uno de los más destructivos: el estar seguros de que ¡“los buenos siempre somos nosotros y los malos ellos”!