Jueves, 13 de agosto de 2020

De modas e industria textil, aún

No pensaba volver sobre el tema, pero dos comentarios a mi última columna me animan. Uno me invita a abordar más en serio "lo que hay detrás de la industria textil, dónde se hace y en qué condiciones, las subcontratas....". Y, ¿cómo olvidar eso?

En el siglo XIX esa manufactura abrió las puertas al capitalismo industrial moderno y multiplicó el comercio internacional, a la vez que afianzó la explotación general de las clases trabajadoras, masivamente desplazadas del campo a la ciudad a consecuencia de la revolución agrícola. Un proceso que explican magistralmente Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra y Marx en el primer libro de El capital.

Las infames condiciones laborales de entonces, hoy, dos siglos después, se repiten en los obradores de la India, Bangla Desh, Vietnam, Centroamérica y otros lugares,  donde miles de operarios trabajan y pernoctan hacinados en un ambiente insalubre y sujeto a periódicos accidentes. (A primeros de este mes un incendio de madrugada en una fábrica de Delhi costó la vida a 43 personas al menos, hiriendo a otras 74).

Las transnacionales del textil, calzado y complementos –de los pocos sectores aún intensivos en mano de obra– se asientan en esos países “menos desarrollados” para minimizar costes laborales y ecológicos, aunque algunas de ellas, presionadas por la opinión pública internacional, procuran evitar excesos (si bien parece difícil que lo puedan hacer en las innumerables empresas con las que se abastecen y subcontratan).

Pero la gigantesca producción textil así conseguida no tendría salida sin una demanda pareja en todo el mundo; si no fuera alimentada por el voraz apetito consumista de muchas sociedades, en el que inciden distintas pulsiones, psicológicas, culturales y económicas, que no podemos siquiera enunciar. Pero Thornstein Veblen ya señaló el factor principal hace un siglo: la vestimenta es una expresión más de la cultura del dinero, que indica cierto nivel social mediante cánones de gusto y consumo que cambian sin cesar (la moda).

Y es algo que tiene poco que ver con la estética –a veces tampoco con la comodidad–, siendo más bien resultado de la búsqueda de la distinción y de la novedad por la novedad, aunque a veces tampoco se consigan ni una ni otra. Lo importante es imponer la obsolescencia rápida, que las prendas acorten su vida útil y haya que distraerse a menudo shopping. Así, se dice que sólo se usa un 30 % de lo que hay en los armarios y que cada vez se tira más ropa en buen uso. Veblen ya detectó ese incremento  del “gasto inútil en ropa” en su tiempo y, aunque se refería a las oligarquías burguesas ociosas, hoy se puede predicar lo mismo de las ubicuas clases medias, siempre anhelantes por mimetizar costumbres de los aparentemente “distinguidos”. 

La pulsión consumista se ve estimulada por la publicidad invasiva, el famoseo y la TV basura –con cabida, ay, en cadenas públicas– y puede dar lugar a situaciones patológicas, más allá de esos desastres ecológicos y laborales. Se llega así al absurdo de que el concepto de "víctima de la moda" (fashion victim) se refiera a la vez al famosillo que se presenta vestido de pordiosero -con ropa de marca, eso sí- y cambiando de tenue a cada rato, y a una chica vietnamita que asiste a una máquina de tricotar durante trece horas diarias por un salario de miseria.

(Foto: fábrica textil en Camboya)