Viernes, 4 de diciembre de 2020

¿Quién puede matar a un niño?

Aquel año en que Franco moría y a mí me nació un hijo vivíamos más peligrosamente que Yakarta en 1965 cuando Indonesia estalló definitivamente en llamas. Los anónimos, las amenazas de muerte, la bomba en los buzones, las muertes, las muertes, las muertes que habían comenzado con estudiantes suicidándose desde las ventanas con dos disparos de la policía en la cabeza, jóvenes de diecinueve años asesinados mientras pegaban carteles, muchachas nobles como las palabras secuestradas en su propia casa para ser una rosa muerta más en una cuneta. Los jueces archivaban los casos y se compraban con la conciencia tranquila una finca en Salamanca. La sangre derramada no se vende, decían los poetas palestinos. Pero qué rentabilidad española aquellos oscuros diluvios.

De América había llegado un uruguayo, hijo de un emigrante asturiano  y de una actriz argentina, que reinó en el país durante diez años con un programa de cultura y revolución, decían. Narciso Ibáñez Serrador vendió esa idea que cuajó como las costumbres de no faltar nunca a la partida de cartas o como el viático para morirse. En realidad el programa era un coñazo. Tópicos por todas partes en forma de muslos de señoritas, humor que maldita gracia tenía un señor con boina riéndose de la España rural, y el convencimiento general de que la felicidad estaba en un coche. Todo incitando al sentimiento del consumismo con música de bingo barato. Pero había solamente una televisión en el país, y en la televisión era eso o nada.

Antes de apoderarse de la audiencia con este programa, Chicho se había entregado a su gran pasión: el terror. Las noches españolas, ya de por sí amortajadas, vivieron los sobresaltos que el ingenioso uruguayo regalaba a la televisión a partir de propios relatos o de otros escritores como Poe.

Y con el terror bajo el brazo saltó de la pequeña a la gran pantalla. Hizo solamente dos películas y las dos inquietantes. Especialmente la segunda en la que, cambiando el título del libro de Juan José Plans por otro más tremendista, abordó el tema del maltrato y la tortura a los niños. Enseguida se da la vuelta, y en una pirueta cinematográfica pero absurda, carga sobre los hombros infantiles la maldad  adulta que aparece al principio.

Lo único que consigue -al menos por mi parte- es que se me pague la luz y deje de creerme la transfiguración de los inocentes en asesinos. Es sólo cine, lo sé. Y es sólo un libro, lo sé.

Pero a partir del recuerdo de un libro y una película se abre de par en par la vida. Esta que ahora consumimos tantas veces como una alberca de sangre. ¿Quién puede matar a un niño? Pues hay estupefacciones que cuesta mucho deducir de aquellos que mastican a nuestro lado el pan y la fe. ¿Quién puede matar a un niño? Pues aquellos que ayer mismo proclamaban su insaciable amor por él.

Lo sabemos. Sabemos que hay corazones de niños bajo las manos carniceras que simulaban un inmenso amor bruscamente cambiado de color. No estamos hablando del niño Aylan llegado de lejos para morir ahogado en una playa donde debía esperarle el futuro. Hablamos, hablo, de niños con techo caliente a los que se les robó el amor y se les enfrió el tiempo. Hablo de los que hasta ahora mismo se pronunciaban en  el lenguaje puro del niño. Hablo de maltrato y tortura conocidos y tolerados por quienes deberían poder impedirlo.

Porque no se puede. Lamento confirmaros, amigos, que en España la ley no protege a los niños. Hay algaradas de lamentos cuando la desgracia se hace pública como ocurre cuando un río se desborda y arrasa las casas y la gente. Pero hay que esperar a que el río inunde las mañanas y las convierta en aluviones con que llenar las noticias, las charlas, las lamentaciones. En este país un niño es siempre propiedad de alguien.

La ley y los niños: aquí no estamos hablando de reinserciones sino de evitar peligros tan elocuentes que van convirtiendo a un niño con derecho a la felicidad en una nube de sombra. Porque en cada niño que deja de ser feliz hay alguien matando a ese niño. Porque en cada niño condenado a la soledad sin motivos hay alguien matando a ese niño. Porque en cada niño que pierde el semblante de los sueños hay alguien matando a ese niño. Porque en cada  niño que deja de ser infinito hay alguien matando a ese niño. Porque en cada niño que le cambian las puertas por muros hay alguien matando a ese  niño. Porque en cada niño que despierta con miedo al calendario hay alguien matando a ese niño. Porque en cada niño que pasó de las canicas a la vigilia del desamor hay alguien matando a ese niño.

Frente a los niños muertos de tristeza diaria está el mundo de los castos, profundos y sabios arquetipos que gobiernan los derechos sin mirar que  dentro de las leyes, de los libros, de las heredades sociales, de los rostros feudales, de los amos con apellidos, en alguna parte de los códigos, en un rinconcito con letra pequeña, en la suavidad de la media luz de las conductas  escritas debe de haber  algo para evitar la agonía de los niños a los que alguien está matando.

¿Quién puede matar a un niño? Tú, yo, ellos. Todos los que nos callamos o gritamos en vano ante una ley sorda, absurda y tapiada de piedras en el camino de un  niño hacia el sol de su futuro.

Malditos sean todos los que matan a un niño.

(Sintió que se tendía a su lado en la cama de uvas. Era delgada, pequeña, suave. La amaba como a  una serpiente diferente que  en vez de una manzana del paraíso en la boca le ofrecía el paraíso entero. Cuando conoció la perplejidad,  ya era tarde para todo. Al verse engullido en la oscuridad de su panza, un instante antes de ser un cadáver, supo que  cuando se juntaba a su costado en realidad le estaba midiendo. Y antes de dejar el mundo para siempre vio que allí dentro había también un esqueleto. Y en su último estertor supo que eran los huesos de su hijo).