¿Se trata de que todo termine cuanto antes?

"Se está imponiendo otro mito, el de la inmediatez; este segundo mito parece  definirse algo así como que cuanto antes se consuma lo que viene, mejor"

En la enloquecida sociedad en la que vivimos, al mito de que “cuanto más  cosas poseas más feliz serás”, se está imponiendo otro mito, el de la inmediatez; este segundo mito parece  definirse algo así como que cuanto antes se consuma lo que viene, mejor.

En las últimas semanas he sido testigo de cómo la ansiedad colectiva por tener cosas e intentar disfrutar cuanto antes de todo está haciendo añicos el calendario. Empezó por una foto de celebración de un cumpleaños de un amigo a finales de noviembre que él subió a las redes y que un familiar mío confundió con ¡la navidad!. “¡Feliz Navidad!”, me escribió. El negro “viernes negro” importado de los vendedores de esclavos norteamericanos está eclipsando casi totalmente al entrañable viejecito, Papá Noel, que baja alegre en su trineo desde las tierras nórdicas, repartiendo juguetes a los niños. Este año creo que no he visto al simpático barbudo en torno al 6 de diciembre, ni una sola vez.

En esta ciudad, en Salamanca, año tras año los universitarios adelantan y “celebran” la Nochevieja sobre el 13 ó 14 de diciembre; no quieren perderse la fiesta de fin de año con sus compañeros; podrían celebrar la fiesta de fin de trimestre, o la fiesta de invierno, o las Navidades ( que no es fiesta exclusiva de las familias), pero no, ellos, como parte de la sociedad, lo quieren todo, hasta lo imposible, adelantar el tiempo, el calendario; las fotos de una Plaza Mayor con el suelo convertido en un estercolero, que vemos en la prensa al día siguiente, hablan de la ansiedad con la que la celebran: alcohol, alcohol y más alcohol.

El asunto de que podemos hacer añicos el calendario y no pasa nada, pues forma parte del caos de nuestra sociedad, está en el aire. El domingo pasado asistí a un concierto en el Casino de esta ciudad: un simpático y alegre concierto ¡ con todo el programa de los conciertos de Año Nuevo!; las polkas de Strauss, el Danubio Azul, el vals del Emperador, la Marcha Radetzky…comenté a mis acompañantes que si lo llego a saber me habría llevado las uvas. Pero el calendario marcaba 15 de diciembre.

Aún no he escuchado ni un villancico, ni en las calles, ni en las emisoras, ni en las iglesias; quizás en algún anuncio televisivo. Aún no he visto en toda la ciudad un Belén; sí alguno iniciado o sugerido, pero no finalizado, con esa magia que nos hacía abrir los ojos, la imaginación y el corazón a todos los niños que hemos vivido la infancia anterior al ansioso e inquietante consumismo. Ni tampoco he oído ninguna pandereta acompañando alguna canción navideña, en este país que muchos críticamente califican de “charanga y pandereta”.

Menos mal que una minoría de “carrozas”,  marginados de este caos espaciotemporal, seguimos disfrutando de una conversación distendida, o divertida o enriquecedora, en alguno de los pocos cafés en los que todavía puedes hablar sin gritar, cómodamente, sin escuchar al de al lado vociferar con el móvil sus intimidades o lo bien que se lo pasó la Nochevieja futura…