Jueves, 13 de agosto de 2020

Relaciones laborales

“Ustedes no escuchan detrás de las puertas. Ustedes no miran por el ojo de la cerradura. Nosotros no aparentamos ignorarlos. No tratamos de arrancarles declaraciones. No pegamos sus declaraciones por las paredes.  Estamos aquí, pero no hemos entrado en escena. Ustedes no son cómplices. Métanse en la cabeza que aquí no va a ocurrir nada.”

Las palabras del genial último Premio Nobel de Literatura, Peter Handke, escritas hace más de cincuenta años, son una invitación a leer su estremecedora obra Insultos al público, un texto que refleja como pocos el inicio de la disolución de la capacidad crítica en las sociedades occidentales y la irrupción de la simplicidad argumentativa, la masificación de la ignorancia, el bobo aplauso unánime, el estilo facilón, el vicio insolidario del pensamiento y una estremecedora banalidad en los deseos colectivos, así como la desaparición de los referentes éticos para saber qué es importante en cualquier comunidad que se respete.

“Una filial de Adecco despide a cuatro teleoperadores por caer enfermos”, “Ryanair sigue en Girona tras rebajar las condiciones laborales”, “El Tribunal Constitucional avala el despido de un trabajador por faltar a su puesto por enfermedad”, “Despido procedente sin indemnización de dos mil trabajadores al ser sustituidos por máquinas”, “La empresa impone a sus trabajadores horarios abusivos sin compensación”... son solo chispas últimas del gran incendio de lo que un día fue el respeto a los derechos de los que trabajan. Mezcladas con la aceptación acrítica de condiciones laborales cuyo detalle sería delictivo si no hubiesen sido avaladas por la indiferencia general y el manoseo de la estadística, esas cenizas del Derecho, esas pavesas de lo que debía ser el orgullo de ser útil, dibujan un panorama laboral que roza en ocasiones una nueva forma de esclavitud, supone la legalización de la explotación de las personas y genera la inhumanidad que se nutre con los obscenos y crecientes beneficios empresariales que propicia la desigualdad, la miseria, el sufrimiento y la pobreza.

Entre los grandes temas de verdad importantes que no merecen la atención de los medios de comunicación ni tiempo de pensar para la llamada ‘opinión pública’, cegados ambos por el brillo de lo intrascendente y la fanfarria de la algarabía consumista, la liquidación ya casi total de los últimos derechos de los trabajadores ocupa el primer lugar de las pérdidas en un mundo cada vez más indigno, y escribe en el frontispicio de lo que somos las más vergonzantes palabras de la regresión social y la injusticia.

Cada día, arrinconadas, pequeñas y casi invisibles, se suceden las noticias de despidos (por enfermedad, por embarazo, por mero capricho, por fusiones enriquecedoras, porque sí o por todo lo contrario), se ponen en vigor reformas legales acordadas a escondidas y aplicadas siempre contra los derechos de quienes trabajan, se legalizan apaños, se absuelven chantajes, se elevan sentencias o se consagran comportamientos empresariales mafiosos, decisiones judiciales innobles e informaciones periodísticas absolutamente manipuladas: todo injusto, todo “legal” y admitido con desesperante abulia por una sociedad ciega, sorda y muda; todo pudriéndose en esa explosión de decisiones contrarias todas a los ya escasos derechos de los trabajadores (por tanto, contrarios a los derechos fundamentales de las personas), que vienen a ahondar, oscurecer y convertir en algo normal el abismo en que la actividad laboral asalariada empezó a caer en las últimas décadas del siglo XX y que, zarpazo a zarpazo, hoy se ha convertido en gueto de supervivencia en que malviven millones de trabajadores condenados a sobrevivir en unas sociedades atentas más a cualquier cosa menos la defensa de su propia dignidad como pueblo.

Es preciso destacar aquí que la insolidaridad, el clasismo y la indiferencia son el campo abonado al abuso y la arbitrariedad. Existen ciertas cicaterías morales que definen colectivos enteros:  la de la mayoría de los funcionarios y trabajadores públicos que, tras el dudoso escudo de su status de estabilidad laboral que los entronca con el desdén clasista del ninguneo y la indiferencia, son cómplices, sicarios o secuaces de la insolidaridad con los trabajadores explotados; la desafección y desatención de la llamada clase intelectual con los problemas laborales de los demás trabajadores, salvo cuando se trata de defender sus privilegios, dobles sueldos o retiros; la condición de acólitos de unas organizaciones sindicales pasivas, aletargadas e inertes, casi desvergonzadas ante el derrumbe de los derechos laborales y a veces trufadas de enemigos declarados de los trabajadores, cuyos comportamientos causan vergüenza y bochorno a cualquier observador que compare sus principios programáticos con su comportamiento diario; y la ignorancia, la incultura, el desapego al saber o la irredenta parcialidad del fanático, que permiten reinar a la codicia, la especulación, el desprecio y la inmoral avidez.

Quizá sea buen colofón de este rosario de desesperanza, la acotación final de Insultos al público del flamante Premio Nobel: “El público será verosímilmente reducido al silencio por este tratamiento de shock, si es que acaso no estuviera ya en silencio. Los gritos y alaridos no ceden hasta que el último espectador ha abandonado la sala. Solo entonces cae, definitivamente, el telón”.