Viernes, 4 de diciembre de 2020

Delibes imprescindible 

No he conocido a ningún perito mercantil con tan buen oído para el idioma. Y para el vuelo de las perdices.

Literariamente se halla a mitad de camino entre la generación de la inmediata postguerra con Cela, Carmen Laforet, Gironella, Luis Romero o Torrente Ballester, y la más joven  del realismo social con Juan Goytisolo, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio o Ignacio Aldecoa, por ejemplo. Por edad, se acerca más a los primeros. Pero su temática y la forma de novelar le sitúan entre el otro grupo.

Políticamente no fue nunca claramente  clasificable, dejémonoslo ahí porque se trata de otro Delibes, el que vi hace poco en televisión y me removió muchas cosas.

Anclado en su rincón provinciano, vivió de espaldas a la vida literaria, imperturbable y tenaz como tantos de nosotros,  los campesinos. Tal vez esa manera airosa de moverse en la literatura hizo que, a principios de los 60, no le afectase nada el llamado boom de la literatura hispanoamericana. Él nunca perdió su identidad como escritor, pero supo incorporar herramientas creativas y maneras literarias que con el paso del tiempo fueron habituales en casi todos los escritores que vinieron después.

Tuvo su propio mundo -personal y literario- del que no se movió un ápice. Y tuvo sus postulados estéticos a los que desde el primer minuto Destino les dio el oxígeno que necesitaba. Tuvo su vida. Y un momento en que le sale al paso la tentación de pararse y no seguir más. A mí me ha pasado, no estoy seguro de que al resto, también.

El otro día recordé que pudo ser el primer director de “El País”. El hijo de Ortega y Gasset, al fundar el periódico, le llamó para ofrecerle el puesto. Delibes se lo pensó y dijo que no. Hizo bien.

Porque “El País” que nacía en un tiempo nuevo no necesitaba al Delibes que se pasó media vida al aire libre y la otra media porque no pudo. Además, entonces ya estaba viudo y cargado de hijos. Extraña intendencia para ir a la guerra. Así que se quedó en “El Norte de Castilla”, no quiso dejarlo. Y al final resultó que fue el periódico de Valladolid quien se marchó de él. ¿Quién me compra los misterios de esta vida?

El periodista ideal para abrirse paso a codazos en un  mundo apasionante de tiburones era Juan Luis Cebrián, a quien los suyos empezaron enseguida a idolatrarle. Cebrián para la información, y Polanco para la gestión económica: matrimonio perfecto. Y en cuando Polanco se murió y Cebrián entró en su terreno, se jodió el Perú como dice Vargas Llosa.

Yo pisé “El País” por primera vez en 1979. No fui pidiendo trabajo sino que me llamaron, y tuve que recordarle esto al intrépido director al marcharme. Había allí un ambiente cargado de liturgia divina. Todos llamaban al director de usted, cosa que sólo había ocurrido en la historia con Emilio Romero de quien sus detractores decían que era tan bueno en la cama con las jovencitas porque había sido tísico.

A Juan Luis Cebrián su primera tribu le llamaba “El Astro”. Yo venía de un mundo escasamente piramidal, donde había escrito mucho. Por eso influyó también el que, según los planes del periódico, no iba a escribir nada sino entrar como editor a las 8 o 9 pe eme, que es cuando todos se iban y te quedabas tú solo para decidir cómo y dónde dar la noticia si volvían a matar a Kennedy.

Por entonces el periódico que rechazó Delibes era un salvoconducto que señalaba a sus lectores como fieles a la democracia y sobre todo a la progresía. Pero nunca me equivoqué al hacer como Delibes, años después lo supe. Miré su portada y leí la obscena noticia:”Reagan pasará el resto de su vida bajo la amenaza del cáncer”. Lo que entonces fue un amarillismo intolerable ahora que lo vivo en carne propia me parece la frivolidad de un imperio que entonces empezaba ya a derrumbarse.

Hizo bien Delibes al quedarse en Valladolid y no obedecer a ninguna Amparitxu aconsejando que para escribir hay que acudir a Madrid. Me viene a la memoria ahora mismo Felipe Poncet, un viejo amigo secretario del ayuntamiento de La Coruña. Allí pasé yo una semana de agosto de muchos veranos. Y cuando hablábamos del Estado de las Autonomías él lo consideraba necesario, porque para gestionar un solo papel había que viajar a Madrid.

Yo vine a Madrid, Delibes se negó. Tuvo una carrera brillantísima, pudo luchar por el Nobel un poquito y lo hubiese ganado en vez de Cela que vivía tan pendiente de él. Así que no bailó el vals en Estocolmo, sino que se quedó junto a la fidelidad de su madre católica.

Algo me rechinó al oírle hablar de su pasión por la caza. Dijo que él no cazaba para llenar el morral, sino por placer. El gozo de levantarse al alba, andar 25 kilómetros, comer y beber mucho y bien con la pandilla. Pero para eso hay que matar.

Termino hoy con una posdata. Si Delibes no se fue, yo pude haber vuelto después de irme. Un día muy lejano me ofrecieron dirigir “La Gaceta Regional” de Salamanca. Entre los amigos que me aconsejaban el NO -tu techo es el gobernador civil y tú eres demasiado libre, decían- y mi pereza para desandar otra vez el camino, me empujaron a la decisión de quedarme en Ucrania y no poner rumbo a la Plaza de la Fuente. Para entonces en Salamanca ya no mandaba más el obispo que el gobernador civil, pero seguía vigente el clasismo que nunca se fue. Y yo no podía estar en otro bando que no fuera el mío.

Yo habría sido el peor director de “La Gaceta Regional” de Salamanca. Porque mi manera de entender el periodismo local estaba sencillamente equivocada. Y porque no se pude encerrar un afluente pródigo en una cántara si la vocación de onda expansiva ya te ha invadido.

Al ver a Delibes he vuelto a recordar que los dos rechazamos en su día coronas de luz. Pero él ya era el rey y yo solamente una piedra  que  a alguien se le había caído de la mano. Como todos los poetas naturales yo estaba sumido en una profunda ignorancia. Ahora que miro detrás de mí, lo sé.

Hoy que todo pasó y todo quedó en el olvido y tantas promesas  de amores en el aire se han perdido, me pica el regocijo de la curiosidad por saber cómo habrían recibido los señores feudales a un individuo que, si hurgan en su historial, encontrarían al muchacho de 19 años que quemó sin querer  un convento de monjas celebrando una Nochevieja la lujuria que por derecho y hormonas le correspondía. El convento se libró de las pavesas, yo intento que no.