Viernes, 27 de noviembre de 2020

Contarnos para pensarnos, para sabernos…

Cayó en mis manos Historias del pasado que son presente. Relatos de mujeres, (México, Pax, 2019), libro en el que participan varias amigas en el que se piensan y se cuentan. Son relatos que reconstruyen un pasado que parece mexicano, local, aunque, por eso mismo, nos sirve a todos porque en él nos vemos, nos encontramos, nos muestra nuestro propio pasado… Y nuestro presente.

Y con este “charro de dos orillas” cierro 2019; les deseo unas muy felices fiestas y lo mejor para 2020.

El título de este “charro” me lo regaló una de las autoras, o sea, que en él parafraseo una frase que dijo en una presentación.

Este libro me recordó que cuando estudiaba la carrera, Julio Vélez, maestro y amigo, nos habló de la “literatura de testimonio”, es decir, nos hizo pensar en el testimonio como género literario; un género híbrido, por supuesto, como debe ser.

Así que por Julio supimos de Rigoberta Menchú, un par de años antes de que recibiera el Premio Nobel; de Domitila Barrios de Chungará bastante antes de saber de Evo Morales… Supimos de Jesusa… Palancares, leyendo el Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska.

Por ello, como humilde homenaje a esa literatura y a este libro, a las ancestras de estas amigas, y a ellas mismas, primero les digo: ¡enhorabuela!, neologismo acuñado por mi madre felicitando a su nieta y que, por supuesto, guardé para un futuro poema, o algo. Así también homenajeo yo.

Y nada más; callo mi voz y dejo que el libro les hable, les cuente una historia, en retazos de voces, no anónimas sino corales:

 

Rescatar del olvido las historias de vida de las mujeres que nos antecedieron y reconocer la trascendencia de su ser y hacer, pues aun cuando ninguna de sus acciones resulte sobresaliente o excepcional para el canon tradicional de la historia […], la reconstrucción de sus vidas desde su propia voz […] muestra un actuar muy alejado de los estereotipos de la sujeción resignación y pasividad con la que, durante mucho tiempo, se les contempló incluso en las investigaciones que comenzaron a considerarlas como sujetos de la Historia.

 

Tamara me enseñó con su silencio que uno hace un hogar; donde vaya, como pueda, con lo mucho o poco que se tenga. Que la distancia no impide honrar a los muertos.

 

Las mujeres como mi abuela también aprendieron a ser sanadoras. La ausencia de médicos y medicinas las obligaba a recurrir a infinidad de remedios caseros que mitigaran dolores e incluso curaran algún padecimiento.

 

Al aprender a depender solo de nosotras mismas, decidimos no caminar a la sombra de nadie.

 

Como decía mi abuela: que nunca pase un día de tu vida sin ver al cielo… Y “el único hombre que me dejó con la boca abierta por media hora fue el dentista”.

 

Amalia […] no sabía hacer nada, ni siquiera mandar.

 

Mamá, ¿¡qué soy!? […] Lo que tú quieras ser, mi amor. ¿Qué quieres ser? […] ¡Quiero ser niña!

 

@ignacio_martins

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