Signo admirable

 

“En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición”.

El día primero de este Adviento, en el mismo Santuario del Pesebre en Greccio, donde Francisco de Asís alumbró el día de Navidad de 1223 la entrañable tradición de representar y revivir el Nacimiento de Cristo, el Papa Francisco nos ha regalado una carta apostólica sobre el significado y el valor de esta costumbre. “Signo admirable”, que “causa siempre asombro y admiración”. Recuerda el Papa cómo “ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo” y subraya que “forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe”. Además, alienta a poner nacimientos en “los lugares de trabajo, las escuelas, los hospitales, las cárceles, las plazas…”.

Cuando escribía estas palabras acababa de poner, junto a otro compañero, el nacimiento en la sala de espera del centro de salud donde trabajo. También lo he visto en los pasillos del hospital que he frecuentado esta semana, y en algunas iglesias donde ya está instalado o en proceso de preparación para tenerlo listo en las mismas vísperas de la Nochebuena, y en el colegio donde aprende mi hijo, y en la habitación que comparte con su hermana pequeña, y lo hemos vuelto a componer en familia, un Adviento más, con las preciosas figuras de barro y telas encoladas del nacimiento de tía Visi… El nacimiento, signo admirable, es un signo de vida en el que la fe se nos muestra desnuda en su sencillez, la de Jesús en el pesebre, y también aderezada por los elementos tradicionales que a lo largo de los siglos se han ido asociando al pesebre, reconociendo en él al centro de la Historia que marca un antes y un después. El comedero de los animales, nada más bajo y despreciable, nos viene a cambiar el corazón endurecido por uno más blando y humilde.

Junto al hermoso texto del Papa, traigo también otra escena de un belén, la que ilustra esta columna, en la que José acuna amorosamente a Jesús mientras María descansa y sueña. Los nacimientos nos permiten imaginar a través de la ventana de la ternura cómo fue aquella aventura de nacer en un establo, escapar de la muerte prematura huyendo a Egipto y retornar a Nazaret para vivir discreta y modestamente. La vida oculta de Jesús es bastante parecida a la vida anónima pero en ningún caso desconocida de millones de hombres y mujeres en nuestros días. Un nacimiento en condiciones de pobreza, un riesgo de muerte en la infancia por múltiples causas y un desarrollo vital sin relevancia a los ojos de los poderosos ni impacto social. Afirma Francisco que “al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado”.

La autenticidad de la fe vivida y transmitida en medio del mundo, y entrelazada con los rasgos propios de cada cultura tradicional en cada región del planeta, cristaliza en tantos nacimientos que poblarán hogares, altares, escaparates y plazas públicas. Signos admirables de una creencia abierta y respetable, libre y propuesta, suplicada y anunciada. Nos invitan a contemplar, a callar, a rezar, a amar, a esperar, a reconocer en un miserable pesebre la Luz que allí se ha encendido y que, más que nada, necesitamos.