Viernes, 4 de diciembre de 2020

Cuestión de sexo 

Cuando la siciliana tunecina Claude Josephine Rose Cardinale tenía que besarse en el cine, Fellini o Visconti o quien fuese el director le decía: “lengua, lengua”. Y ella, tan afrancesada y tan carnal, les hacía una peineta: “la lengua, para mi marido”. Y los mitos italianos se quedaban con las ganas de filmar el torrente de lujuria que era Claudia en aquellos años desnudos de otros sueños.

Ha sido casi una paisana, la marroquí Leila Slimani quien desde Francia ha preguntado a su país qué derecho tiene el Estado a entrar entre las piernas de una mujer. Y ha propuesto a todas una unión con tanta fuerza que haga cuestionarse a los norteafricanos ese abuso del que se apropian.  Como las bonobas que se lo hacen entre ellas manteniendo a raya a ellos. Crudo lo lleva Leila.

Nosotros somos un país furiosamente sexual, o eso nos creemos. Porque en cuestiones de sexo hay mucha mitología y mucha mentira. Ni Lucrecia Borgia se acostaba con su padre el Papa español de Roma, ni con su hermano el cardenal que inspiró a Nicolás Maquiavelo “El Príncipe”. Y sin embargo no se dice que quien fornicaba con el rey de Francia era Ricardo Corazón de León. Se puede pervertir la historia pero no chafar las leyendas.

En Madrid donde resido el tiempo que me deja Siena, hubo un tiempo en que las marquesinas de los autobuses gritaban por la tarde la belleza de Maribel Verdú en ropa interior. Y por la noche robaban las fotografías, se supone que para consumo propio. Dicho sea de paso, lo mismo hacían en sus tiempos mozos de Ávila Adolfo Suárez y su futuro  cuñado Lito que luego mangoneó en La Moncloa. Entonces eran de Acción Católica y sembraban las paredes de la ciudad con carteles de su organización. Y en cuanto anochecía, ellos mismos los arrancaban para luego ir al gobernador civil a denunciar que los falangistas les boicoteaban su fe.

Una amiga mía paraguaya vino de su país a trabajar aquí. Tenía 22 años y un problema: por más que buscó en todas las lencerías no encontraba más que bragas. Y ella, como todas las chicas del país más pobre de América, solamente usaba tanga. Las bragas le parecían de los tiempos de Colón.

Todos estos ejemplos sirven para considerar que la cultura del sexo es importante, universal, y tan amplia  como la biodiversidad de Las Batuecas.

En la Salamanca de los años 60, los jóvenes no éramos ajenos a nada. Nos implicamos en el compromiso social, en la poesía y en el sexo porque  estábamos en la salud y en las ganas. Pero nos encontramos con alambradas como mi chica paraguaya: en las farmacias de entonces te negaban los condones. No se vendía eso destinado a facilitar el pecado. La solución estaba en el barrio chino, que por aquellos años gozaba de un esplendor sólo comparable al de Barcelona. Este, por ser puerto de mar aumentaba sus posibilidades.

En medio del barrio chino de Salamanca había una placita, o mejor dicho, una explanada. Y en medio de la explanada, un quiosco que no vendía chuches sino condones a granel. Así que, como por entonces estábamos muy unidos por la poesía, cualquiera iba al quiosco con una bolsa de plástico y compraba condones para todos.

La hipocresía salmantina de entonces tuvo consecuencias: a los estudiantes les salió la vena picaresca y titiritera, y seguramente fueron ellos los que bautizaron a uno de los más prestigiosos colegios de monjas -donde iban las hijas de la burguesía adinerada- como “La Casa Madre”, por la tragicomedia no deseada de tantos embarazos que se daban en las chiquillas.

La liturgia del sexo solía comenzar en el escondite verde que había entre los árboles de la carretera de La Serna y las tapias del Campo de Tiro. Continuaba en el bailecito de Los Faroles, y acababa en el número uno de la Plaza Mayor, donde estaban los condones en el nido de amor para universitarios rojos concordando con las rebeldes jovencitas cristianas más que las bonobas feministas.

Algunas veces, después del ajetreo del gozo, la pareja reponía fuerzas con un vino de la Sierra y un plato de chanfaina. Y no era infrecuente que ella, radiante por tanta felicidad, dijese: ¿Verdad que esto une mucho? Y se refería a comer juntos chanfaina.

La geografía influye en el sexo. Lo digo porque, durante los tiempos en que yo he vivido en otros países europeos, cada vez que me encontraba a un grupo de mujeres españolas que viajaban, se volvían normales allí en cuanto bajaban del avión. En cuestiones sexuales, quiero decir. Y a veces se daban situaciones muy chuscas que llamaban más a la risa que a la curiosidad. No recuerdo en qué ciudad europea fue, sólo que había conocido a dos españolas, habíamos hablado mucho por la tarde, nos despedimos,  y por la noche estábamos un amigo y yo charlando en la acera. Se nos debió alargar el tiempo fumando unos cigarros y cuando el cine porno que teníamos enfrente iba a cerrar ya, escupió a las dos  españolitas. Después de ver la película, se habían quedado escondidas dentro para que el otro y yo  no las viésemos salir de allí. Una perplejidad que deja ver cómo la mínima liberación sexual se congelaba en cuanto oían otra vez hablar español.

En Alemania ya es una evidencia histórica que las mujeres del Este comunista gozaban de más y mejores orgasmos que las del Oeste. La razón: el sistema comunista que yo conocí muy bien en Berlín, educaba por igual a chicos y chicas desde la más temprana edad. Y así todos crecían al mismo ritmo social y  laboral. Eso premiaba a las alemanas del Este con una independencia económica que no disfrutaban sus vecinas. Y esa independencia laboral y social les conducía inevitablemente a la libertad personal y sexual.

Avanzando en este pequeño capítulo de la sexualidad, probablemente no haya alguien tan libre como Marlon Brando. Y tan cruel. Se ha hablado mucho de la presunta violación a la jovencísima María Schneider en la escena de la mantequilla. Hay librerías especializadas en vender guiones. Basta comprar el guión de la película para ver que la escena del sexo anal está en él. Lo único que añadió por su cuenta Brando fue la mantequilla como lubricante. Y lo peor: la escena ha pasado a la memoria por la mantequilla y no por el tremendo alegato contra la familia tradicional que Brando lanza mientras practica sexo. De su cosecha, porque era costumbre de Brando no aprenderse los guiones, salvo cuando interpretaba a Tennessee Williams, claro.

Brando tuvo numerosos amantes masculinos y era experto en mantequilla. Y tuvo una infinita maldad  con James Dean -profundamente enamorado de él- a quien después del sexo, apagaba los cigarrillos en su piel, le echaba de casa, y el chico pasaba la noche acurrucado a la puerta. ¿Hay quien piensa todavía que James Dean se mató en accidente de coche?

No sabes qué te espera en la vida. Y Brando probó luego ese dolor cuando se enamoró de Yves Montand  y este prefirió sucumbir al sexo de Marylin Monroe que lo engulló como una serpiente pitón.

Otro día hablamos de la España rural.