Martes, 10 de diciembre de 2019

La alegría de los charcos

En mi barrio florecen los charcos a despecho del asfalto, el adoquín y las rendijas en las que no se cuelan las hierbas tenaces. Charcos para que Noa estrene sus botas de agua, magia de colores para salpicar alegría a un otoño bienhechor de chubascos. Barrio donde aún la tierra recoge la lluvia en el cáliz de sus socavones, sus huecos del corazón donde beben los gorriones; barrio donde hay sitio aún para que el agua cubra la tierra de verde y el gato callejero, desterrado de mil sitios, siga esperando a la vecina constante que le alimenta a despecho de las ordenanzas municipales. Llueve y Noa saca sus botas de lluvia, su gorro heredado, su alegría inmune al frío y sale a conquistar las profundidades del charco tan marrón, tan misterioso… salpicaduras de alegría y barro en los pantalones de la niña…

A nosotros nos mandaban jugar al corral, ardiendo los sabañones de las orejas, perdidos los guantes, empapados los calcetines. Dentro, el calor de la lumbre iluminaba a mi abuelo, al gato, tan quieto que parecía la olla siempre a un lado, sobre los trébedes ennegrecidos. Los niños entrábamos, viento de risas, arrancándonos los abrigos de paño, las bufandas que pican, los gorros tejidos por una madre atareada. Los niños nos sentábamos en las sillas bajas, a la altura de nuestra infancia, de nuestra despreocupación de nietos, y el abuelo, hierático, alcanzaba el largo tenedor y clavaba una rebanada de pan que tostar a la lumbre que se partía en trozos comunión gozosa… la primera compartida, la segunda en riguroso orden alrededor del fuego consolador, de la chimenea del invierno, del amor, del consuelo. Y el gato, recogido en su propio cuerpo, abría un ojo ante el estrépito. Pan caliente del gozo, una gota de aceite que resbala, un cristal de azúcar sobre el vino. Hágase tu voluntad y hala, los niños y los perros, a la puerta del chozo.

Niños curtidos ante el frío, abrigados de lana, las rodilleras rotas, las manos heladas. Niños pisando los charcos mientras el arco iris de la infancia se diluye entre las nubes que acarician este otoño de lluvia. Barros y barros en las calles de mi infancia, niños en el corral, niños en el frío, pájaros en desbandada tras las clases de la tarde, entre las hojas que llevábamos a la escuela para llenar las paredes de ocres. Niños de fin de semana en el pueblo, con olor a pan y chupiteles en los canalones. Niños cubiertos de barro y madres que tejen la lana del corazón y me pica, me pica la lana, me pican los sabañones de los pies, me pone el frío las manos azules que luego duelen cuando se calientan, pero cómo me gusta la lluvia y meter los pies en el charco que imagino tan profundo que solo saldrá de la niña el pompón del gorro de lana.

Calles ahora donde no hay un resquicio para el hierbajo, un refugio para el gato, un hueco para el charco. Calles geométricas de puro trazo donde no anidan los gorriones. Sin embargo, en el mío, el barrio del corazón, de mi amor y de mi primo, Noa encuentra un cáliz en la tierra donde comulgar con la tierra, niña al fin, botas de agua y barro bienhechor para amasar la dicha.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.