Sábado, 14 de diciembre de 2019

El vuelo de los buitres

Para poder valorar lo que de verdad nos espera a la vista de los preparativos, hay que convenir que el porvenir de España, si Dios no lo remedia, depende muy mucho de algo que la naturaleza se ha encargado de enseñarnos, si nos fijamos en la conducta de algunas aves muy particulares. Los buitres, por ejemplo, son capaces de aprovechar las corrientes térmicas para elevarse y, sin apenas esfuerzo físico, desplazarse hasta encontrar el lugar donde existe comida. Cuando la maniobra fracasa por error de cálculo, o de vista, basta con acomodarse en otra corriente hasta llegar al lugar deseado. Si los buitres tienen la suerte de encontrar algún otro protagonista que haga parte de su trabajo, mejor que mejor. El olor también guía sus vuelos hasta el punto donde encontrar la carroña abandonada por otros depredadores. Eso es exactamente lo que está sucediendo en España. Hay una verdadera bandada de carroñeros que han percibido el olor a cadáver y están sobrevolando nuestras cabezas buscando el momento de participar en el banquete.

            Los españoles que peinamos canas, y tuvimos ocasión de vivir los momentos de transición de un régimen a otro, conocemos la fórmula que empleaban los partidos para llevar a la práctica su política en democracia. Una inmensa mayoría nunca habíamos militado en ningún partido -que oficialmente no existían- y cada uno optó por aquel que más se acercaba a su manera de pensar.  El socialismo que conocimos quienes no habíamos vivido la guerra civil, representado por el PSOE, no se parecía en nada al socialismo que, aliñado con ciertas dosis de marxismo y frente populismo, protagonizó los años treinta, y que hemos conocido después a través de la historia aprendida en un contexto más imparcial. Con mayor o menor apego a la filosofía de ese socialismo “post Suresnes”, hemos llegado hasta nuestros días y todo apunta a que, en contra de la corriente seguida en los países demócratas de nuestro entorno, en España hemos emprendido -desde la aparición de Zapatero- un proceso de retorno al socialismo de la Segunda República, cuya máxima expresión abandera hoy la figura de Pedro Sánchez. El proceso es paralelo. En aquella etapa, de tan mal recuerdo, los dirigentes socialistas se movían en la extrema izquierda, verdad que algunos de los actuales no quieren reconocer. Sin embargo, aquellos socialistas podían presumir de hablar sin rodeos. No tenían necesidad de mentir. Todo el mundo sabía lo que de verdad se proponían. Pedro Sánchez está hecho de otra pasta. Por eso no me canso de repetir que nuestro presidente en funciones ni es socialista ni es demócrata. Es un ególatra caradura, capaz de decir una cosa para, a continuación, hacer justo la contraria.

            Las formas cívicas de cualquier democracia consolidada rechazan a los políticos que mienten a sus electores. Comprobado el engaño, si el protagonista titubea a la hora de presentar su dimisión -caso poco frecuente-, es el propio partido el encargado de fulminar al farsante. Para tratar de justificar la razón de haber decidido la convocatoria electoral del 28-A, Pedro Sánchez hacía esta declaración cuatro días antes: “No quiero que la estabilidad y la gobernabilidad de este país descansen en manos de los independentistas”. Las encuestas del cocinero Tezanos auguraban un resultado lo suficientemente claro como para no depender de los votos independentistas. El cántaro de la lechera no hizo posible esa maniobra, pero Pedro lo intentó en solitario. Fue como jugar a la lotería comprando el décimo después del sorteo. En política, esperar apoyos de quien no recibe nada a cambio, es predicar en el desierto.

            Con las mismas ansias de poder, y empujado por encuestas aún más quiméricas, volvimos a las elecciones del 10-N. Para no defraudar a sus críticos, el aspirante Pedro Sánchez declaró en campaña electoral: “Tener que gobernar con Podemos, me quita el sueño”. Como nadie le cree -ni los suyos-, en el debate de TVE fue requerido por todos los intervinientes a que declarara si, tras el recuento de votos, estaría dispuesto a aliarse con populistas e independentistas. Ya tenía la decisión tomada, pero fue incapaz de reconocerlo. El desencanto de la fría aritmética bastó para desenmascararlo. Ha perdido dos escaños y los votos a su derecha ponen en peligro sus aspiraciones de gobernar en solitario. No había terminado el recuento de votos y ya estaba abrazado a quien tanto le había desvelado. Pasados los primeros momentos de luna de miel con Pablo Iglesias – que ya comenzaba a pedir algo más que el rosario de su madre- el todavía presidente en funciones comenzó a poner los pies en tierra firme y, por primera vez, se lio la manta a la cabeza. Si se trata de seguir en La Moncloa -España se la trae al fresco- no hay más remedio que contar con los votos de todos los que no se cansan de repetir su deseo de acabar con el actual estado de cosas, no para mejorarlo sino para transformarlo a su medida.

            Aquí y ahora sólo caben dos hipótesis. Una, que Pedro Sánchez, de repente, ha perdido la razón y no es consciente del peligro a que somete a todos los españoles con un gobierno de esas características. Y dos -que parece la más verídica- que sabe perfectamente lo que hace y sólo busca satisfacer su desmedido ego.

            En uno y otro caso, las consecuencias que se pueden esperar son para echarse a correr. Y siendo graves esas previsibles consecuencias, hay algo peor. Siempre que los mal llamados gobiernos progresistas han dejado su poso de recesión, aumento del paro, mayor endeudamiento y pérdida de bienestar, la entrada de gobiernos liberal- conservadores ha podido remediar la situación a base de emplear métodos necesarios para reflotar la economía. Pero ahora, si Pedro Sánchez se sale con la suya, por muy dueño de la situación que se crea, no tendrá más remedio que acceder a peticiones totalmente inadmisibles. Catalanes y vascos, de momento, ya están poniendo sobre el tapete asuntos que traspasan las atribuciones de un presidente del gobierno: derecho de autodeterminación, cuestionamiento de la monarquía parlamentaria y excarcelación de delincuentes. Las dos bandas de negociaciones son conscientes de la ilegalidad de esas decisiones. El peligro está en el conocimiento que los llamados buitres tienen de la excesiva ambición de Pedro Sánchez. De un dirigente socialista capaz de hacer oídos sordos al clamor que le llega desde dentro y fuera de su partido, se puede esperar lo peor. Ya el mero hecho de sentarse a negociar con quien previamente se jacta de poner y quitar gobiernos, indica la total carencia de sentido patriótico y moral de nuestro actual presidente. Los buitres los tienen a huevo.